Arte contra la violencia de género: una llama necesitada de combustible

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Por Bill Jiménez
arte contra la violencia de género

Este artículo parte de la performance sorpresa que, el pasado jueves 18 de enero, el artista Marc Montijano desarrolló en el sótano de Factoría de Arte y Desarrollo. En ella, mientras el propio Montijano celebraba la inauguración de su muestra Reliquias desde la periferia, una mujer desnuda yacía en el suelo, tumbada, con el rostro cubierto por un saco y envuelta en cuerdas. La escena es tétrica, apoyada por una iluminación ígnea, flores blancas y una serie de once velas votivas del mismo rojo que invade el pequeño espacio. En esta orquestada catacumba se desarrolló un evento dentro del propio evento, un “está ocurriendo mientras tú desarrollas una vida llamémosla normal”.

El mensaje tras este ejercicio de contraprogramación artística es directo, cero ambages, una reivindicación tenebrosa por su naturaleza de ritual descontextualizado que habla de violencia de género, de mujeres asesinadas y una cifra que, crezca o disminuya cada año, es relevante, impropia de un país donde sus habitantes se tildan de civilizados. Porque perdemos parte de esa civilización con cada víctima, ya que en distinto grado permitimos su ejecución, ya sea callando, ya sea mirando en otra dirección o naturalizando la violencia al consumirla en titulares que se traducen en una audiencia periodística que, a su vez, genera dinero. El anuncio de sopa entre noticiarios contiene trazas de sangre entre sus ingredientes.

Lamentablemente, el diagnóstico es el motor de este texto, así que encontraréis pocas soluciones, pues ya me gustaría contar con respuestas a preguntas tan graves. De lo que si me ocuparé es de difundir el gesto de Marc Montijano y, de paso, preguntar por los derroteros que el arte debería recorrer para reducir tales lacras sociales, ya que la exhibición y la denuncia parecen insuficientes ante un fenómeno que, tan solo por su naturaleza cultural, debería incluirse en la agenda de asuntos a tratar por muchas instituciones vinculadas a la creación contemporánea. Sí, ya sé que la sociología trabaja duramente en ello, pero el arte en cualquiera de sus formatos lleva más tiempo en esta fiesta. ¿Qué formas debería adoptar un arte comprometido en la erradicación de la violencia de género? Un arte efectivo cuyo mensaje perdure una vez finalizada la performance o contemplada ya la instalación. ¿Son estos temas sociales de urgencia el campo inmediato al que deberíamos desplazarnos los profesionales del arte y sus periferias en lugar de centrarnos en los mercados que, en el fondo, es lo que hasta el grueso de los artistas comprometidos hacen por necesidad, por el clásico ejercicio de poner un plato de sopa en la mesa? ¿La producción masiva de arte social podría ser la solución al escaso alcance e influencia para que, al igual que ocurre con productos masificados como los muebles de IKEA, en cada casa existiera un ejercicio de denuncia?

En nuestro país, las plataformas que congregan a mujeres en inagotable lucha contra la violencia machista han contado con diferente suerte en la repercusión mediática. Algunas se diluyeron hace tiempo pese al apoyo de figuras relevantes de la escena musical; otras siguen batallando en la sombra (o bajo luz tenue) con una programación regular de charlas y jornadas que tratan de aproximar esta realidad a la ciudadanía. Existe un movimiento, pero insisto, requiere de más voces. Quizá los formatos a través de las que éstas hablan sean incorrectos y debamos trasladar la acción a las calles, el campo de batalla que una larga saga de políticas aupadas por el capital nos arrebató hace tiempo, donde cualquier uso de las vías públicas pasa por una burocratización imposible para las artistas que deseen probar nuevas formas de concienciar a la población. Aquí surge una pregunta de respuesta más difícil que la metodológica: ¿qué características ha de presentar el medio para que una reivindicación vinculada a la violencia de género llegue al máximo público?

Así podría seguir hasta tropezar con todos y cada uno de los huecos que impiden a los artistas contemporáneos hacer uso efectivo de la realidad en la que se desenvuelven, de ahí que finalice con la inevitable queja sobre la función del arte contemporáneo y su efecto en la sociedad. ¿La eficacia de una denuncia artística es menor porque la capacidad vocera del arte es igual de parca? ¿Existe una pregunta que explique estos procesos que no presente un fondo desasosegante por estéril?

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