Por Bill Jiménez
Pensamiento Profundo, la supercomputadora que aparece en la novela de Douglas Adams La guía del autoestopista galáctico, se tomó siete millones y medio de años para responder a la pregunta “¿Cuál es el sentido de la vida, el universo y todo lo demás?”. El ser humano, dominado por inquietudes parecidas, lleva siglos buscando una teoría que aúne todas las preguntas que la ciencia se ha formulado desde que despertara de esa pesadilla religiosa llamada Edad Media. La búsqueda, como todas las hazañas épicas, ha vivido momentos de gloria (como la escandalosa recepción que tuvieron las primeras teorías de Bernhard Riemann) e instantes de parcial miseria (como la frustración del propio Albert Einstein al ver que no completaría en vida su teoría unificadora), pero lo más importante, metidos de lleno en el siglo XXI, es que esa pregunta ya posee una respuesta factible, aunque, como todo en las matemáticas, a ojos del profano, sea un galimatías que va más allá del clásico “E=mc2”.
La llaman Teoría de las cuerdas, pero desde su desarrollo ha sufrido mutaciones y divisiones, entrando en juego conceptos como las “supercuerdas” o la “Teoría-M”.
Ignoremos por un instante la base de científica y centrémonos en lo que supondría para el ser humano demostrar fuera del papel esta teoría del Todo: saltos entre dimensiones, viajes en el tiempo, manipulación de energías inimaginables, y un sinfín de conceptos que, hasta el momento, se trataban exclusivamente en la ciencia ficción. Tal y como cuenta Michio Kaku en su libro Hiperespacio, resulta sorprendente que una de las literaturas más denostadas por la crítica sea en el fondo una inspiradora fuente de teorías científicas, en concreto casos de extrema veracidad como las novelas de Arthur C. Clarke o John W. Campbell.

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De entre las propuestas que más nos fascinaron en el pasado Changing Room, recuperamos los complementos de Ena Macana, una diseñadora argentina afincada en Barcelona, cuyo trabajo, fácilmente reconocible, se aleja de lo que esperamos de un accesorio al uso. Inspirándose en la gente y las miles de tendencias que corren por la web, su mérito es ofrecer nuevas lecturas de artículos anteriormente catalogados como “basura”. La segunda mano (lapiceros de metal, costureros de viaje y pastilleros de la abuela) son su materia prima, objetos inútiles que tras el reciclaje se vuelven icónicos y parte de las líneas argumentales que justifican sus colecciones. Si en anteriores series (Toyboy y Postvintage) exploraba el postconsumo y la customización, en China lanza una crítica sutil a todos los tópicos que caracterizan al gigante asiático, por otro lado, su principal proveedor. Así, encontramos colgantes y broches hechos con ametralladoras, tacones en forma de flor y otros muchos juguetes reciclados con esmero y ganas de sorprender. Pero sin excesos ni afán de protagonismo, porque los accesorios de Ena Macana están hechos para, tal y como el término indica “complementar” a la persona, nunca para robarle protagonismo. Un ejemplo de esta naturalidad son las fotografías promocionales de la colección China, en la que los hipotéticos modelos no eran tales, sino gente “con estilo” escogida por la creadora para llevar sus piezas. Aun así, es innegable que Ena Macana de propuestas diferenciadoras y fascinantes.


Por Bill Jiménez
Los héroes dentro del arte (aplicable también a cualquier otra disciplina) siempre han sido aquellos artistas decididamente enfrentados a las corrientes de su época. Y mientras la historia premia con la leyenda a los genios renovadores, otros, de una forma discreta pero imparable, sembraron las semillas del auténtico arte contemporáneo español del pasado siglo. Caixa Fòrum Barcelona presenta desde el pasado 16 de septiembre la muestra Humano, demasiado humano: arte español de los años 50 y 60, una serie de obras surgida de su propio fondo que, como el libro de Friedrich Nietzsche en el que se basa, narra los esfuerzos artísticos de una generación de grandes artistas por renovar los lenguajes románticos imperantes de su época, aunque para ello pervirtieran a los “clásicos” o importaran discursos pictóricos aprehendidos más allá del charco.
La ironía, escatología y el compromiso social son algunos de los temas recurrentes de la exposición, abierta por Antonio Saura en un abstracto desnudo en blanco y negro que rinde tributo a la santidad, antítesis religiosa de la necesidad de cambio y un discurso imposible en la España de hace medio siglo. No resulta extraño que muchas de las obras presentadas fueran concebidas en el exilio de sus respectivos autores, que hicieron de la trasgresión la herramienta que, más allá de la forma y la técnica, les ayudaría a hacerse oír y ganarse una reputación internacional. El propio Saura apuesta por la desacralización de las vacas sagradas de la pintura española en Edith y, por la misma época, el Equipo Crónica con Akelarre. La suyas son revisiones de Goya y Velázquez, o como en el caso de Picasso con sus Meninas, una sumisión a su propio juego estilístico, retorciendo el original hasta tal punto que éste se transforma en una obra nueva.

