Underdogs

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El bosque de Abraham Lacalle

Por Bill Jiménez

De entre los símbolos más influyentes en el desarrollo de la humanidad, el bosque es el que mayor reverencia ha despertado a lo largo de los años. Hogar de dioses y bestias, en él se esconden los secretos de muchos cultos antiguos, el laberinto viviente que aparece en el camino del héroe y que supone el penúltimo obstáculo antes del enfrentamiento con el antagonista. Pero el bosque es también un símbolo de caos frente al orden establecido por el hombre civilizador, uno de los aspectos que Abraham Lacalle ha tenido en cuenta a la hora de pintar su serie Bosque, una colección que se expone hasta el 3 de junio en la galería barcelonesa Marlborough. Trece piezas, la mayor parte inéditas y divididas en tres categorías: acuarelas, lienzos y obra gráfica. Y entre ellas podemos encontrar tres aguatintas de la serie Por debajo, que el público de Madrid ya tuvo la oportunidad de disfrutar en la Marlborough de la capital.

Para los que se pregunten quién es Abraham Lacalle, les diré que nació en Almería en 1962, que lleva desde los ochenta en esto del arte y que sus obras se han podido ver en numerosas exposiciones colectivas, fundaciones y colecciones públicas, conformando un catálogo de referencias que, en este 2010, le abalan con creces y hacen de esta muestra un evento imprescindible para todos aquellos aficionados a la abstracción, a los malabarismos cromáticos y a las realidades pictóricas nacidas de la ironía y el sarcasmo. Un mundo lleno de referencias a clásicos como Duchamp y Picasso, dotado de una justa dosis de crítica social y una reconocida influencia de los grandes movimientos artísticos y literarios del siglo XX, en especial de maestros de la palabra como Pessoa o de la Serna.

En resumen, una obra que confirma la trayectoria de un artista completo, de estilo característico y a su vez dotado de una envidiable capacidad de reinvención. Puro talento.

Enlace: Marlborough

 

El adiós de Tolstoi

Por Elisenda N. Frisach

En el Versus Teatre de Barcelona, y hasta el 9 de mayo, con motivo del centenario de la muerte de uno de los gigantes de la literatura rusa, el actor y director Quim Lecina recupera y reinventa su texto Sonata a Kreutzer-Tolstoi & Beethoven (estrenado en el Teatro Romea en octubre de 2008) con el montaje Tolstoi-Kreutzer-Beethoven, creado a partir de la fusión de la novela –en el sentido cervantino– La Sonata a Kreutzer de Lev Nikolaietich Tolstoi y La fuga de Tolstoi de Alberto Cavallari, una reconstrucción de los últimos días de vida del autor de Yasnaya Poliana.

Ya desde sus orígenes, pues, la obra revela su carácter de hibridación, de forma que, junto a pasajes directamente extraídos del relato del escritor decimonónico, se sucede ante los ojos del espectador un monólogo en el que un anciano Tolstoi (encarnado con solvencia por Sergi Mateu) describe sus motivos para huir, a la avanzada edad de 82 años y en plena noche, de su mansión familiar. Esta decisión lo conducirá en un periplo de cuatro días hasta recalar, muy enfermo, en la humilde casa del jefe de estación de un pequeño pueblecito, donde fallecerá de neumonía. Pero el carácter de mixtura del libreto va más allá de su condición de refundición de géneros literarios, puesto que, igual que acontecía en la novela breve de referencia, la música, y concretamente la “Sonata para violín núm. 9” de Beethoven, dedicada al violinista Rodolphe Kreutzer, tiene un papel esencial en el devenir de la pieza.

