La última película firmada por Guy Ritchie puede analizarse bajo una doble perspectiva: como adaptación y renovación de un mito de la literatura –y el cine– de entretenimiento, y como obra independiente.

Bajo el primer prisma, el filme no es una adaptación tan descabellada como pueda parecer a simple vista. El argumento, por ejemplo –y sin ánimos de destrozar el desarrollo de la trama–, tiene ciertas concomitancias con El perro de los Baskerville o el relato El paciente interno, en el sentido de que sólo la analítica mente de Holmes ve más allá del halo sobrenatural que envuelve el caso. Por lo que respecta al casting, es cierto que la iconografía del flemático investigador privado de Baker Street ha definido un aspecto visual muy diferente para él y para su fiel acompañante, pero dicha plasmación no responde plenamente a la visión inicial que Arthur Conan Doyle tenía de ambos; en realidad, el autor se quejaría a menudo de la deformación que los ilustradores de los periódicos hacían de sus criaturas y de como la popularidad de dichas caracterizaciones acabó redundando en el proceso mismo de su escritura (un hecho, por otro lado, común en la literatura de consumo, véase, si no, el giro narrativo operado en la saga de Hannibal Lecter por culpa del éxito de la cinta de Jonathan Demme). Si uno lee Estudio en escarlata y El signo de los cuatro –las dos primeras obras sobre el detective–, Holmes y Watson son dos hombres de unos cuarenta años; Holmes es alto, enjuto y atlético, maestro de las artes marciales, de cabellos negros, ojos oscuros y febriles y facciones afiladas, de perfil aguileño y prominente y frente ancha; Watson está cojo por una lesión de guerra, es rubio, de ojos azules, de piel atezada y de complexión delgada y esbelta, pues sufrió unas fiebres en la India, cuando servía como médico militar, que le han dejado secuelas permanentes. En consecuencia, ni Robert Downey Jr. ni Jude Law resultan tan inverosímiles en sus respectivos roles. También personajes secundarios, en apariencia inventados para la ocasión, como el platónico amor de Holmes, Irene Adler, o la futura esposa de Watson, Mary Morstan, son figuras que aparecen, en los mismos papeles, en las páginas de las aventuras del personaje. Y no son los únicos detalles que podrían engrosar esta lista; de ahí que resulte evidente que, para renovar el mito, los guionistas hayan decidido recurrir, sabiamente, a las fuentes originales, de manera que, pese a la deformación lisérgica obrada sobre ellas, su perspectiva es tan vigorosa como –y lamento sonar sacrílega– más fiel en algunos aspectos al espíritu primario de Doyle.

Por lo que respecta a juzgar Sherlock Holmes como obra fílmica en sí misma, el largometraje es una nueva prueba –si hacían falta más– de la falta de sutileza de Guy Ritchie tras las cámaras. El realizador británico, en aras de una mal entendida originalidad, pergeña encuadres imposibles y zooms y travelligns innecesarios, lo que termina por anteponer la gracia aislada de un plano o de una secuencia a la coherencia interna del conjunto, al desarrollo narrativo y al efecto dramático (ejemplos paradigmáticos de ello son la escena de la explosión en el muelle o la innecesaria repetición de las postmodernas tácticas de combate de Holmes). Por este motivo, deviene una pieza marcada por un absoluto desequilibrio rítmico que, a ratos, aburre justamente cuando más ansiosa está por entretener. Aunque el saldo final sea el de tolerable, gracias sobre todo a la total ausencia de pretensiones de la obra, así como a una cierta capacidad esporádica para divertir a base de acumular situaciones de acción e intriga y de un humor tan burdo como efectivo, su configuración de video-clip testosterónico y ramplón sólo es trascendida por el oficio y el carisma de Downey Jr. y Law. El resto merece quedar en el olvido. Y con sobrados méritos.
Texto: Elisenda N. Frisach
LÍNEA TEMPORAL
COMENTARIOS ( 4 )
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Bitacoras.com dejó este comentario el Feb 10 10 a las 08:34Creo que no has tenido mucho en cuenta al director ni su trayectoria, cosa que es bastante importante a la hora de valorar una película. Un ejemplo de ello es la “innecesaria repetición de las postmodernas tácticas de combate de Holmes” que, para mí, son una de las pocas “marcas de la casa” Richie y merecen una especial atención y no precisamente para desdeñarlas sino para recordarnos quién está detrás de la cámara. Por mucho que no te guste, el estilo de Guy Richie tiende siempre a ser tipo video-clip testosterónico y ramplón. No se puede hacer críticas de cine sin tener idea de cine.
En una cosa sí que debo darte la razón: no me gusta la forma de dirigir, zafia y efectista, de Guy Ritchie, y tampoco me ha gustado ninguna de las otras películas que he visto de él (“Lock & Stock”, “Snatch: cerdos y diamantes” y “RocknRolla”), en las cuales, como bien señalas, mantiene un mismo estilo visual que, a mi entender, patentiza su mediocridad como realizador.
Lo que lamento es que cuestiones mis conocimientos sobre cine solamente porque a ti te gusta Guy Ritchie o la película “Sherlock Holmes” y a mí no. Me avergüenza tener que decirte que puedes comprobar mis humildes aptitudes en el tema fílmico simplemente leyendo mis colaboraciones anteriores en esta web. Y te recomiendo que, en el futuro, no recurras a la descalificación para apoyar tus argumentos, porque de esa forma sólo evidencias la poca confianza que tienes en ellos.
No quería opinar porque aún no he visto la película en cuestión, pero estoy en contra de los juicios precipitados (o con apariencia de precipitados). Ni se puede juzgar los conocimientos cinéfilos de Elisenda por lo positivas o negativas que sean sus críticas ni tampoco considerar mediocre a un director porque su estilo sea, entre otras cosas, videoclipero. La misión del director es narrar con los recursos que tiene o le apetece usar. Ritchie no engaña a nadie ni creo que renuncie a esa forma de rodar; aún así merece un respeto. Y aunque no venga al caso, recomiendo una película de él que aquí no se distribuyó: Revolver. No es genial, pero se sale un poco de sus esquemas habituales.




