Underdogs

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Triángulo de Amor Bizarro: Año Santo

Dicen que la geometría es una constante en el universo, y aunque mis nociones sean bastante básicas, al menos sé distinguir entre triángulos, cuadrados y círculos.

Triángulo, el de Amor Bizarro, un grupo girando en la actualidad por media España, y cuyos conciertos sirven de excusa para analizar (con descarado entusiasmo) su último disco, caracterizado por lo que un crítico decente llamaría ‘evolución’.

Cuadrado, por los vértices que lo conforman en la actualidad, surgidos tras unas cuantas sacudidas a su formación original; un discreto baile de músicos que, en lugar de resentir el conjunto, lo ha consolidado, permitiendo a este ‘Año Santo’, adoptar una última forma: el círculo.

‘Año Santo’ es un disco redondo, y en cierto sentido desconcertante al no ser más de lo mismo, ni tampoco algo en exceso distinto. Si bien se aleja de la cara más pop de su debut y se sumerge sin complejos en sus habituales estridencias, logra que esta dicotomía resulte saludable y atractiva.

Porque Triángulo de Amor Bizarro es un grupo de muchos encantos sonoros, la mayor parte rendidos al ruido y a la velocidad, un sonido oscuro y sofocante que ha cedido cierto terreno ante la producción y que, si resulta sucio, ya no es por casualidad.

Su apartado lírico tampoco tiene desperdicio. En ‘Año Santo’ hay mucha crítica escondida entre líneas, referencias políticas y religiosas y algún que otro (siempre efectivo) alegato romántico que hace de la escucha de esta media hora una satisfacción doble. Por un lado la musical, y por el otro, la emocional: Triángulo de Amor Bizarro han sobrevivido a un segundo asalto, y con la cabeza muy alta. Ahora, a disfrutarlos en concierto.

Por Bill Jiménez

 

La escalera de caracol de W. B. Yeats

Por Elisenda N. Frisach

En tiempos de crisis, volver a las fuentes puede servir para adquirir perspectiva, para recuperar un sentido de caudal, continuidad y pertenencia. Y, sobre todo, para dar un paso más allá, evolucionar y cambiar, pues la ignorancia, o, peor, las consignas inadvertidamente asumidas, llevan siempre a la repetición del error, y la capacidad de renovarse es directamente proporcional a la de indagar en la diferencia.Redescubrir a William Butler Yeats resulta, entonces, proverbial, ya que supone hablar de un hombre de su tiempo, que, como el nuestro, fue un período de cambios típicamente fin de siècle, donde la caída de los valores anteriormente establecidos se suplió con la búsqueda de nuevas coordenadas, bien fuera por medio de un regreso a los orígenes, bien por la adopción de visiones marginales, iconoclastas o foráneas. Es sintomático que en la vida y obra de este poeta, dramaturgo y ensayista tuvieran cabida aspectos tan variopintos como el renacimiento nacional de su país; las leyendas célticas sobre hadas y gnomos de su infancia; la lectura de Shelley, Blake o Swedenborg; el teatro japonés noh; la orden hermética de la Aurora Dorada, o la masonería de los Rosacruz, por citar sólo algunos de los más eclécticos. Esta amalgama de influencias conforma una voz única, propia del rabioso individualista que fue, amante de las mujeres y del lujo, aprendiz de mago y empresario teatral, luchador por Irlanda y anacoreta, dandy ególatra y místico.

yeats

La editorial gallega Linteo publicó en enero, en una exquisita y muy recomendable edición bilingüe, brillantemente traducida y prologada por el profesor de inglés y poeta Antonio Linares Familiar, la que quizá sea la obra de plenitud del escritor, La escalera de caracol y otros poemas, una colección de rimas honda y bella, tan críptica, sugerente e inquietante como emotiva, una muestra de la potencialidad de la poesía para erigirse en espacio de indagación preternatural, de consagración y de epifanía pero, también, una constatación del talento del autor para aportar una visión lúcida, simultáneamente melancólica e irónica, de la existencia, expresada en su repulsa de la mediocridad y en su deseo –¿o convicción?– de permanencia tras la muerte. Seguir leyendo »

 

Norrland: Gamberrismo Pixelado

Hubo una época en la que la industria del ocio tuvo miedo a los videojuegos.  Que si eran muy violentos, que si andaban faltos de valores…; pero eso cambió cuando se convirtieron en un negocio que mueve tanto o más dinero que Hollywood. A partir de ese instante mucha gente empezó a hablar de arte y en la actualidad hora ya no sorprende que un videojuego haya más sangre que en una película de Uwe Boll o que sus líneas de diálogo contengan algún que otro insulto; no hay nada como darle un poco de cotidianidad a los píxeles.

