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Olyva y La Sastrería

Olyva es sinónimo de buen hacer y gusto por lo artesanal, el vintage que algunos usan como etiqueta indiscriminada y al que sólo unos pocos hacen justicia. Roxana Rivas es una de esas personas, una diseñadora capaz de conjugar comodidad y elegancia en su trabajo, un equilibrio que no decide a conciencia y que se inspira en “el día a día de la ciudad, en toda esa gente que va de un lado a otro sin parar. Creo que a la mayoría nos gusta ir guapas pero sin que resulte una tortura.”

Respecto al toque vintage que Olyva defiende, Roxana asegura que “surge de forma involuntaria, forma parte del estilo Olyva como algo natural.  Sí que es cierto que, últimamente, a todo lo antiguo lo etiquetan como vintage, ya sea porque está de moda o, simplemente, vende más. Pero creo que es algo que siempre ha pasado. Cuando algo está de moda suele repetirse hasta la saciedad hasta que pierde su sentido original.”

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El proceso creativo que se esconde tras Olyva no posee un orden estricto, en ocasiones los protagonistas son el estampado y el tejido, y en otras es al revés, “tengo un diseño en la cabeza y no paro hasta encontrar el tejido que mejor le va”. Lo importante en el fondo es “que los materiales sean lo menos sintéticos posible” y que “la mujer que vista mi ropa se sienta femenina y singular, pero nunca disfrazada”.

Esta declaración de intenciones está presente en su nueva colección, cuya inspiración va “de los trajes tiroleses y austríacos hasta el folclore ruso. Todo con un aire de cuento antiguo, de esos que pasan en los bosques.

Y si diseñar no fuera bastante aventura, Roxana abrió hace unos meses La Sastrería, la solución a sus ganas de presentar junta toda su colección, una tienda que fuera algo más que un espacio en el que albergar su línea, “más bien se trataba un poco como de crear un pequeño mundo con más marcas afines a la mía”.

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Entre esas marcas están Diksi y Lia Lee, dos propuestas originales que ayudan a crear esa filosofía que Roxana quiere para la tienda. Pero eso no es todo, porque “hace poco también he añadido diseños de Phobia, Oxmo, peppercorn y la marca para chico Merc London. Soy muy crítica a la hora de decidir qué diseños ofrezco en La Sastrería, elijo cada prenda a conciencia”.

Olyva, La Sastrería…, los proyectos de Roxana no parecen agotarse. Pero reconoce que le quedan asignaturas pendientes: “Un montón, pero de momento casi todas están en el aire. He empezado tímidamente a diseñar algunos complementos y me encantaría poder hacer lo mismo con el estampado de tejidos.”

Vista la pasión y el trabajo invertidos, no hay duda de que surgirá algo importante de tantos buenos propósitos.

Texto: Bill Jiménez
Imagen: (c) Las Coleccionistas

Enlaces: | Olyva | La Sastrería |

 

Pin&Pon Djs: Currantes del indie

Hoy en Underdogs entrevistamos a Joan y Rafa, los Pin&Pon Djs, una de las parejas de djs más consolidada y polifacética de la escena independiente española. Sus sesiones no son más que la punta de un iceberg que incluye un programa de radio, varias webs y, sobre todo, una pasión desbordante por su trabajo.

¿Cómo lo habéis hecho para convertiros en los DJ’s más populares y queridos de Barcelona? Todo el mundo os conoce, así que sería más fácil preguntaros quién no os conoce todavía.

Bueno, lo de “populares” será dentro de la escena indie. Respecto a la relación entre Pin&Pon djs y Barcelona, su lugar de residencia, viene muy bien el refrán de “nadie es profeta en su tierra”, ya que precisamente en Barcelona es la ciudad en la que menos pinchamos. También ayuda a que se nos conozca cosas como que estamos unidos a la escena musical por otros lazos aparte del tema djs y también hay que decir que un nombre como Pin&Pon es fácil que se te quede.

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¿Cómo os preparáis cada sesión? Imagino que no es lo mismo pinchar en un local pequeño que en un festival. ¿Tenéis alguna canción que no pueda faltar en vuestras sesiones?

No solemos preparar las sesiones, a no ser que estemos ante un acontecimiento tipo FIB o algo así. Constantemente vamos seleccionando novedades o recuperando temas que teníamos olvidados. Lo que sí que tenemos claro es que sea un gran festival o un bar pequeño, el público lo que quiere es divertirse y se trata de hacerlo lo mejor posible en ambas situaciones. Es cierto que a veces en locales más pequeños puedes poner temas que quizás no están tan indicados para la pista de baile, arriesgar un poco más.

En cuanto a temas que no pueden faltar, canciones como “Hit the road Jack” de Ray Charles o el “Respect” de Aretha Franklin nunca fallan, los pones y la gente se pone a bailar fijo.

