Antonio Moyano

Antonio Moyano: En busca de la originalidad

21 mayo 2010 - Arte / Entrevistas

Por Bill Jiménez

Hace meses tuvimos la oportunidad de mostrar su obra, pero nos quedaron ganas de saber algo más del artista tras una de las producciones más interesantes de Menorca. Como todo error es subsanable, aprovechamos una visita de Antonio Moyano a la Ciudad Condal para entrevistarlo a conciencia y adentrarnos en su universo de color y espiritualidad.

Aunque desde pequeño tuvo claro que lo suyo era el arte, sus profesores vieron en él cierta afinidad hacia las matemáticas, tanto que “leía las lecciones por adelantado, y cuando el profesor preguntaba cualquier cosa, yo era el único que levantaba la mano porque me había aprendido antes el temario. Era una de las materias que más me gustaban. Me encantaban y era muy bueno”. Los test de aptitud decían que sería un excelente psicólogo, pero él lo tenía claro, las Bellas Artes eran lo suyo. Desde entonces ha confiado en el tenacidad y en el trabajo duro, “empezando desde lo más bajo, exponiendo en bares, locales sociales, etc…, hasta que llegaron las galerías en Menorca, Barcelona y más ciudades”. Calcula que los lugares que han alojado sus obras pasan de la centena, una lucha que tuvo recompensa cuando le ofrecieron la oportunidad de exponer en Nueva York. “Fue un duro trabajo llegar hasta allí. La primera parte fue conocer a la Sra. Paz Feliz, dueña de una galería en Madrid, a la que gustó mi obra. Seis años después, y tras una difícil selección, fui uno de los seis artistas que representarían a su sala en Nueva York”.

Antonio tiene muy buenos recuerdos de la exposición y una respuesta del público más selecta que masiva. “Por la galería pasaba gente de mucha cultura, en especial otros artistas. Y aunque en ocasiones se agradece el bullicio de las inauguraciones, en esta ocasión me llenó más rodearme de opiniones expertas y con criterio”.

Pero gente que asegura ser experta hay mucha, y auténticos sabios, pocos. Entre ellos, Antonio destaca al periodista Santiago Pollarsky, del que aprendió muchísimas cosas acerca del arte y la vida en sí. “Nos caímos bien y a él le gustó mi trabajo. Conversábamos mucho y nuestros cafés de treinta minutos se convertían en charlas de horas. Guardo como un tesoro la primera frase que me dijo, de lo mejor que me han dicho en la vida”.

Una de las características del trabajo de Antonio Moyano es la originalidad, un objetivo que se planteó alcanzar años atrás y que llegó tal y como aparecen las genialidades, con una mezcla de esfuerzo y casualidad. “Vivo y trabajo por la teoría de las fractales rugosas. La oí en una ocasión a Eduard Punset, y desde ese momento gané consciencia de que trabajaba por anomalías. Tenemos a Pollock como ejemplo: aquella gota que le cayó por accidente es el resultado de muchos años de trabajo y sacrificio. Lo importante es que estuvo atento cuando ocurrió. Aunque en mi caso trato de hacerlo de forma consciente. Empecé con las Moyanas un día en el que me sobraba mucha tela y no tenía bastidores. Pensando que me iba a volver loco sin poder pintar todo un fin de semana, no tuve otra ocurrencia que usar ese excedente para crear algo nuevo”. De ahí surgiría su obra más importante, expuesta, aparte de en Nueva York, en una ciudad tan agradecida con el arte como Berlín.

Otro de los aspectos que hacen de su obra un concepto difícil de imitar es su forma de jugar con los volúmenes y los materiales a su disposición, para nada un concepto meditado en exceso. Antonio se ciñe a una frase del pintor Lucian Freud: “La técnica es el mayor impedimento para el arte”. Un lema que aplica a su obra y su búsqueda de un qué antes que un cómo. Y aunque reconoce que el aprendizaje de una base es fundamental, elude las corrientes que a la larga limitan el trabajo de un artista. “Si yo miro cómo de bien pintan los demás, nunca avanzaré. No quiero estar ni por encima ni por debajo de nadie”.

Volviendo al volumen y la necesidad de experimentar con las formas, recuerda una visita en sus comienzos como artista a una exposición de Barceló. “Por aquel entonces yo no sabía pintar un paisaje ni un degradado al oleo. Fui a ver a Barceló tres días, aunque luego me pasé años sin ir a más exposiciones suyas. Era lo de menos, había quedado impactado. Podría decirse que es mi influencia más destacada, aunque es subjetivo, porque no todo el mundo la ve en mi obra. Algunos prefieren compararme con Sorolla”.

Y a nivel escultórico, su primer acercamiento a esta disciplina surgió también sin premeditación. “Yo me suelo limpiar en mi propia camiseta, y en ocasiones el resultado es mejor que el cuadro en sí. Entonces me dije que la camiseta sería la obra, y así fue como se convirtió en mi primer trabajo escultórico. Más tarde mejoraría el procedimiento”. Antonio defiende la espontaneidad frente a la inevitable presencia de la tecnología, a la que respeta pese a encontrarle ciertas limitaciones. “Uno de los motivos por los que llegué al volumen es por las máquinas. Un día lo copiarán todo. Simularán a Dalí y Van Gogh, serán mejores que las personas. En mi obra, el fondo, las herramientas, tienen una vida previa. Una camiseta mía puede estar dentro de 200 años en un museo y parte del mérito lo tendrá por ser una camiseta. En la era de los vehículos eléctricos, ¿quién produciría carros tirados por caballos? En el arte también ocurre. El arte también forma parte de la sociedad y evolución humana”.

Evolución humana y personal, porque el próximo junio Antonio regresará a la galería Artara (Menorca) en una nueva exposición individual. En ella tendremos la oportunidad de ver su producción más reciente y juzgar hacia donde se dirige un artista cada día más completo. “Espero tener 99 años y seguir pintando. El tiempo es secundario, los que realmente importan son los hechos”.

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