Underdogs

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Urtain: España contra las cuerdas

La oferta teatral en las principales ciudades españolas es amplia y variada. Cierto; no son Londres ni Nueva York, pero la cartelera viene surtida: compañías privadas que rinden tributo a su público, una mayoría de espectadores que pide evasión basada en vestir la mona con otras sedas (v. gr. musicales, monólogos cómicos, boudevilles de viejas glorias, stomp…); ciertos conatos vanguardistas que con frecuencia devienen globos hinchados de aire; montajes academicistas de obras clásicas o de qualité; el estimulante (y poco difundido) underground teatral… En realidad, la misma historia de siempre: la comercialidad que erige monumentos a la estulticia y busca sólo el beneficio económico; una “elite” –anacrónica o moderna, pero igual de rancia– que pergeña engoladas exhibiciones onanistas para una minoría acomplejada, y las voces nuevas y frescas, acalladas por la algarabía de unos y otros. Pero no hay que perder la esperanza: el bosque no puede taparnos los árboles. Porque hay árboles. Y grandes.

Urtain

Paradigma de ello es “Animalario”, formación teatral nacida en 1996 de la unión del grupo de intérpretes “Ración de Oreja” con la compañía “Riesgo” de Andrés Lima, que saldría de los circuitos minoritarios en 2003 con su interesante montaje Alejandro y Ana..., gracias en buena medida a la fama adquirida por algunos de sus miembros en cine y televisión. Su consagración definitiva, empero, llegaría dos años después con un merecidísimo Premio Nacional de Teatro por Hamelin, una pieza de discurso valiente e inteligente, cuya inusual hondura ética y emocional quedaba plasmada en una puesta en escena brillante y arriesgada.

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Hecker: Acid in the Style of David Tudor

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Florian Hecker, para los que lo conozcan, no se trata de un compositor de música electrónica acomodado o dócil. Todo lo contrario. Si te suena el sello Emego, también eres consciente del arsenal de ruidos incómodos y agresivos que suelen habitar en sus discos. Si tal vez te suena el nombre de David Tudor, como compositor cercano a John Cage y encima le añades al título la palabra acid, si aún así estás dispuesto a sumergirte en este laberinto, sólo tengo una cosa que decirte: No podrás resistirte a este disco. Un disco que supone una proeza de disparates sónicos, timbre y ritmos descerebrados, inconexos y casi ausentes en sus diez interpretaciones de abstracción, manipulación sónica y minimalismo digital. Tu paciencia (o locura) hacia este tipo de experimentadores marcará las impresiones que recibas del disco. Si estás chalado, súbete al carro. Cera de la buena.

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Acid in the Style of David Tudor

Emego; 2009

Texto: Fran Martínez

 

José Vinicius Cora: Pathecolor

Colorear lo que antaño fue blanco y negro es una práctica que ha ganado popularidad con el paso de los años, pero no es algo nuevo. La firma francesa Pathé ya lo hacía a principios del siglo XX, aunque en aquellos tiempos no dejaba de ser una marca de agua cuya función era proteger la película del pirateo. Sí, porque hasta en aquella época la propiedad intelectual sufría el acoso de terceros. La parte buena es que la herramienta no tardó en mostrar su potencial artístico. Cien años después, la esencia es idéntica, pero la carga emocional distinta.

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Pathecolor” es algo más que una colección de fotografías coloreadas. No son aberraciones cromáticas (como los experimentos que se hacían en Holywood con sus filmes clásicos) ni trucos baratos de Photoshop; Pathecolor es el trabajo artesano de José Vinicius Cora, un artista lucense que tuvo la ocurrencia de contar algo más allí donde todo parecía contado. Y que mejor forma de expresarse que por medio del color, una paleta diversa que invade lo que antes fueron blancos, negros y grises, arrojando nuevas lecturas y emociones a un archivo fotográfico que estará hasta el 1 de noviembre en la galería Miscelänea (c/ Guardia 10, Barcelona).

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Policromías al margen, de José Vinicius Cora diremos que, como buen artista multidisciplinar, se atreve con todo tipo de proyectos, y aunque en su currículo abunden los fotográficos, vale la pena destacar sus dibujos para Mierda Perfecta, un transgresor ezine engendrado este mismo año por el propio José y su compañera de desventuras artísticas Sara Roca.
Tan escatológico como delicioso.

Miscelänea: www.miscelanea.info
Mierda Perfecta: www.mierdaperfecta.com

Texto: Bill Jiménez
Imagen: (c) José Vinicius Cora

 

Julian Plenti is Skyscraper

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A Clark Kent le bastan unas gafas para esconder al superhombre que lleva dentro, algo parecido a lo que Paul Banks propone en su “Julian Plenti is Skyscraper”, un alter ego que contiene con dignidad a uno de los frontman más inquietos de la escena musical neoyorkina.
Y renunciar a la fórmula que le concedió la fama le ha permitido parir un disco más intimista, repleto de arreglos hasta el momento inviables en su carrera y libre de las cadenas que había impuesto a su voz desde “Turn On The Bright Lights“. Julian Plenti suena distante, melancólico por momentos y no menos oscuro que en un disco de Interpol, aunque se permite el lujo de codearse con el pop más tradicional y salir airoso.

“Julian Plenti is Skyscraper” tiene más de retrospectiva que de disco, supone la necesaria edición de unas canciones que, según el propio Banks, fue acumulando durante finales de los noventa hasta su recuperación en 2006, un experimento de unos cuarenta minutos aproximados y once temas, once atmósferas distintas entre las que se oculta un artista inédito y repleto de recursos.

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“Julian Plenti is Skyscraper”
Matador, 2009

Texto: Bill Jiménez

 

Moon: Yo, astronauta

En el reciente Festival de Cine Fantástico de Sitges la película vencedora ha sido “Moon” (2009). Su director, el debutante Duncan Jones, se declara un acérrimo seguidor del cine de ciencia ficción y recuerda con añoranza las cintas que, en los años setenta y principios de los ochenta, narraban historias del futuro, con el esencial deseo de maravillar al público ante la impresión de hallar en la pantalla los límites del ser humano y su trascendencia ante el universo.

“2001: Una odisea del espacio” (1968), la obra maestra de Stanley Kubrick, alineó el género en la más distinguida consideración, estatus que anteriormente habían alcanzado en el medio literario novelas como “1984” (1949) de George Orwell o “Crónicas Marcianas” (1950) de Ray Bradbury. A finales de los setenta todavía se realizó algún film excepcional, tanto desde una condición artística y poética –“Stalker” (1979) de Andréi Tarkovski- como de éxito y repercusión -“Encuentros en la tercera fase” (1977) de Steven Spielberg-. Posiblemente, la última película magistral de ciencia ficción sea “Blade Runner” (1982), adaptación de una novela de Philip K. Dick dirigida por Ridley Scott, que, junto al alegato ecologista “Naves misteriosas” (1971) de Douglas Trumbull, es homenajeada en “Moon”, al recuperar algunos de sus elementos y enfocarlos desde un prisma nuevo, sencillo y honesto.

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