sep 15, 2010
El futuro del fotoperiodismo
Por Bill Jiménez
La romántica figura del fotoperiodista pasa por momentos difÃciles en esta era de inmediatez comunicativa. Algunos se atreven a decir que el oficio, tal y como se lo conocÃa en el siglo pasado, está muerto, que las nuevas tecnologÃas lo mataron al igual que el video acabó con a la estrella de la radio y que cualquier adolescente osado y/o inconsciente puede con su móvil retransmitir una guerra en directo. Pero que lo crean muerto no quiere decir que realmente lo esté. Más allá del intrusismo existen grandes profesionales que saben adaptarse a las circunstancias hasta sacarle provecho. El fotoperiodismo, más que resucitar, muta hacia nuevas formas, aunque eso implique poner fin a los tópicos del fotógrafo cuya prometeica misión sacude nuestras consciencias de forma abrumadora.
El pasado 6 de julio daba comienzo en La Virreina Centre de la Imatge una exposición que pretende arrojar luz sobre la escena fotoperiodÃstica mundial, incluidas esas nuevas olas que pretende renovar el lenguaje aun corriendo el riesgo de alejarse de las bases que lo sostienen. Porque, ¿el fotoperiodismo debe ser más arte que oficio? Esa quizá sea la impresión más evidente de la muestra, la sensación de que un mensaje que por tradición ha sido directo se oculta bajo unas capas de creatividad que, en algunos casos, dificulta su accesibilidad al gran público. Eso no quiere decir que a las obras expuestas les falte denuncia, al contrario, en algunos casos la sutileza del mensaje hace que sea más desgarrador. Los mejores ejemplos se encuentran al comienzo de la muestra, donde las fotografÃas de Paul Lowe y Gilles Peress nos trasladan respectivamente a Bosnia y Kosovo. Su propuesta es de las más puristas, hablando por igual de las matanzas étnicas y los circos mediáticos. Otro Gilles, Saussier de apellido, hizo de sus crónicas de la revolución rumana uno de sus trabajos más considerados, consiguiendo con su fotografÃa de unos jóvenes soldados locales un tercer premio en el certamen World Press Photo. Tras Le tableu de chasse se permitió regresar a Timisoara y hablar con algunos de los protagonistas de sus obras, descubriendo que la gran mayorÃa no estaban interesados en su «trascendencia».

Pero Antifotoperiodismo no solo vive de conflictos. Existen momentos de cotidianidad en el trabajo de Paul Fusco. Las diapositivas de RFK Funeral Train narran la congoja de un paÃs tras el asesinato de Robert F. Kennedy. Fusco habÃa sido asignado al tren que transportaba el féretro de New York a Arlington, y a lo largo de la ruta documentó a los cientos de americanos que se acercaban a las vÃas , presentando sus respetos por el malogrado senador.
En este punto, uno se pregunta si la muerte debe flotar siempre sobre el trabajo del fotoperiodista. Aunque se lidie con ella constantemente, también existen casos en los que la denuncia es más poderosa que el detalle truculento. Clemente Bernad, representante español de la muestra, supone el ojo crÃtico que toda sociedad necesita para no caer en la complacencia, y la pareja creativa formada por Adam Broomberg y Oliver Chanarin, aporta con su The day nobody died el contrapunto experimental que caracterizará al resto de la exposición. Junto a ellos, las imágenes vÃa satélite de Laura Kurgan y, en la sala contigua, el drama ecológico/social de Prayer for the americans, que pese a ser uno de los momentos menos brillantes de la exposición, cuenta con un fondo referencial que invoca al Mississippi de Mark Twain.

Quizá esa facilidad para saltar geográficamente sin contrastes bruscos sea la virtud más llamativa de Antifotoperiodismo, que se permite viajar a la diamantina Sierra Leone con Kadir Van Lohuizen o recorrer las calles de Teherán durante las protestas de 2009, con mapas exactos de las rutas mostradas en los muchos videos que superaron la censura gubernamental. La censura, ese tema recurrente que hace aguas ante la capacidad de adaptación del público. La gente encuentra natural y hasta una pizca predecible que haya fuerzas interesadas en prohibir o incluso adulterar la libertad de expresión, pero de ahà a que la violencia tampoco sea una sorpresa implica que algo falla. Y descartando que el ser humano sea un monstruo (aunque en ocasiones lo parezca), sólo resta pensar que existen muchas formas de vender la realidad y muchas de las actuales dejaron de interesar al público. Antifotoperiodismo, más que una exposición, supone una crÃtica a los discursos manidos y las disciplinas estancadas.
De entre toda las reflexiones que albergan las salas de La Virreina Centre de l’Imatge, me quedo con una de Harun Farocki en su The Inextinguishable Fire, que a modo de video corporativo narra por medio de sÃmbolos los usos y efectos del napalm: «¿Cómo mostrarles el napalm en acción? Si les mostramos imágenes de quemaduras por napalm, cerrarán los ojos ante las imágenes. Luego cerrarán los ojos ante el recuerdo y finalmente cerrarán los ojos ante los hechos».
Eso se decÃa en 1969. Las cosas no han cambiado tanto.
Enlace: La Virreina Centre d’Imatge
FotografÃa 1 (c) Paul Fusco
FotografÃa 2 (c) Kadir Van Lohuizen









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