Por Laia Ordóñez
Entre el 29 de abril y el 8 de mayo de 2011, los cinéfilos barceloneses han podido disfrutar de la primera edición de un festival que sin duda está destinado a convertirse en un evento de referencia en la ciudad: el Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona (D’A). La muestra, organizada por Nou Cinemart y dirigida por Carlos R. Ríos, tiene por objetivo difundir en España obras de autor de calidad y en su mayoría recientes que, pese a triunfar en festivales internacionales, a menudo no logran encontrar distribución comercial en nuestro país. El D’A, que ha contado con más de 60 películas en cartel y se ha celebrado presencialmente en los Cines Aribau Club y en la Filmoteca de Catalunya, también ha permitido disfrutar de una versión online paralela, acorde con los tiempos que corren: el D’@, mini-festival de autor online que se ha desarrollado en Filmin de manera simultánea al festival presencial y que hasta el próximo 31 de mayo ofrecerá al público una pequeña programación de autor complementaria a la del D’A. Con ello, la muestra se convierte en la primera en ámbito español en contar con un festival equivalente y sincrónico en la red.
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Por Laia Ordóñez
El pasado día 8 de abril, el MECAL 2011 dio su pistoletazo de salida en los míticos Cines Maldà de Barcelona (c/ Pi, 5), con un programa muy completo de diez días de duración que tiene prevista su finalización el próximo domingo 17 de abril y que prevé proyectar más de 300 cortometrajes nacionales y extranjeros. Para los que este año disfruten del festival por primera vez, destacar que en MECAL 2011 no sólo es posible disfrutar de cortometrajes de ficción, sino también de cortos de animación y documentales, y que no sólo se celebra en los Cines Maldà, sino también en otros espacios de la ciudad, como el Arts Santa Mònica, el Institut Francès de Barcelona, el MACBA, el Espai Jove La Fontana o el espacio cultural Caja Madrid. Las fiestas oficiales del festival, por otra parte, tendrán lugar en la Sala Apolo y en Sal Café, siendo este último el local que acogerá la fiesta de clausura el sábado 16 de abril a partir de las 23:30h.
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Por Laia Ordóñez
En Barcelona, todavía está en cartelera (escondida pero está) “An education”, una película dirigida por Lone Scherfig (“Italiano para principiantes”) y adaptada al cine por Nick Hornby (“Alta Fidelidad”). El film, que se estrenó en España en febrero de 2010, recibió en 2009 el BAFTA a la mejor actriz (Carey Mulligan) y 3 nominaciones a los Oscar (mejor película, mejor actriz y mejor guión adaptado).

Una película honesta y conmovedora
“An Education” es una de esas películas menores que, con una historia sencilla y muy buenas actuaciones, logran conmover profundamente al espectador. Se trata de un film discreto, honesto y sin pretensiones que logra tocar con acierto un buen número de fibras sensibles, y que en el momento de su estreno constituyó una auténtica perla en la cartelera española, quizá por contraste con los estrenos de febrero y marzo de 2010.
La historia, basada en las memorias homónimas de la periodista Lynn Barber, gira en torno a la lección de vida aprendida por Jenny (Carey Mulligan), una brillante pero ingenua adolescente inglesa que se aventura a entablar una relación con un hombre mayor (Peter Sarsgaard). Gracias a esta relación, Jenny accede a una excitante vida llena de emociones, diversión e improvisación, muy diferente a la ordenada, previsible e insípida existencia de estudiante uniformada que ha llevado hasta entonces.
Al estilo de “Buenos días, tristeza” (“Bonjour tristesse”, Françoise Sagan, 1954), “An education” nos sitúa ante la pérdida de la inocencia de una joven que cree saberlo todo y que es vapuleada por la vida en un momento clave de su crecimiento hacia el mundo adulto. Sin llegar a consecuencias tan dramáticas como en la novela de Sagan, la película nos narra con detalle un doloroso proceso de toma de conciencia maravillosamente interpretado por Mulligan.
Un film imprescindible que celebramos que todavía pueda disfrutarse a toda pantalla en España.
‘I believe I have some knowledge which you gentlemen should have. If I die my knowledge may die with me, and no one may ever have the same knowledge again’.
Esta frase fue escrita por una ciudadana neozelandesa en una carta dirigida a astrónomos del Observatorio Astronómico del Monte Wilson (Los Ángeles, California) a principios del S. XX. Fue una época, al parecer, en que gente de todo tipo y procedencia sintió la urgencia de comunicar cuanto sabía sobre astronomía y astrología a los expertos del Observatorio para garantizar la transmisión de su pizca de conocimiento a gente capaz de inmortalizarlo en una catalogación enciclopédica heredable.
Estas palabras, pronunciadas desde la tácita sospecha de que algo se transforma en toda transmisión de conocimiento, son parafraseadas y utilizadas por las artistas María Castelló Solbes y Regina de Miguel para dar título a la exposición conjunta Puede que nadie vuelva a tener el mismo conocimiento, que se inauguró ayer jueves 10 de junio en el espacio artístico Halfhouse (c/ Pere IV, 46, 1º 3º) y que estará abierta al público durante todo este mes.

