Underdogs

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Los Claveles: Se toca como se es

Por Miguel Gil

«Todo lo que no es tradición es plagio», decía Eugeni d’Ors, y Los Claveles tienen la lección bien aprendida. Sergio (batería), Marcos (guitarra, voz), Jordi (guitarra, voz) y Santos (bajo) son los integrantes de este grupo que tiene como base de operaciones Madrid, una ciudad convulsa y siempre en tránsito. Sus canciones se mueven en los márgenes, en el límite de la canción pop, con aquella sabia intuición de que todo se puede acabar en el siguiente acorde. Como Holden Caulfield, viven atentos al campo de centeno de las emociones, siempre preparados para despeñarse por un acantilado.

Aprovechamos un descanso durante un ensayo para charlar con ellos. (Marcos) “Las canciones que hago yo las suelo cantar yo, por la letra, porque es algo más personal. El otro cantante es Jordi. Hay letras que se ajustan más a mí que a Jordi por la temática y por cosas que digo, son más personales, más íntimas… Hago los acordes, Jordi hace los arreglos, Sergio mete la batería, Santos el bajo…(Jordi) Pues yo igual. Como el grupo es bastante caótico en general y hay bastantes handicaps, por así decirlo, trato de traer ideas bastante claras de estructura, que tengan un soporte, como un esqueleto básico. Antes, durante el ensayo, trataban de sacar adelante un blues, o más bien una variación sobre ese tema. (Jordi) “Buscar tu propia manera es difícil. Lleva tiempo, eso de buscar tu propio lenguaje. (Marcos) “Tu sonido propio… (Jordi) “Y tu sonido propio que se acople a ti, que se ajuste, que no sea una cosa hecha que tú mimetices, si no que intentes interiorizarla.” (Marcos) “También las letras son importantes…Marcos habla de partir de una idea para hacer una canción, y le pido que me explique un poco más detenidamente a qué se refiere. (Marcos)Una idea musical… por lo general lo que muchas veces hago son los acordes y meto la letra después. O a veces se me ocurre una melodía de voz, que es un estribillo a lo mejor, y luego otra melodía para la estrofa y a partir de ahí ya intento meter acordes o arpegios para sacarla adelante.  Jordi trae la estructura más cerrada, la canción más completa. En cambio yo muchas veces pregunto la opinión a Santos, que me ayuda, o a Jordi. Todos en el grupo se sienten herederos de una tradición, pero no únicamente de una década en concreto. (Marcos) “Creo que nos encuadran en la época de los ochenta y no entiendo muy bien por qué. Bueno, a lo mejor es porque la música que se ha hecho en España en los noventa me parece un vacío… ¿No te interesa ningún grupo de los noventa? (Marcos) “Bueno, Patrullero Mancuso…” (Sergio) “Hombre, hacemos versiones de Ciudad Jardín, de Gabinete Caligari…(Jordi) “Generalizar los ochenta me parece un gran error ¿Qué son los ochenta? Hay que definirlos. Hay un montón de bandas que no tienen absolutamente nada que ver en el fondo unas con otras.(Marcos se gira hacia Jordi) “Si, pero yo me refiero en España. Había menos artificio que en los noventa, y menos clichés también. En los noventa había mucho de «no quiero hablar de estos temas porque es viejo, está pasado…».” (Jordi) Los ochenta eran más libres, había una espontaneidad…(Marcos) Más natural…menos pedales, menos chorradas. (Jordi) “No es una cuestión de pedales, si la tecnología la hubieran tenido, a lo mejor la hubieran usado, tenían los medios que tenían, pero querían contar cosas. La gente le echó bastantes huevos y los que pudieron salieron adelante… pero ¿Qué tienen que ver Kortatu con Gabinete Caligari? No tiene nada que ver, son mundos muy personales, los une una época y un momento y un salir afuera y contar cosas. Como ejemplo de algo totalmente alejado de ese sonido ochentero, les propongo la versión que realizan de The Red Krayola, ‘Hard on through the summer’, transformada por ellos en ‘Polla dura en verano’. (Marcos) “Nuestro discurso es abierto, podemos hacer una versión de The Red Krayola o de Eskorbuto o de cualquier grupo que nos guste…no tiene por que ser un grupo que tenga nuestro sonido…