En efecto: dominando la escena, y a lo largo de la hora y cuarto de representación, tenemos un piano (interpretado por Daniel Blanch), a cuyo alrededor gira tanto el personaje de Tolstoi como la otra parte de la sonata a dúo, la violinista Kalina Macuta, quien se integra de forma activa en el relato del anciano escritor, al tocar, sin leer, la partitura, lo que le permite adoptar las caras, las posturas e incluso las modulaciones pertinentes para devenir una ilustración o una ampliación, cuando no una réplica, de las palabras de Mateu/Tolstoi. Y ello, a parte de reflexionar sobre las relaciones entre el teatro y la música (explicitadas cuando Mateu/Tolstoi analiza el porqué de su obsesión con dicho tema musical en particular), responde a la condensación emocional que contiene la “Sonata a Kreutzer” de la temática de la narración homónima. Así, la fatal e inevitable fusión de dos instrumentos, el violín y el piano –muy diferentes pese a ser ambos de cuerda–, para crear esa música emotiva y frenética, especialmente exaltada en el furioso y agónico primer movimiento de la composición y en su apasionado presto, sintetiza las luces y las sombras del vínculo de pareja, es un eco de la trágica relación de Pódznychev con su esposa, en la que el amor romántico pronto deja paso a un oscuro sentimiento de posesión, lujuria, incomprensión, dependencia, celos y odio que se saldará con el asesinato de ella a manos de él. Porque La Sonata a Kreutzer tolstoniana es demoledora en cuanto a la calidad de las relaciones conyugales en una sociedad en la que el hombre y la mujer están sometidos a unas normas de conducta hipócritas y materialistas. Pódznychev se casa enamorado, pero pronto comprende que su mujer no es el ideal con el que soñara, el alma gemela con la que compartirlo todo, si no una persona ajena a él, apegada a sus limitaciones burguesas, con la cual sólo le une el deseo sexual, los hijos, la costumbre y el qué dirán; el matrimonio, por tanto, visto como disfraz de una mera pulsión sexual que, antinaturalmente, se niega en las mujeres y se sublima en los hombres.

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2010: Odisea IV

Por Bill Jiménez

Hoy os voy a hablar de un festival gratuito. No estoy bromeando, la cosa es muy seria, tanto que la de 2010 es su cuarta edición y el cartel de lo más apetecible que por estas fechas se puede encontrar en la Ciudad Condal. El nombre del evento: La Plaça Odissea; los organizadores: Maremagnum y Depósito Legal, dos iniciativas privadas que, hasta el instante en que unieron fuerzas, parecían recorrer caminos distintos.

Pero, más allá del festival, quiero hacer un inciso para hablaros de los segundos, toda una institución en la escena independiente de la Ciudad Condal o, para ser justos, de su periferia. Depósito Legal, o Depo, cumple 25 años, un aniversario que no ha pasado inadvertido en su Hospitalet natal, donde le han rendido homenaje con una exposición que, aparte de reunir numeroso material fotográfico, se convierte en una ventana a la propia evolución de la ciudad en las últimas décadas. Y como testimonio físico de la exposición, podéis encontrar el  libro This is Depo, 25 años de Depósito Legal, de Marc Pérez y Pol Santamans.

Pero centrémonos en el festival y en los grupos que participarán en él, de lo mejorcito de la escena indie nacional más alguna sorpresa extrapeninsular. En total, once formaciones divididas en tres días, del jueves 29 de abril al sábado 1 de mayo.

De Dorian no os voy a contar nada nuevo. Tres discos, un estilo consolidado, pop de variados matices, letras excelentes y unas tablas en directo que no defraudan. Antes que ellos actuarán los mexicanos Zoé, banda revelación que saldrá al escenario con un disco recién parido, apadrinado por grandes figuras de la música nacional (Bunbury, Vetusta Morla o los propios Dorian). Y también en ese jueves, el triunvirato Anika Sade presentará Last Night Was Automatic, su primer larga duración.

El viernes no dará tregua, empezando por los populares The Last 3 Lines, conocidos por ese enorme hit llamado Fish Tank. Les seguirán Men Among Animals, puro pop salpicado de psicodelia, y Los Punsetes, agitadores de masas ávidas de música bailable. Y por último, otra eminencia nacional, Triángulo de Amor Bizarro, con disco recién grabado y listo para ver la luz en mayo.

Sábado se mostrará igual de variado. A primera hora tendremos la propuesta intimista de Estúpida Erikah; las deliciosas melodías de las hermanas Mar y Alicia Álvarez, más conocidas por Pauline en la Playa; la vanguardia pop de SINGLE, el proyecto más novedoso de Teresa Iturrioz e Ibon Errazkin; y cerrando el festival, The Raveonettes, una de las bandas danesas con mayor proyección internacional y reconocimiento de la crítica.

