Dicen que la belleza no se puede comprar. Aunque se busque de forma artificiosa, si no surge de forma espontánea el efecto nunca será el mismo. En la industria del videojuego, conocida por unos presupuestos que rivalizan con los de Hollywood, producir grandes juegos con cuatro duros es sinónimo de éxito en mayúsculas y letras doradas. Machinarium no tiene nada de nuevo, salvo huir de esa novedad: gráficos en dos dimensiones, plataformas, puzles y, lo más importante, una estética agradable y en exceso imaginativa.
Tras este cóctel ganador se encuentra el estudio independiente Amanita Design, un grupo de programadores checos que en su momento ya sorprendieron con Samorost, otra delicia gráfica en el estilo de Machinarium.
¿Y qué estilo es ese? Pues el de las aventuras de toda la vida, las de moverse por un escenario rico en detalles y resolver dilemas de lógica a base de clics de nuestro ratón. En este caso, siguiendo las evoluciones de un robot a lo largo de su mundo tecnológico, una chatarrería de cuento infantil, con ese toque de ingenuidad y a la vez tétrica decadencia tan bien explotado por artistas como Tim Burton.
Una tecnología para nada punta frente a un mercado de sofisticaciones innecesarias.
¿Qué dirán de nosotros dentro de mil años? ¿Tendrá nuestro paso por la Tierra la misma trascendencia que, por ejemplo, el Egipto faraónico? Quién sabe, la cuestión es que en esta era de la información, la tecnología es la primera en sufrir el acoso del tiempo, quién sabe si por una necesidad evolutiva o por culpa del consumismo incontrolado que sostiene nuestra cultura.
Al parecer, las mismas preguntas que se formula Christopher Locke, un joven artista estadounidense conocido por su filias figurativas/industriales. En Modern Fossils convierte un pasado reciente en material de museo, reciclando la tecnología que causó furor en los ochenta y aplicándoles un severo tratamiento de fosilización. El resultado es convincente: móviles, consumibles informáticos, cedés, casetes…, todos ellos susceptibles al envejecimiento y a la reflexión. Nada profundo, sólo un juicio rápido al materialismo, las posibilidades artísticas del reciclado y la amenaza a nuestros valores a manos ese monstruo llamado progreso.
Y si Modern Fossils es el trabajo más reciente de Christopher, también vale la pena echarle un vistazo a su anterior producción, un variado catálogo en el que demuestra su habilidad en todo tipo de terrenos: metal, madera, arcilla, resinas… Una apuesta por lo multidisciplinar, el inconformismo y el arte sin presiones comerciales.
No hay nada como unas copas y un poco de conversación agradable tras una dura jornada de esquí. Esa clase de instantes memorables que merecen tener su propio nombre. En este caso alguien tuvo la feliz ocurrencia de llamarlo après-ski, un ejercicio de socialización alpina que ha inspirado a Lucía Vergara a la hora de bautizar su línea de joyería, unas piezas en las que «hay una predilección por los colores pastel, el dorado, las miniaturas y un cierto aire retro que siempre está presente». Aire retro que queda reflejado en su proceso de creación: «La primera parte y con la que más disfruto es la búsqueda de materiales, perderme en los rastros, mercerías con stocks antiguos, tiendas de baratijas y los propios cajones de mis muebles. Durante esos paseos a mis sitios secretos ya voy maquinando nuevas piezas, haciendo un collage mental. Luego en una mesa blanca donde no cabe ni un alfiler empieza el recorta y pega. Y lo que sigue es fácil de imaginar: taladra, esmalta, ensambla, pega, barniza, etiqueta…». Un proceso sencillo de contar pero que implica trabajo y unas tablas ganadas en otros terrenos, como por ejemplo los más de tres años que pasó con Lydia Delgado, ejerciendo de asistente de la diseñadora y responsabilizándose de su línea de accesorios. Actualmente, Lucía colabora con Ailanto, con los que diseñó la colección de bisutería de sus recientes desfiles, así como su posterior adaptación comercial.
Imparable es la palabra. En los directos de este músico con pinta de buen mozo hay energía, mucha energía, demasiada me atrevería a decir, esa fuerza contagiosa que consigue que cualquier público se mueva como si llevara al demonio dentro. Y lo bueno es que no hace nada nuevo, el suyo es un soul de toda la vida, abalado por dos discos y unas influencias nada desdeñables. Tenemos a Sam Cooke, al mismísimo Otis Redding y, en esos momentos en los que un buen artista demuestra su falta de límites, a gente como Sam & Dave o The Isley Brothers. Todos caben en su sonido, curtido en un entorno familiar vinculado a la música (su padre era crítico musical) y potenciado por un padrino de la talla del malogrado Sam Carr. Un genio de la vieja escuela, autodidacta, bueno con el piano, la armónica y la guitarra. Si a todo esto le añadimos que The True Loves, la banda que le secunda, son también canela fina, nos encontramos con la obligación de ver su directo hoy jueves en Madrid (Joy Eslava) y mañana en Barcelona (Sala Apolo).
Buenas y potentes vibraciones, de esas que sacuden los cimientos de cualquier escenario.
Unos dos meses después de su estreno en las pantallas estadounidenses, el tercer largometraje de Spike Jonze ha sido distribuido en Europa por Warner Bros como apuesta de la productora para la campaña navideña. No se engañe nadie, pues, sobre cuáles son las cualidades de la cinta y cuáles sus limitaciones.
Donde viven los monstruos narra, de forma sutil e inteligente, un cuento infantil de corte clásico, con mensaje educativo de fondo incluido; temáticamente, por tanto, su universo se encuentra muy próximo al de las obras creadas desde la factoría Disney. El protagonista, el sensible pero travieso Max, vivirá un proceso de autoconocimiento a través de la encarnación, más que onírica, psicoanalítica, de sus fobias y sus filias, tras el cual superará su estado “monstruoso” e iniciará el camino hacia El Otro, esto es, hacia el mundo adulto. Como los Niños Perdidos de la famosa obra de J. M. Barrie, Max se resiste a crecer, no quiere que cambie su realidad, amenazada por la adolescencia de su hermana y por la nueva relación sentimental de su madre divorciada. Tras una acalorada discusión con esta última, dolido, su imaginación –¿o la magia?– hará realidad el mundo de sus fantasías, regido por sus caprichos y sin más normas que jugar todo el día; una salvaje sensación de libertad que, sin embargo, pronto se revelará insuficiente.
Una de mis frustraciones infantiles no superadas es el exigir durante años La Gioconda a Papá Noel. En realidad no sabía lo que estaba pidiendo, tan sólo quería ponerle las cosas un poco difíciles a ese señor vestido de rojo. Mis padres se lo tomaban a broma y, como mucho, se encargaron de que un año apareciera junto al árbol de Navidad una réplica barata de la pintura. Para mí, insuficiente.
Aunque la historia no venga a cuento, ilustra claramente la distante relación entre el arte y la figura de «Santa», tan distante que hasta en algunos casos no existe. Por eso, si pasas de ese caballero pasadito de kilos y sólo quieres disfrutar de arte en tiempos navideños, Mediodía Chica es el nombre.
La relación de la fotógrafa sanabresa Concha Prada (Zamora, 1966) con la Galería Oliva Arauna, aparte de superar la década, ha brindado al público trabajos excelentes que han recorrido desde la complejidades urbanas hasta la relación de la cotidianeidad con el objeto. Con la investigación fotográfica como eje, es el turno de El cuento de [...]