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Contraluz, de Thomas Pynchon

Los Chicos del Azar.
Una descarga eléctrica de cierta potencia.
Ten cuidado. Mira bien adentro, descubre cosas.
Los hermanos Traverse.
El mejor disfraz es no disfrazarse.
A bordo del Inconvenience.
Un cielo de carne azul y lechosa.
El nuevo dispositivo de Tesla.
Doble refracción.
Juego adentro-afuera.
Explosión de dinamita.
Vuelan hacia la gracia.
La luz de la luna fragmentada.

 

Ne change rien: Música en las venas

Por Miguel Gil

Pedro Costa dice que quizás Ne change rien existe únicamente en su banda sonora. Que las imágenes podrían ser otras, que las que hay son apenas unas notas para un filme futuro (que nunca se realizará, claro). No importa. Es una película extraña, pero bella.

No es un documental musical al uso; no hay estrellas del rock inmersas en una gira, ni un gran concierto atestado de público. Hay un grupo de músicos trabajando, ensayando unas canciones, grabando un disco en un caserón perdido en alguna parte de Francia, dando un concierto en Tokio. Hay una actriz ensayando La Périchole, de Offenbach. Todo grabado en interiores, músicos y cineastas inmersos en acciones que transcurren en otro tiempo: el de la búsqueda, el de la rutina, el del adicto.

Jeanne Balibar inmersa en la repetición, el acto sobre el que se vuelve una y otra vez, como Vanda recuperando heroína de las páginas de una guía telefónica, un día tras otro. Pedro Costa inmerso a su vez en la repetición, buscando en Balibar una nueva Vanda. Planos en blanco y negro muy contrastado, tenebristas como un cuadro de Caravaggio. Cine despojado de todo, que su vez lo ofrece todo.

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James Benning: La función de los números

¿Cómo, partiendo de imposiciones y limitaciones, adoptadas de forma arbitraria unas veces, otras impuestas por la tecnología cinematográfica, un cineasta puede llegar a crear una obra tan personal? Un plano de James Benning se reconoce al instante, como uno de Hitchcock o uno de Ozu. Sus películas parten de la experiencia personal, a pesar de la (más que nunca) aparente frialdad, y de la voluntad de establecer una estructura determinada previa al rodaje y al montaje. Dentro del corsé, el cineasta de Milwaukee encuentra la libertad expresiva y la solución al problema planteado por él mismo, esto es, hacer la película más bella posible conforme a unas reglas.

Las películas de Benning muestran paisajes ―urbanos, agrarios, naturales― en planos fijos que generalmente tienen la misma duración en cada película. Un minuto en One Way Boogie Woogie (1977) y en su secuela One Way Boogie Woogie/27 Years Later (2005), diez minutos en Ten Skies (2004) y 13 Lakes (2004)…Aunque a veces la duración responde a cuestiones prácticas, como en RR (2007), un filme donde el protagonismo recae en los trenes, cada uno de distinta longitud y en el que por lo tanto resulta imposible reducir la duración de los planos a una constante temporal fijada previamente.

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Ningún lugar adonde ir

Jonas Mekas es una de las figuras clave de los últimos cincuenta años de la historia del cine, tanto por su labor como director como por su papel de agente catalizador del cine experimental y underground. La editorial Caja Negra nos brinda la oportunidad de leer el diario que Mekas escribió entre el final de la Segunda Guerra Mundial y su llegada, junto a su hermano Adolfas, a Nueva York. Todavía no era cineasta, todavía no sabía que le interesaba el cine hasta ese punto, pero estaba seguro de que quería hacer algo diferente: en aquel momento quería ser escritor. Las ruinas de la vieja Europa, los campos de desplazados, dejan paso a las nuevas oportunidades que aparecen en Estados Unidos. Mekas anota en su día a día sus progresos e ilusiones, sus certezas, su brillante toma de conciencia ética y artística con sencillez sólo aparente, a medida que avanza en el camino.

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Jonas Mekas
“Ningún lugar adonde ir”
Editado por Caja Negra Editora.

Autor: Miguel Gil