Destacable también la aportación de Dalí y sus ilustraciones, dominadas por la visceralidad y la omnipresente presencia de la muerte en variadas y explícitas formas (calaveras, insectos). Y, como nota curiosa, encontrar un descarte artístico para la película Moontide, apartado en el último momento por la 20th Century Fox tras fulminar a Fritz Lang de la dirección del filme.
Otra de las eminencias que dominan los muros interiores de la exposición es Antoni Tàpies, representado por una pequeña muestra de su Historia natural, la serie datada de 1950-51 en la que, como en otras producciones del barcelonés, demuestra su enorme conciencia social y la infinidad de mensajes subrepticios que gusta esconder en su producción.
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Por Helena Martínez-Alonso
Muchos han sido los grupos que han aprovechado las influencias de la década de los ochenta para gestar buenos (y malos) discos. Parecía, incluso, que ya no se podía exprimir más, puesto que las propuestas habían abarcado desde los sonidos más oscuros hasta los más bailable-festivos. Y es aquí donde el dúo Hurts, formado por los mancunianos Theo Hutchcraft y Adam Anderson, viene a decirnos que estábamos equivocados. Había algo más por explorar.
Meses antes de que el disco fuera una realidad se empezó a hablar de ellos por el tema colgado en myspace Wonderful Life. Su cuidada estética y lo pegadiza que resultaba la canción provocaron cierto interés. El lanzamiento oficial del single Better than Love en mayo de este año dejaba intuir que lo que se avecinaba podía ser grande, pero la sensación inicial de euforia quedaba empañada por un descafeinado estribillo que impide que el tema se convierta en el rompepistas que promete.

Una campaña de promoción muy bien orquestada en facebook, twitter y -más tradicionalmente- radios, acompañó a estas canciones, así que las noticias al respecto del grupo han sido casi constantes durante estos meses. Con las actuaciones promocionales, que a menudo incluían canciones inéditas, se empezó a revelar que la promesa de “algo más” se cumplía.
Con el lanzamiento de Happiness (2010) se ha confirmado lo que al inicio era una intuición. Hurts opta por una recuperación de la balada típica y elegante del synth pop, lo cual hace que su sonido se distancie un poco de las referencias más obvias. El ejemplo más claro de este acierto es la colaboración con Kylie Minogue, Devotion. Con una letra de orientación trágica, nos transporta a un diálogo entre dos amantes que se debaten entre separarse o no ante a la posible traición de uno de ellos. La música iguala a la letra en intensidad y dramatismo con un final emocionante. Ojalá esta colaboración pudiera presenciarse en todos los conciertos del dúo.
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Por Bill Jiménez
La nueva exposición en la galería Tagomago es lo más parecido a una cita a ciegas. Por un lado tenemos a una fotógrafa experimental como Aline Smithson y por otro, a un fotógrafo experimentado llamado Greg Miller. Ella presenta su serie Arrangement in green and black: Portrait of the photographer’s mother, instantáneas orquestadas al detalle en las que su protagonista, la propia madre de la artista, respetable señora de 85 años, aparece “disfrazada” en variados y cómicos roles. Aunque existe más ironía que ganas de divertir, resulta inevitable dejar ir una sonrisa cuando se juega con elementos tan entrañables. La idea surge a partir de la pintura casi homónima de James McNeil Whistler Arrangement in Grey and Black: Portrait of the painter’s mother, cuyos elementos se repiten en cada una de las fotografías de Smithson con pequeñas variaciones de contexto y mensaje. El posterior tratado de las imágenes logra que el resultado final roce lo pictórico y esconda una preproducción que, pese a lo que las apariencias dicten, no es nada sobria. La artista narra en entrevistas y notas de prensa sus cacerías de “elementos”, desde la silla en la que se sentó su madre a los cuadros de fondo que aportan el punto irónico al proyecto. En cifras, estamos ante un trabajo de dos años y seis meses de coloreado. La nota triste, y motivo de peso para convertir esta serie en un digno homenaje, fue la muerte de la modelo antes de que las fotografías fueran expuestas por primera vez.

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