La fabulación alrededor del objeto museístico
Son conocidos el afán coleccionista y la afición por la catalogación de la naturaleza que emergieron a finales del S. XIX, durante la época victoriana. La era de Darwin presenció el desarrollo de un interés inusitado por el estudio de las ciencias naturales y la recopilación exhaustiva de conocimiento. Fue una época en la que emergieron, como precursores de los museos de Historia Natural, pequeños gabinetes de las maravillas donde lo estrambótico, lo freak y lo extraordinario era catalogado y descrito con tanto detalle, precisión y seriedad como posteriormente lo serían las reproducciones de dinosaurios, dodos y Australopitecus varios que hoy en día podemos disfrutar en cualquier museo de historia natural.
El común denominador entre esos objetos excéntricos y las posteriores reproducciones en museos de seres desconocidos (como los dinosaurios o nuestros propios antepasados) es que ambos objetos, en tanto que piezas de museo, son creados a partir de especulaciones sobre la realidad a la que remiten. Pese a tener voluntad objetiva, el objeto museístico no deja de ser una mera representación material del conjunto de informaciones supuestamente verídicas en las que se basa; representación que tiene la finalidad de hacer llegar ese conocimiento al público de un modo lo suficientemente atractivo para que se produzca un aprendizaje.
Es en esa transmisión del conocimiento a través de la representación donde se produce una fabulación, una especulación por parte de los ‘expertos’ del museo sobre lo que realmente sucedió, que toma forma en ese objeto a través del cual la realidad representada de algún modo se transforma para siempre.
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Por Laia Ordóñez
El pasado mes de abril se estrenó en España Alicia en el País de las Maravillas, una nueva propuesta de Tim Burton inspirada en el clásico de Lewis Carroll.
El nombre del director hizo que muchos pensaran que la película sería una maravilla cinematográfica con toques siniestros y el inconfundible sello Burton. Lejos de serlo, el film es poco más que una colección de elementos visuales en 3D con un guión fiel hasta la exasperación al manual de estilo de la factoría Disney.
Del viaje iniciático a la historia de acción
Quien haya leído el libro de Carroll no podrá dejar de preguntarse por qué una historia iniciática, en la que lo fascinante es contemplar cómo el personaje va creciendo a través de experiencias aparentemente absurdas, se convierte aquí en una historia de acción con héroe, antihéroe, objetivos, aliados y todos los ingredientes presentados como necesarios para construir el guión perfecto en cualquier manual de guión.
A diferencia del cuento original, en esta nueva versión no hay margen para el desarrollo de situaciones surrealistas o la realización de segundas lecturas: todo está muy claro y, sobre todo, muy bien atado. No hay ni un cabo suelto, y además todo está hilvanado según una fórmula tan manida que lo que sucede en pantalla es previsible a la legua.

Una estudiada aventura Disney
Al estilo de Hook (Steven Spielberg, 1991), en la versión de Burton se nos presenta a una Alicia ya crecida que ha olvidado su paso por el País de las Maravillas y cuyo regreso a ese mundo es detonado por la última disyuntiva en su vida de niña: casarse y depender de un hombre, o ser una mujer independiente.
Esta interesante encrucijada, que sin duda guarda paralelismos con la epifanía que vivió Alicia la primera vez que visitó el País de las Maravillas, podría haberse utilizado como base para elaborar una nueva historia iniciática, esta vez de pérdida de la inocencia, que hubiera tenido pleno sentido dada la edad de la chica (19 años) y su contexto histórico (época victoriana).
Sin embargo, lejos de obligar a Alicia a plantearse los pros y contras de cada uno de estos caminos vitales, la historia se precipita hacia un final ingenuo que obvia las limitaciones impuestas por la sociedad victoriana a una señorita como Alicia, a la que jamás se le hubieran concedido las libertades que pretende.
Por lo demás, todo en la trama parece estar ahí sólo para dar paso a lo siguiente: Alicia y sus amigos saltan de una escena a otra rapidito y sin profundizar demasiado, para evitar aburrir (hacer pensar) al espectador y correr el peligro de que la película deje de ser apta para todos los públicos.
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