Generation Kill
Hay géneros cinematográficos para todos los gustos, y entre ellos el bélico suele ser uno de los más polarizantes. No hay muchas personas que vean en las películas de guerra algo más que prescindibles orgías de muerte en las que no se transmiten valores constructivos y en las que no suele haber un final esperanzador. A lo largo de su historia, el cine bélico parece haberse ido adaptando al sentir generalizado, edulcorando en mayor o menor medida la realidad retratada para hacerla digerible a audiencias más o menos amplias. Incluso grandes películas bélicas como Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), Platoon (Oliver Stone, 1986), El Día Más Largo (The Longest Day, producida por Darryl F. Zanuck, 1962) o La Delgada Línea Roja (The Red Thin Line, Terrence Malick, 1998) no dejan de ser (y parecer) estudiadas dramatizaciones en las que se ha escogido con cuidado lo que se muestra al espectador para no agredirle más allá de ciertos límites. Pues bien, afortunadamente para los fans del género, en 2008 apareció una rara y preciosa excepción a la regla denominada Generation Kill y orquestada por los ya respetables creadores de The Wire David Simon y Ed Burns.

Basada en el libro homónimo del reportero Evan Wright, Generation Kill es una mini-serie de 7 capítulos producida por la HBO que retrata la primera fase de la invasión de Irak desde el punto de vista del Primer Batallón de Reconocimiento del Cuerpo de Marines de EEUU. Digo desde el punto de vista del Batallón y no desde el punto de vista del reportero porque es evidente que el protagonista de esta serie es la jerarquía, no alguien de carne y hueso. Si en The Wire el recurso de convertir en protagonista a una red de relaciones más que a un solo carácter estaba aún algo encubierto (e incluso generó cierto debate alrededor de la importancia de McNulty en la trama), Generation Kill ha sido claramente construida sobre la idea de que lo perenne, lo imperturbable, lo que mueve al mundo, es la institución, no el héroe o antihéroe de turno al que le ha tocado desempeñar su papel por un tiempo limitado. El mundo es cíclico a ojos de Simon y Burns: los hombres pueden escoger encarnar un rol u otro, pero el abanico de roles es limitado y está prediseñado; lo único que permanece es la maquinaria. Como en The Wire, los individuos no son más que peones perecederos destinados a contribuir a que la máquina siga funcionando durante una generación más. Es el demoledor poder de la institución sobre la irrisoria fuerza del individuo.









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