Mientras la fotografía clásica ruge cada vez que le hablan de Photoshop y otros programas de diseño, algunos artistas con la lección aprendida y muchas ganas de innovar funden técnicas y dotan a su obra de un estilo único. Gustavo López Mañas es un buen ejemplo. Fotógrafo e ilustrador, su trabajo transporta a mundos y épocas imposibles, una visión de la belleza que no escatima recursos y que le ha valido más de un reconocimiento, como un segundo premio (categoría Música) en los International Photography Awards y un par de oros y bronces en los premios fotográficos Lux.
Barroquismo gótico, ciberpunk, vintage… Realidades que conviven en una producción capaz de conquistar a importantes diseñadores (Gori de Palma, Zazo & Brull, Manuel Albarrán) y dotar de una cuidada imagen promocional a artistas como Krakovia, Labuat y Najwajean. Al margen de numerosas editoriales y trabajos publicitarios, en 2008 publicó una versión ilustrada de Carmilla, la clásica narración vampírica de Sheridan Le Fanu, dotada del mismo erotismo y sutil terror del original.

Texto: Bill Jiménez
Imagen: (c) Gustavo López Mañas
Enlaces: Sitio Oficial | Myspace
Siempre he tratado a las exposiciones colectivas con cierta cautela. Corren el riesgo de abarcar mucho y apretar poco. En la mayoría de casos los artistas expuestos tienden a eclipsarse entre ellos y, casi sin darse cuenta, cargarse el espíritu de la exposición.
La galería arts_ no ha tenido ese problema. Se han propuesto mostrar las obras de 15 artistas y lo han conseguido pese a las limitaciones de espacio. Da igual el estilo, la técnica y las intenciones del autor, armándose de coherencia han logrado que encajen entre sí como las piezas de un mosaico. Bueno, alguna que otra le roba protagonismo a sus vecinas, pero lo que importa, la esencia que mencionaba antes, logra mantenerse intacta y sin sacrificios.

¿Y cuál es la esencia de regalart_? Pues, tal y como reza en las notas de prensa de la galería, «nuestra máxima en esta exposición es mostrar un arte contemporáneo asequible, un arte para llevárselo puesto».
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Siguen pasando los años y su música sigue evolucionando con pausas, ganando matices, fragmentándose y estirándose en hipnóticos caminos de rareza y placidez. Es muy difícil ser exactos a la hora de clasificar a este trío australiano, que siendo propio de jazz (piano, contrabajo y percusión) conjuga sonoridades del ambient, exóticas, krautrock y minimalismo. Todo ejecutado con naturalidad, calma. Sus discos suelen estar formados por una sola pieza, o improvisación, cercana a la hora de duración. Sus discos, desde el enorme debut, Sex, en 1989 siguen intactos e inmarchitables en el tiempo y pasando de ser un rara avis para convertirse en una comunión completamente lógica de sonidos.

Silverwater, es un disco que comparte método con el Visitor de Jim O’Rourke, una apacible velada donde sobre un hilo conductor o un estado de ánimo determinado, se van sucediendo piezas pacientemente dirigidas por distintos instrumentos. Desde Chemist (2006), incorporan para el trabajo de estudio leves sonidos electrónicos, pasajes de guitarra y una producción que cuida, aun más, los pequeños detalles. Ellos tienen una manera única de inmersión en estas pequeñas improvisaciones estiradas hasta crearte una sensación de letargo y abstracción psicodélica, pero esta vez han decidido crear un recorrido donde varios fragmentos aparecen y desaparecen en completa armonía.
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Lo que podría haber sido un austero drama sobre la incomunicación de las personas, a través del relato de las consecuencias que tiene el proceso de separación de una pareja sobre su descendencia (en este caso, una introvertida niña de nueve años, la franco-japonesa Yuki), se convierte en manos de sus dos realizadores en un canto a la infancia y en un precioso cuento de hadas.
La cinta, de hecho, se articula sobre una estructura que va emparejando diferentes opuestos. De esta manera, si bien buena parte de la misma transcurre en un ambiente urbano, la irrupción de dos bosques (¿o habría que decir de uno?) imprime un giro inesperado y poético a la acción. Asimismo, la convivencia de dos paisajes y de dos culturas –Francia y Japón– marca el desarrollo de la película, y no sólo a un nivel discursivo sino también fáctico, dado que sus autores son el actor francés Hippolyte Girardot (quien se reserva un papel secundario en el filme) y el director nipón Nobuhiro Suwa. Dichas dualidades responden, principalmente, al retrato de dos mundos que discurren en paralelo pese a formar parte del mismo universo empírico: el de los adultos, cuyos actos resultan incomprensibles para sus hijos, y el de los niños, de una apabullante lógica interna pese a su falta de racionalidad.

Este conjunto de contrastes que va tensando la pieza es fagocitado por su estilo minimalista y sobrio, de cámara sosegada, encuadres con pocas variaciones, fotografía naturalista y ausencia casi absoluta de acompañamiento musical. Gracias a esta plasmación visual tan contenida, la película logra hacer creíble lo increíble, pues –y lamento ser tan críptica– el Hada del Amor que invocan en sus juegos las dos pequeñas amigas para evitar ser separadas (Yuki tendrá que partir con su madre a Japón) quizá sea tan real como la aceptación del dolor y, con él, de la madurez; como el río y su tranquilo susurro recordándonos el devenir de la vida y la continuidad con el pasado y el futuro; como la consumación del círculo eterno en el encuentro de Yuki con las niñas y con la amable dueña de la casa junto al bosque; como la tienda de campaña en la casa-bosque y la cabaña de troncos en el bosque-matriz.
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¡Afortunados los madrileños por poder ir a la filmoteca este mes! Durante todo diciembre, la Filmoteca de Madrid reproduce un ciclo sobre el director italiano Dario Argento. ¿Qué razones puedo daros para que no os lo perdáis? Uf, ¿qué voy a decir de Argento que no haya dicho ya? Los que me conocen saben la pasión que le tengo, aunque a muchos no les guste su estilo por ser irregular, entre otras cosas.
Argento aparece en escena en el caos provocado por el 68 para darnos un soplo de genialidad. Con el tiempo se fue posicionando como maestro, compañero y productor cómplice de la generación posterior con directores como Lamberto Bava, Sergio Stivaletti o Soavi. Así, desde 1970 hasta hoy, Argento ha hecho 21 películas de terror de las que siempre se ha destacado su mano para el giallo. Mientras unas cuantas de ellas son obras maestras, las otras no te dejan indiferente. Todas tienen algo, todas te fascinan con ese halo extraño, inquietante, con sus imágenes memorables, con sus maravillosas sensaciones y sus giros de cámara o de argumento loco y genial. Además, sus bandas sonoras son extraordinarias, muchas de ellas firmadas por Ennio Morricone o Goblin.

Dario Argento es un autor excesivo, barroco, intenso, de títulos geniales como los de su trilogía zoológica: El pájaro de las plumas de cristal, El gato de las nueve colas o Cuatro moscas sobre terciopelo gris. No es un director de grandes argumentos sino de crear ambientes intensos, como las pesadillas. Así, sus obras te atrapan como éstas. Se podría decir que Argento es en el cine lo que Poe en la literatura: “manieristas de la intensidad”
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