ARCO 2014: dejad que los coleccionistas se acerquen a mí

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Por Bill Jiménez

Si en la edición del año pasado formaba en las filas de los blogueros colaboradores en el proyecto arcoBloggers, una realidad que demostró, en contra de la voluntad de organizadores y participantes, su naturaleza periférica; en esta hice un solo ante el peligro y me sumergí en el bullicio de los dos pabellones que albergaban la edición 2014 de la feria ARCO.

arco 2014

Bullicio porque el público, pese al coste de la entrada (una cifra respetable y reprochable en los ajustados tiempos en los que vivimos) sigue demostrando su fidelidad al evento artístico más importante del año (pidiendo disculpas al resto de ferias que poblaban Madrid esa misma semana), cuarenta euros que representaban al mayor atracón de arte que unos sentidos hasta cierto punto adiestrados en estos menesteres pueden resistir sin caer en el hartazgo.

Porque resulta sencillo dejarse ahogar por la naturaleza de ARCO, en especial si eres un ciudadano de a pie con una cuenta corriente de saldo modesto que no puede permitirse entrar en ese club tirando a reducido de los coleccionistas de arte (al menos, los que andan de cacería en eventos de esta índole). Es tal la sobreexposición artística de la feria (de organización impecable, eso sí) que, más que un disfrute, llega a convertirse en un enorme horror vacui.

De ahí que encare este texto desde la perspectiva del comprador de arte más que de la de un periodista, bloguero o, reduciéndome a una mínima expresión, público general.

A partir de ahí, todo son dudas, como saber si es necesario tanto arte en el mercado, si el “pescado” ya está vendido antes de exhibirlo o si el ejercicio de coleccionar arte contemporáneo tiene algún sentido en una sociedad consumista. Preguntas con o sin respuesta o necesitadas de una disertación a manos de una fuente cualificada, pero que se convierten, al poco de formularlas, en una amenaza al significado de la propia feria.

Como ejemplo, topar en el stand de una galería cualquiera (o de nombre irrelevante salvo para los protagonistas de la anécdota) con Borja Thyssen y Blanca Cuesta; él, contemplando las obras con satisfacción pero con el espíritu del marido que espera a su mujer en la puerta del mercado; ella, con la actitud de jefaza de muchas cosas que tanto juego da a la prensa rosa (y cuyo conocimiento del arte no pongo en duda). A esta bella estampa sumémosle la presencia de terceros (sin vinculación a la galería) que apuntan a una obra expuesta e informan con su entusiasmo de su valor. Borja asiente, sonrisa perenne, las manos en la espalda, y yo pienso: no quiero estar en su pellejo, dejadlo coleccionar en paz.

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