Y en este punto es donde dejo ir un «y eso es todo amigos», felicitando de paso a Depósito Legal por esos 25 años patrocinando el ocio musical y la cultura.

Enlaces: Depósito Legal | Festival

 

Scott Tuma: Dandelion

Por Fran Martínez

Scott Tuma, en solitario o con Boxhead Ensemble, es otro de los principales renovadores del folk contemporáneo norteamericano. Su estilo ha ido regenerándose durante cuatro delicados discos, que empezaron con el inspirado “Hard Again” en 2001, y que le ha llevado a colaborar con distintos artistas (tremendo el disco junto a Mike Weis, “Taradiddle”) configurando en él un sentido de improvisación mucho más cercano a sonidos de vanguardia, como nos presenta en este caso “Dandelion”.

Disco que abren las breves y enigmáticas “San Luis Free 2E” y “Old Woman”, piezas que parecen perfectas compañeras para la banda sonora de algún thriller místico, como si el abuelito de “Una Historia Veradera” de David Lynch se convirtiera en un serial killer a lomos de su tractor o de perfecto acompañamiento a los relatos más rurales de Sam Shepard.

La paleta de sonidos y detalles adquieren una mayor complejidad en cortes de mayor duración, como la siguiente “Red Roses For Me”, donde el sonido de un banjo nos hace recordar a la escuela Takoma tangencialmente, ya que se ve envuelto en una maraña de drones y sonidos que envuelven una melodía de  mortecina melancolía que parece casi un salmo. Abatido y emocionante, casi un himno para las lágrimas de los decadentes personajes de Tom Waits. Menos mal que contamos con la breve belleza de “Oakum” para volver a darnos un respiro.

Respiro necesario, que también nos ofrece “Hope Jones”, para las composiciones más oscuras del disco que tensan las psicodélicas “Again and Again” y la expansiva “Free Dirt”, cercanas al drone y al ruido de un grupo como Pelt, repleta de sonidos de percusiones metálicas, trascendental feedback, vaporosas reverberaciones y fantasmagóricos ecos que se expanden para ampliar la paleta de sonidos de Tuma. Desde luego, son dos de las composiciones más intensas de su carrera.

Para cerrar, dos maravillosos cortes como “True History” o “Red Roses for Me”, donde el aire tradicional del blues y el folk se topa con las cacofonías de Durutti Column y las atmosféricas nanas de Loren Connors, la primera más melódica y la última, sirve como cierre meditabundo, jugando con los silencios y ensoñadores ecos.

En resumen, un disco pequeño de duración, perfecto para cualquier noche sosegada. Ahí, en esos estados de ánimo es donde realmente se hace grande y expande un soplo en el corazón.

 

Ciudad de vida y muerte: ¡El horror! ¡El horror!

Por Elisenda N. Frisach

Ciudad de vida y muerte, dirigida por Lu Chuan, pretende ser una reconstrucción fidedigna de la matanza llevada a cabo por las tropas imperiales niponas al invadir, en diciembre de 1937, la ciudad de Nanking (entonces capital de China), durante el conflicto bélico que enfrentaría a ambos países hasta 1945, en el marco de la Segunda Guerra Mundial. La cifra de muertos, entre civiles y militares, oscila, según las fuentes, entre los 20.000 y los 300.000.

