Underdogs

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Grizzly Bear: Radios de Madera

El cuarteto de Brooklyn, Grizzly Bear, practica el arte de la orfebrería; o al menos eso proclama la autodenominada prensa especializada. Desde que Ed Droste y su banda publicaran el pasado mes de mayo el álbum Veckatimest (Warp 2009), el prestigio que acumula ha ido creciendo de manera exponencial hasta el extremo de ser incluido, por determinadas plumas, entre los mejores trabajos de la primera década del siglo XXI. Dejando tan forzado e ingenuo entusiasmo al margen, el nuevo disco es una exquisitez.

Tras participar en las giras de Radiohead, TV On The Radio y Feist, el conjunto comenzó a componer la que seguramente será la obra que les lanzará a la cumbre del éxito más elitista y que tal vez condicione su futuro: Veckatimest. Ideado en la solitaria isla de Massachusetts que da nombre al álbum, el tercer larga duración de Grizzly Bear supone una evolución hacia un sonido menos experimental pero no por ello carente de personalidad, ambición y exigente creatividad.
Todo parece confeccionado de manera meticulosa en la grabación, incluyendo la elección del joven y aclamado compositor de música contemporánea Nico Muhly (autor de la banda sonora del film The Reader y colaborador de Antony and the Johnsons y Björk, entre otros), como responsable de los inspirados arreglos de cuerda, más las partituras que interpretan los miembros del Brooklyn Youth Choir.

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Un paseo por la Ciutat

¿En cuántas ciudades has estado? ¿Y cuántas personas han estado en las mismas que tú? Esos paraísos cotidianos de asfalto llenos de hormigas humanas pueden dar mucho juego, porque cada área urbana que se precie tiene su esencia, sus idas y venidas, sus pros y sus contras (dependiendo de quién la mire) y sus observadores particulares. Pero, ¿y si no nos centráramos en una ciudad en concreto, sino en la idea de ciudad en sí? ¿No sería curioso ver y sentir el concepto “ciudad” desde diferentes prismas? Pues aquí tengo una propuesta: la pequeña gran exposición Ciutat, en la recién inaugurada tienda de ropa La Sastrería, en el barrio de Gràcia de Barcelona. Diez jóvenes artistas y observadores urbanos se unen para mostrar sus creaciones en una amplitud de soportes y disciplinas, entre las que se incluyen, entre otras: fotografía, collage 3D, arte textil e ilustración.

Eso sí, al contrario que las ciudades, esta exposición tiene caducidad, así que espabila, porque sólo tienes hasta el 3 de octubre.

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Exposición Ciutat: Del 4 de septiembre al 3 de octubre de 2009.
Organizan: Las Coleccionistas
Precio: entrada gratuita
Horario: de lunes a viernes de 11h a 14h y de 17h a 20:30h, excepto los lunes por la mañana.
Lugar: La Sastreria, C/Bonavista 25, Barcelona

Artistas: Cai Jia Eng, Oriol Alegret, Irkus M. Zeberio, Mina Bach, María Revuelta, Núria del Moral, Cristina Sanchez, Mireia López, Ana Montiel y Nigel Peake.

Autora: Patricia Raventós
Foto: María Revuelta

 

Sidonie: Llamas de Amor

“El incendio” es el quinto disco en estudio de Sidonie, un canto al amor de sólida producción en el que Marc Ros, Axel Pi y Jesús Senra confirman la madurez musical que demostraron en “Costa Azul”, su anterior elepé.

Muchos son los muros que se desploman en el momento en que la crítica juzga maduro el sonido de un artista. Y mientras los hay que se rinden ante proyectos paralelos y experimentos que ponen en peligro el estatus obtenido, otros, como en el caso de Sidonie, prefieren seguir limando aristas y producir un disco que riza el rizo en todos sus apartados técnicos.