Más allá de las excelencias gráficas de algunas producciones, existe una reciente e importante corriente que aboga por la prehistoria del videojuego, los gráficos de 8-bits, las paletas monocromáticas y las animaciones de escasos frames. Nada de tres dimensiones, interactividad u otros efectismos de nueva generación, el videojuego retro está al orden del día.

Aunque la pelota esté en el campo de la programación independiente, compañías como Capcom con su Megaman y Nintendo con sus reinvenciones de las dos dimensiones se han apuntado a un carro que hermana al jugador adolescente y aquellos que nos dejamos muchas monedas de cinco duros en las máquinas recreativas de la época. Un círculo perfecto que abre un nuevo filón monetario y artístico.

A medio camino de la industria japonesa y yanqui tenemos una Europa concienciada con su papel de ecualizador artístico, repleta de programadores que, a la que se les da una mínima libertad creativa, producen joyas dignas de elogio y respeto.

Cactus pertenece a esta nueva ola. Cactus o Jonatan Söderstrom, un joven programador sueco que lleva años experimentando con la imagen y la mecánica de sus juegos freeware. Los define como “pequeños experimentos disfrazados de videojuego”, y sin duda lo son. Cactus explota el lado bizarro de la programación con temáticas violentas, escatológicas y políticamente incorrectas. En sus creaciones, una surrealista visión del diseño con píxeles, lo importante es el impacto más que los gráficos, o si no, que se lo digan al protagonista de Norrland, su última y más esperada producción, un antihéroe socialmente monstruoso que engulle comida basura, se rinde ante los encantos de un juego tan ‘saludable’ como la ruleta rusa y conduce temerariamente sin miedo a salir despedido por el parabrisas de su coche. Todo ello contado con unos mínimos recursos gráficos y mucho humor. Pero Cactus ya había jugado con el fuego de la censura (si es que existe desde que inventó el “Parental Advisory: Explicit Content”) en títulos como Space Fuck, Ad Nauseam, Clean Asia!, etc.

Bueno, bonito (según gustos) y tan barato como gratis. Cactus ofrece gratis todos sus mini juegos, algunos puro fast-food informático. Norrland no ha sido una excepción, aunque primero se ha permitido subastar una edición de diez copias en Ebay y ganarse definitivamente esa etiqueta tan simpática como estigmatizante llamada “de culto”.

Enlaces: Trailer | Web

 

Two lovers: el corazón es un cazador solitario

Por Elisenda N. Frisach

Con tan sólo cuatro películas en su haber, el director y guionista James Gray se constituye como un realizador sin duda interesante, con una voz propia perfectamente perfilada. En la estela de los autores del “New Hollywood” de los años 70 (Scorsese, Coppola, Cimino…), sus filmes están ambientados en pequeños microcosmos donde los personajes deambulan atrapados entre los imperceptibles hilos de sus principales redes de valores (los padres y hermanos, los amigos, el paisaje, las costumbres, el status social, la herencia cultural, los rituales…). Tanto en su opera prima, la prometedora aunque irregular Cuestión de sangre, como en sus dos trabajos con Mark Wahlberg (La otra cara del crimen y La noche es nuestra), las cintas de Gray se adscriben genéricamente al thriller, al retratar los entresijos de familias vinculadas a la marginalidad, a la ilegalidad o a la violencia, mientras que en su último título, Two lovers, opta por un cambio de registro y narra las peripecias sentimentales de su protagonista, Leonard Kraditor (un Joaquín Phoenix sencillamente soberbio), un joven judío de clase media, con trastorno bipolar, que ha regresado al hogar paterno a causa de un desengaño amoroso con intento de suicidio incluido. El encuentro con la dulce y sencilla Sandra (Vinessa Shaw), que encarna los valores del universo en el que ha nacido y crecido, y con Michelle (Gwyneth Paltrow), mujer expansiva y culta, tan inestable como sensible y seductora, traza el desarrollo argumental de la obra, la vieja historia del hombre dividido entre la mujer-madre, la vecina de al lado, símbolo de estabilidad y paz, y la mujer-amante, la femme fatale, símbolo de pasión y peligro.