Como ya constatara Gonzalo Suárez en su notable telefilme El lado oscuro, anidan en el alma humana unos abismos de perversidad muy peligrosos de invocar, por lo brutales e incontrolables que devienen una vez expuestos a la superficie. De ahí que en un momento concreto, personas en apariencia sanas y equilibradas mental y emocionalmente, al ser espoleadas por sus dirigentes –quienes apelan a ese “lado oscuro” en aras de sus propios intereses–, sean capaces de cometer los más abyectos crímenes de modo tranquilo y natural. De esta guisa expone Lu Chuan, precisamente, cada una de las atrocidades llevadas a cabo por los soldados japoneses, que no aparecen como monstruos o enfermos mentales, sino como personas perfectamente normales, las cuales, asustadas, hambrientas, enfadadas, exhaustas y aburridas, han ido dejando atrás, inadvertidamente, la capacidad de ver a la población sometida como seres humanos. De ahí que la película sea tan terrible, tan dolorosa –más que verse, se padece–: el papel de salvador, de víctima o de verdugo nada tiene que ver con la imagen que tenemos de nosotros mismos ni con nuestros ideales; ni, siquiera, con nuestras potencialidades; sólo es cuestión de cómo reaccionaremos, finalmente, ante una situación límite (una constatación, sin duda, muy desoladora).

En la estela de La lista de Schindler y, a través de ésta –y no por casualidad–, de sus modelos (Kurosawa, Kobayashi…), el director chino mantiene un difícil pulso entre la reivindicación épica y patriótica de los mártires que dieron sus vidas para defender la nación de la embestida invasora y la visión trágica y elegíaca de las víctimas más indefensas de dicha guerra (sobre todo, de las mujeres). Y si bien logra saldar el relato con un tono hábil y elegante, merced a una espléndida fotografía en blanco y negro y a un aliento melodramático de justos excesos que se combina con momentos de una exquisita sutileza (véase, por ejemplo, la relación entre Kadokawa y Yuriko), el conjunto pierde un poco de fuste en las escenas de espectacularidad más álgida, aquellas que contraponen la figura de Lu Jiangxong como gran héroe de la función (bello, noble, compasivo y valiente) con la de Ida como gran villano (feo, cruel, mentiroso e hipócrita); un maniqueísmo, por lo demás, poco presente en el resto del filme, habida cuenta de que muchos de los protagonistas chinos (por ejemplo, el asistente Tang) hacen alarde de cobardía y egoísmo, cuando no de estupidez, mientras que el personaje principal de la narración no es otro que el sensible sargento japonés Kadokawa, sobre cuyos hombros recae gran parte de la tragedia.

No en vano, justamente a la mirada de Kadokawa corresponden algunos de los mejores pasajes de la cinta. A fin de no extenderme, destacaría al respecto dos de ellos, pues ilustran magistralmente la brillante capacidad sugestiva del realizador: de un lado, tenemos la larga secuencia de la celebración de la conquista de Nanking por parte de las tropas japonesas, donde la delectación en los detalles rituales de los bailes y los cantos de los soldados (repetidos hasta la náusea) va otorgando un aire hipnótico y fantasmal a esa fiesta de la victoria, haciéndola paulatinamente más y más asfixiante hasta que, sintomáticamente, se cierra con el primer plano de un atormentado Kadokawa. Y, de otro, destacan los planos que recogen, de soslayo, los estragos causados entre la población civil por parte de la retaguardia invasora: un verdadero descenso del joven sargento a los infiernos, quien, entre el estupor y la aversión, descubre un paisaje brumoso, devastado, onírico, casi goyesco, descrito mediante unos movimientos de cámara muy suaves, que encuadran fugazmente los vestigios de la brutalidad (los cuerpos fusilados de familias enteras; las cabezas amputadas y colgadas con panfletos de escarnio; el cadáver desnudo, con signos de violencia, de una bella mujer…).

Sin ser perfecta, Ciudad de vida y muerte es una película magnífica, intensa, desgarrada y bella, y muy encomiable por su voluntad de difundir –alguien tenía que hacerlo– un genocidio que, a estas alturas del siglo XXI, todavía no ha sido admitido por las autoridades japonesas, que siguen negando unos sucesos refrendados reiteradamente por muchos testigos y supervivientes; una actitud cínica –por decirlo suavemente– similar a la mantenida por Turquía con el pueblo armenio o por Irak con los kurdos. Emotivo relato sobre las miserias humanas, pero también sobre sus grandezas, la obra indaga, con más desconcierto que tristeza, en ese “lado oscuro”, en esa sima perturbadora e incomprensible donde se halla latente algo pavoroso dentro de nuestra alma; o, como ya dijera Kurtz en El corazón de las tinieblas: “¡El horror! ¡El horror!”.