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10 Años de Belio

Ni me acuerdo de lo que estaba haciendo hace diez años. Probablemente vegetando en un sofá mientras la televisión se llenaba de apocalípticas teorías sobre el “efecto 2000”. Sí, esa historia de colapso tecnológico a la altura de la llegada del Anticristo o el cierre de Messenger. ¿Quién me iba a decir que un grupo de emprendedores estaba sacando al mercado el primer número de Belio? Ya sabéis, Belio, esa revista de maravillosa maquetación y aún más maravillosos contenidos; una suerte de crème de la crème del arte contemporáneo.
Diez años después, Belio celebra su éxito con un número muy especial, un ejemplar de 240 páginas a todo color que pierde la condición de revista para convertirse en un libro en toda regla. En él encontraréis numerosas colaboraciones: fotográficas, de arte urbano, diseño gráfico, etc… Lo habitual en Belio pero multiplicado por una cifra indecente de páginas.
Y si eso no fuera suficiente, a los festejos se ha sumado una exposición itinerante llamada “Belio X10, The Effect 2000 Generation”, una colección en la que artistas de todo el mundo homenajean a Belio y que, tras pasar por Bilbao y Berlín, aún tiene que dejar su huella en dos ciudades más: Madrid y Barcelona.
La actual afortunada es la Ciudad Condal, que la acogerá hasta el día 22 de noviembre (empezó el 5) en dos salas del centro: Miscelänea (c/ Guardia, 10) y Ras (c/ Doctor Dou, 10). Algo más tarde, del 3 al 27 de diciembre, será el turno de Madrid, alojándose en Espacio 8 (c/ Santa Ana, 8).

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Mi consejo es que no dejéis pasar esta exposición, pero como los accidentes ocurren, siempre os podéis consolar con el Belio X10, la prueba física de un aniversario que confirma dos pensamientos imposibles de concebir en 1999: Una, que Belio se convertiría en un referente indiscutible; y dos, que sobreviviríamos al efecto 2000.
Personalmente, me quedo con la primera.

Texto: Oswaldo Reyes
Imagen: (c) Belio

Links: Belio | Miscelänea | Ras | Espacio 8

 

Camping: The Remains of Industry

Conocí a Camping por Politics of Love (PuPilo, 2008), su anterior disco, once temas repletos de arreglos imposibles que venían a demostrar las tablas de un grupo al margen de las tendencias y el sonido, por llamarlo de una forma, independiente. Porque ellos, como buenos outsiders, pisaban una tierra que conocían pero no sentían como suya; los Camping que llevaban diez años en los escenarios sabían que estaban adelantados a su tiempo, tal y como demostraron en sus experimentaciones en directo, ejercicios de inventiva sonora que pasearon durante 2008 y que, tras escuchar el disco que nos ocupa, The Remains of Industry (PuPilo, 2009), se han convertido en un punto y aparte en su trayectoria.
Punto y aparte porque los cambios saltan a la vista, huyendo una vez más del conformismo al dotar a sus composiciones de una sutil estructura pop que, en un principio, puede asustar a los fans de Politics of Love, pero que, tras una segunda escucha, se muestra tan rica en matices como sus anteriores trabajos.
Y el que Camping suenen más post punk no quiere decir que hayan perdido su esencia. Sus poderosas percusiones sigue ahí, marcando el ritmo; sus juegos de voces también, aunque apuesten por las modulaciones sombrías y la atmósfera de decadencia industrial que se ha convertido en marca de la casa. Recordemos que los propios Camping, trabajando en equipo con Santi García, son los productores de The Remains of Industry; y como se diría popularmente: el que tuvo, retuvo.

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Jugando en serio

Antiguamente los videojuegos eran más sencillos, y no me refiero al hecho de controlarse con una cruceta y dos botones. Veinticinco años atrás, la mayor preocupación de un jugador era llegar del punto A al B sin perder mucha paciencia y dinero. A cambio, se le premiaba con una escueta felicitación y el placer inherente a toda victoria. Pero los tiempos cambiaron, la fórmula se volvió más sofisticada y la industria del videojuego empezó a mover millones. Como buena gallina de los huevos de oro, le salieron pretendientes hasta de debajo de las piedras; pretendientes y detractores, gente que, con o sin razón, tacharon al ocio informático de entretenimiento simple, adictivo y, en algunos casos, peligroso.

Virtudes y defectos al margen, lo que no ha cambiado en todos estos años es su esencia. Nacidos para divertir, aunque nos los vendan con gráficos de última generación y guiones dignos de Hollywood, la industria del videojuego nunca se ha planteado otra cosa más que crear mundos en los que evadirnos. Y aunque durante los ochenta surgieran voces que reivindicaban su espíritu didáctico, tendrían que esperar hasta 2002 para convertirse en una presencia a tener en cuenta. El Woodrow Wilson International Center for Scholars dio un primer paso creando The Serious Games Initiative, una comunidad que explora las posibilidades del videojuego como herramienta de formación académica y social. Los primeros de un movimiento que ha encontrado en Internet su mejor aliado.

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