“El incendio” es un álbum impecable, pura energía consagrada a una de las emociones más primitivas de la humanidad: el amor. ¿Y cómo hablar de amor sin parecer un adolescente o un romántico embobado? Quizá con la autoridad de temas como “El incendio” o “La sombra”, la intensa apertura del disco y aviso de que los registros del grupo van más allá del pop que nos encandiló en sus anteriores discos, el mismo que regresa en dulces odas como “Un día más en la vida” o “Por ti”. Y para aquellos que se atrevan a decir que “es más de lo mismo”, Sidonie no duda en servirse de algunos géneros hermanos como el rock y el blues (y hasta coquetear con las habaneras) para redondear un disco de doce temas en los que nada se ha dejado al azar o en manos de la inspiración. Porque otro de los puntos fuertes de “El Incendio” es su producción, un trabajo a tres bandas entre los propios Sidonie, Blind y el reputado Ricky Falkner, un seductor triunvirato al que se suma una masterización en los estudios Abbey Road ejecutada por Adam Nunn, ingeniero de, entre otros, George Martin y Radiohead.

A otros grupos les irían grandes tales colaboraciones; en el caso de Sidonie es una evolución correcta y necesaria, acorde con la calidad de su trabajo y la repercusión que su música ha tenido en los últimos años. Porque, no nos engañemos, Sidonie ya son un fenómeno tan imparable como el título de su álbum.

Sidonie
El Incendio
(c) Sony Music Entertaiment España, S.L.

Texto: Bill Jiménez
Foto: Sony Music

 

South Pop ’09: Gambiteros Indies

Llegar a Isla Cristina puede ser una Odisea dependiendo de donde residas, pero no se puede negar que la organización ofrecía jugosos motivos para embarcarse hacia allí. Sin pensar ahora en el cartel, se debe resaltar el marco en el que se encuentra todo ello: un pueblito con encanto, con muchas playas, con su pescaíto y marisquito baratísimo, gente salada por todas partes… Además, se debe destacar el precio del abono (32 euros) que incluía acceso a un camping muy bien equipado, a unos 200 metros de la playa; autobús gratis desde Sevilla; guardería para los más pequeños con videojuegos y clásicos Disney de toda la vida; rutas en kayaks pagando 5 euros adicionales y muchas más cosas. Los más suertudos pudimos disfrutar de la oferta pactada con el hotel Barceló, de cuatro estrellas más desayuno buffet, espectacular, por cierto, por 34 euros aparte de la entrada. El verdadero lujo residía en situarse en una de las muchas hamacas que rodeaban su gran piscina, escuchando a los dj’s del festival ahí mismo, mientras te tomabas tu segundo mojito ya que siempre era “la hora feliz”.

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Después de un día de ebrio relax, llegaba la hora de ir a los conciertos, que para eso habíamos ido. El viernes empezaba con Anni B Sweet a quien no tuve el placer de ver. Me disculparéis por no poder opinar, pero otros quehaceres requerían mi presencia. Poco después, los finlandeses Cats on fire subieron al escenario, muy en la línea de los Smiths e incluso Sundays, agradecidos para esas horas festivaleras. A continuación, La Bien querida tocó su disco mientras sus fans, entre los que no me incluyo, bailaban tímidamente temas de su disco Romancero. Llegaron Piano Magic a desplegar la maestría y la elegancia en el escenario que tanto necesitábamos en esos momentos, tocando temas como Love and music que mezclan la peculiar voz de Glen Jonson con el potente sonido de sus guitarras. Luego, llegaron Those dancing days que, a pesar de los gallos a los que nos tiene acostumbrados Linnea Jönsson, fueron lo más divertido de la noche. La jornada acabó con Duckula DJ quien gastó todos los temazos entre concierto y concierto y en su sesión prefirió guardárselos en el bolsillo y pinchar temas desconocidos para todos. Vamos, que fue un rollo. ¿Será que no quería perderse el desayuno buffet del hotel?

El sábado iniciaron los conciertos los sevillanos Tannhäuser, que sustituyeron a Mary Jane (& The Guitar) con un post-rock bastante bueno. Tras ellos, se abrió paso el experimental y aclamado David Thomas Broughton. A continuación, llegaron Klaus & Kinski quienes nos hicieron bailar y reír con los comentarios de la simpática Marina. Luego llegó el esperado cabeza de cartel, Micah P. Hinson, quien nos bajó todo el buen rollo que K&K nos dio. Micah P. Hinson sí, pero no a esas horas. Poco después volvimos a bailotear con Los Punsetes, a pesar de tener la cantante menos motivadora y más hierática del indie español. Finalmente, por fin, llegó el auténtico bailoteo con We are Standard quienes derrocharon potencia, energía y fiesta por un tubo. Después del subidón, acabamos muy bien la noche bailando al ritmo de los temazos pinchados por los ya míticos Pin y Pon dj’s. Y es que una cosa está clara, cuando eres asiduo a festivales de música y ya has visto veinte veces a los mismos grupos, de lo que se tiene ganas es de bailar sin parar.