Sin embargo, bajo su engañoso disfraz hollywoodiense de manido drama romántico o de comedia dramática, la pieza pronto entra en los derroteros habituales de Gray; así, gravita en el centro de la historia la familia y sus silencios, sobreentendidos y mentiras, con Nueva York como telón de fondo, y, más que la incógnita de saber cuál de las dos mujeres –o ninguna– será la que termine junto al atribulado antihéroe (cuestión ésta secundaria, ya que, de hecho, el protagonista siempre tiene claras sus preferencias), lo importante es el retrato psicológico de los seres que transitan por sus fotogramas, perfilados con una inteligencia, perspicacia y hondura dignas de las mejores novelas decimonónicas (son evidentes, al respecto, los ecos de Noches blancas de Dostoievski, incluso en el uso, nada gratuito, de la ambientación invernal). De ahí que no haya villanos ni héroes en el filme, que los personajes vayan más allá de los arquetipos que encarnan y que todos, sin excepción, despierten nuestra comprensión, cuando no nuestra simpatía; de ahí, también, que a veces destile un humorismo amargo y sutil, real y paradójico como la absurdidad de nuestros miedos, de nuestros logros y alegrías, de nuestras frustraciones.

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Konrad Fischer y las revoluciones expositivas

Por Bill Jiménez

Mientras la música y el cine llevan años exigiendo un cambio en las viejas fórmulas de distribución, el mundo del arte, aficionado a pasar de puntillas por la sociedad, lleva el mismo tiempo reinventándose y explorando territorios que, si bien no son nuevos, sí demuestran claridad de ideas y devoción por una causa que vive constantemente amenazada por numerosos avatares sociales, políticos y económicos.

E invocar la figura del alemán Konrad Fischer (Düsseldorf, 1939-1996) resulta más que oportuno si tenemos en cuenta que uno de sus méritos (aparte de una sólida carrera como pintor) fue reinventar el espacio expositivo, ofreciendo a la vanguardia de los años sesenta y setenta un rincón en el que desarrollarse y convertirse en uno de los movimientos culturales más importantes de la época. Gracias a ese pasadizo de diez metros de largo por tres de ancho, Düsseldorf pasó de ser una ciudad ajena al arte a un punto de peregrinación cultural que el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA) ha querido homenajear con una exhaustiva exposición. Ésta incluye unas 300 obras vinculadas al propio Fischer y a los artistas que presentó en sus «Bei Konrad Fischer» (En casa de Konrad Fischer), nombre genérico por el que se conocieron sus rupturistas propuestas. Fischer siempre estuvo en contra de la palabra «galería» y uno de los aspectos que más cultivó fue la relación humana entre el galerista/comisario y los artistas colaboradores, un espíritu que ha sobrevivido al cambio de siglo y a la superpoblación creativa que vivimos en la actualidad.

Porque, pese a la abundancia de galerías y salas de arte, el crecimiento de éstas no ha sido exponencial a la oferta, obligando a los creadores a buscar cobijo en territorios alejados de los circuitos convencionales.

Los centros cívicos y los locales de ocio ceden espacio al arte; en las pequeñas tiendas de ropa de barrios como el de Gràcia siempre hay un rincón para los ilustradores afines; por no hablar de las numerosas exposiciones efímeras que surgen de la nada gracias a iniciativas privadas. Son muchos, cada día más, los feudos comerciales que utilizan el arte como reclamo, entre ellos casos tan solemnes como el de algunas vinaterías o el espacio Mercè Sala, abierto dentro de las instalaciones del Metro de Barcelona.

La solidaridad en algunos casos se confunde con el oportunismo si tenemos en cuenta que muchos de esos artistas no pueden vivir de su obra y, habitualmente, se tienen que rendir ante condiciones expositivas (y en ocasiones monetarias) no del todo favorables. En cualquier caso, el artista nunca estará solo: arrimarse al mundo del arte no deja de ser un dulce que, en lo cultural, vendría a ser como la mano que estrecha un político durante las elecciones: una ilusión conveniente.

La industria artística (por muy sacrílego que suene), ha perdido parte de la chispa que tuvo en tiempos de Fischer o Warhol (por poner un ejemplo más trendy), o quizá sólo esté en fase de adaptación hacia unos tiempos mejores, un futuro con menos distribuidores o, a ser posible, más cercanos.

Enlaces: MACBA | Galería Fischer