Underdogs

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Osmos: Entretenimiento microscópico

Ni fontaneros maltratando tortugas ni soldados del futuro salvando a la Tierra. En el videojuego también hay lugar para las grandes ideas, aunque la mayoría de ellas terminen en ese saco generalista llamado «videojuegos independientes». Está claro que la propuesta de Hemisphere Games no es convencional. Ni cortos ni perezosos nos presentan un juego en el que el protagonista es una partícula flotante, una especie de entidad unicelular que para sobrevivir tiene que absorber a otras más pequeñas. La parte interesante del puzle es su puesta en escena, porque Osmos no se limita a mostrarnos un puñado de esferas de colores. Empezando por su mecánica, descubriremos lo dramático que resulta moverse a base de proyectar nuestra propia masa y las dificultades de mantenerse independiente en un mundo donde la pluricelularidad nace del mero contacto.

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The Flaming Lips: Embryonic

No seré el primero en agradecer las bondades del primer disco doble de los Flaming Lips (Zaireeka fue cuádruple), banda que parecía que nos tenía abandonados desde aquel paso de gigante que supuso The Soft Bulletin (1999), y que marcó la nueva época de una banda que supo encontrar nuevas vías de expresión después de un disco tan redondo como  Clouds Taste Metallic (1995), que el tiempo lo sitúa como el perfeccionamiento y agotamiento del equilibrio en su forma de componer.

Tras el experimento y nueva dirección del anteriormente mencionado Zaireeka, la mano del ya habitual detrás de los mandos Dave Fridmann (bajista de Mercury Rev y afamado productor, una suerte de Spector del indie desde Deserter’s Songs y bandera de la madurez del indie psicodélico) tomó el mando de un exagerado The Soft Bulletin que tomó prestada la locura del Pet Sounds unido a las visiones espaciales y metafísica de un Wayne Coyne, las baterías distorsionadas de Steven Drozd (fundamental desde que se incorporó a la banda hará ya unos 15 años) y una muralla de sonidos que revoloteaban en un disco imposible con sus toques orquestales. Fantasía de Disney pasado de peyote.

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Wislawa Szymborska: La realidad cambia

Cuando en 1996 la poeta Wislawa Szymborska ganó el Premio Nobel de Literatura sucedió lo que sigue sucediendo ahora. Nadie conocía a una escritora de uno de los países más olvidados del mapa: Polonia. Y lo que es más grave, ni siquiera se habían traducido sus poemas al inglés. Las redacciones de los periódicos han cambiado mucho en los últimos 15 años (por lo pronto ahora imperan las redacciones digitales o las que aúnan web con papel, en detrimento de éste que, quien sabe, quizá llegue a desaparecer) pero algunas cosas siempre son iguales. Poeta desconocida gana el Nobel. Como nadie sabe nada de la autora misteriosa el que sabe un poco, por poco que sea, se llevará los galones y, en ocasiones, la rapidez, la periodística necesidad de ser el primero en llegar, lleva a errores de bulto.

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Esto fue lo que les pasó a dos diarios estadounidenses de renombre, The New Yorker y The New Republic, cuando terminaba el mes de octubre de 1996. Szymborska había ganado el Premio Nobel el día 3 y estos periódicos  ofrecieron la traducción al inglés de uno de los poemas de la polaca, que en España se conoce por el título ‘A algunos les gusta la poesía’. Primer impacto. ¿Nadie en Estados Unidos había traducido ningún poema de Szymborska antes de que ganara el Nobel? Pues no, parece que nadie. Luego las prisas, luego el periodismo y sus vicios, y el resultado produce el segundo impacto. Dos poemas que cambiaban el sentido del poema original, escrito en polaco, o al menos provocaban dudas, puesto que entre ellos el tono era distinto.

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Ombligo sin fondo: Quitándole trabajo a la muerte.

Nuestro presente, pasado de padres y abuelos, nos ha demostrado con creces que la vieja fórmula «hasta que la muerte nos separe» se ha devaluado hasta extremos insospechados. Que fulano y fulana de tal hayan roto sus votos nupciales sorprende, pero no genera la conmoción de otras épocas.
¿Pero qué ocurre cuando la ruptura se produce en una relación de 40 años?
Eso debió preguntarse Dash Shaw antes de ponerse con Ombligo sin fondo, la voluminosa radiografía de los Loony, una familia como cualquier otra que sufre las consecuencias del fin del amor cuando Maggie y Peter, matrimonio en apariencia bien avenido, aprovechan una reunión familiar en su casa de la playa para soltar una bomba de insospechada potencia destructiva.
Y las reacciones son tan variadas como las personalidades de cada uno de sus hijos. Dennis, primogénito, y el más reacio a aceptar la realidad, se tomará como una cruzada la búsqueda de explicaciones; Claire, la segunda hija, representará un papel neutro en el drama, en parte por su incapacidad para hablar más allá de su experiencia, la de una madre soltera; y tercero, el pequeño, Peter, atrapado en sus propias inseguridades, evitará en todo lo posible inmiscuirse en el asunto.

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In the loop: El grotesco espectáculo del poder

Tomen el estilo visual de Paul Greengrass (montaje ágil y ritmo frenético, cámara al hombro, textura documental) y mézclenlo con la sátira política del clásico televisivo Yes, Minister. El resultado no es otro que In the loop, película coral que retrata con un humor implacable y feroz el proceso para legitimar ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas una guerra de dudosas motivaciones, promovida por los espurios intereses de algunos miembros de la Administración norteamericana. ¿Les suena? Por desgracia, demasiado.

En cualquier caso, y desde su mismo título, In the loop evidencia su carácter de “versión extendida” de la aclamada sitcom The Thick of It, serie que emplea la técnica del falso documental –popularizada en la ficción televisiva por The Office– para retratar los entresijos cotidianos de la res publica británica. Su creador, Armando Iannucci, en complicidad con sus guionistas habituales y algunos miembros del cast, dirige con pulso firme las riendas de este spin-off cinematográfico.

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Sin hacer alusiones concretas a ningún conflicto bélico o diplomático real, y sin acreditar a sus informadores, los responsables del filme cuentan con los testimonios –e incluso con los cameos– de trabajadores de la Administración británica y estadounidense. De ahí que el componente de hiperrealismo y absurdidad de la cinta devenga todavía más perturbador y haga de In the loop una ejemplar obra de humor negro, en la estirpe de otras grandes parodias políticas del séptimo arte, veáse Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? o Un, dos, tres. Su realizador y co-guionista emplea la hipérbole irónica, los juegos dialécticos, el slastic, la confusión vodevilesca, la burla cultural y, en definitiva, cualquier recurso cómico a su disposición para, entre carcajada y carcajada, sacudir a los espectadores con la conciencia de la mediocridad, la estupidez, la incompetencia, la mezquindad y la irresponsabilidad de las personas que dirigen el destino del mundo y que, en consecuencia, determinan la vida o la muerte de millones de seres humanos: reír por no llorar. Los políticos, los funcionarios, los asesores y, en general, las personas asociadas a los círculos de poder de los Estados Unidos y la Gran Bretaña desfilan a lo largo de la película bajo un prisma nada halagüeño, prisioneros de su egoísmo, su obcecación o su debilidad.

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