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Pero el festival no acabó ahí. Al día siguiente la organización invitaba a los asistentes a una suculenta, aunque un poco desorganizada, barbacoa de pescado y marisquito de la tierra para despedirse. ¡Dios bendiga esas almejas! Todo ello fue amenizado por los hitazos escogidos por el simpático La Antonia pincha, que tan gustosamente te pinchaba Ladyhawke como George Dan.

Así fue un buen fin de semana repleto de buena música, buen rollo, solete, exquisitos manjares, relax, sin prisas, sin aglomeraciones, sin poliklin de plastiquete y lujo, mucho lujo. Un fin de semana de hedonismo a tutiplén.

La pregunta es: ¿Volverás el año que viene?
La respuesta es: ¡Por supuesto!

Texto: Patricia Salvatierra
Foto: Susana Maura

 

“Antichrist”, Lars Von Trier

La última película del polémico director danés es una obra fallida; y lo es en tanto que no sólo fracasa en el uso de los códigos del género en el cual se inserta sino que, además, es incapaz de articular convincentemente el entramado simbólico introducido en el relato. Así, nos encontramos ante una película de terror que, ni da miedo, ni funciona como revisitación autorial de unos topoi muy conocidos por el público. Y si es cierto que el propósito del filme era ofrecer un “vistazo al oscuro mundo” de los miedos de su realizador, tal y como él mismo declarara, quizás precisamente por ello Von Trier no ha sabido tomar la distancia necesaria para construir una obra que comunique con convicción la esencia de un material tan cercano. La cinta cae en una pornografía pueril de demonios personales –y no me refiero a las escenas de violencia y sexo explícitos, menos epatantes, por citar otra obra del mismo realizador, que en “Los idiotas”–, demonios éstos que pueden resultar inocuos, cuando no entrañables, para los demás. El prólogo y el epílogo, dignos de un anuncio artie de colonia; el uso de símbolos tan poco sutiles como el zorro o la corneja (¿es una fábula de La Fontaine?), o la secuencia, involuntariamente jocosa, en que el personaje interpretado por Dafoe recibe el mensaje “el caos reina”, son ejemplos de la tosquedad de los recursos narrativos de la obra, tanto desde el punto de vista visual como argumental, demasiado burdos para expresar la complejidad de la angustia existencial de su autor. Porque de eso trata finalmente la película: del miedo a la muerte y, como reverso inevitable de la misma, del sinsentido de la vida (y del amor).

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El filme, sin embargo, no carece de buenos momentos aislados, en los que hay un atisbo de ese terror metafísico que su autor pretende transmitirnos. El paseo mental de la protagonista por el bosque inducida por las palabras de su esposo, el flashback en el que rememora “el llanto de todo lo que vive”… Todas ellas son secuencias que despiertan inquietud en el espectador y nos recuerdan el indiscutible talento de su realizador para construir paisajes irreales, que combina hábilmente –como ya hiciera en “Bailar en la oscuridad”– con un realismo desnudo, casi abstracto, basado en la fuerza del primer plano y las interpretaciones de sus actores.
Pero es que “Antichrist” posee, además, una gran virtud: supone el regreso de uno de los directores más potentes a la palestra creativa tras un período de depresión que le mantuvo alejado del cine, un motivo, sin duda, para congratularse (pese a la antipatía que concita entre ciertos sectores de la crítica especializada su megalomanía).
En cualquier caso, cabe ver esta cinta como lo que es: el resultado de la lucha personal de un ser humano por salir de una crisis vital; como esa confesión íntima de un buen amigo que, aunque nos pueda avergonzar, apreciamos por la confianza depositada en nosotros.

Texto: Elisenda N. Frisach