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Por Juanjo Pizarro
Como público podemos plantearnos en qué medida un músico sabe que ha llegado a una cierta plenitud en su trayectoria, a una culminación en el desarrollo de su expresividad como artista. El mallorquín afincado en Barcelona Steven Munar ha hallado ese momento en el cual la calidad de sus canciones es tan elevada como su sinceridad, y en La Produktiva Records lo saben. El sello barcelonés dirigido por Nando Caballero y Miguel Zanón ha publicado “The Language Of The Birds” (2010) de Steven Munar & The Miracle Band, el reciente y mejor trabajo del que fuera líder del finalizado proyecto The Tea Servants, banda responsable de cinco interesantes álbumes incluyendo el brillante “Travel West” (2003). En el 2007 debutó en solitario con “Miracle Beach”, un disco de renacimiento artístico, más intimista y sereno que lo ofrecido hasta entonces con el antiguo conjunto y que, a pesar de las excelentes críticas, no tuvo quizá la resonancia que merecía. La grabación corrió a cargo de Francisco Albéniz -responsable de La Búsqueda, banda muy considerada, también original de Mallorca-, que ahora ha masterizado el álbum que nos ocupa.
“The Language Of The Birds” nace bajo el signo de las trascendentes vivencias de su autor en la época en que gestó las canciones, siendo el nacimiento de su hija lo que más ha influenciado en el espíritu de vitalista armonía, de plácida plenitud, que florece en la totalidad del disco, colmado por el insólito talento para imaginar melodías pop de Steven Munar. El sello inconfundible de las viejas grabaciones, la espontaneidad y frescura en forma de vinilo que las antiguas bandas mostraban, se encuentra en el álbum, grabado por Marc Tena, donde la impronta del sonido en vivo realza las canciones al mismo nivel que exhibe The Miracle Band en sus directos.
La pieza que da título al trabajo ejerce de apertura, en la que una jovial melodía sirve al cantante para entonar sobre la traición a la naturaleza y la esperanza de un cambio, de una revolución panteísta en la sociedad. Sincera canción de amor es el single “Travelling”, escogido por el sello del Reino Unido Lakeland Records para su referencia “Compilation Object CD 02”. La capacidad de invocar naturales espacios abiertos que posee el folk rock americano nos llega, como en gran parte del disco, en “And If You Want My Records”, entrañable declaración de amor paternal que ha gozado de un especial agrado entre la crítica. Además de una de las más contagiosas canciones pop del año, “God Has Helped (Hallelujah)” es un manifiesto de optimismo, de elección instintiva, de recuperación espiritual, como lo es también la sensible y humanista “Keeping The Sadness Away”, en la que destaca Miguel Pérez -excepcional guitarrista que siempre ha acompañado a Steven Munar- interpretando el Pedal Steel en esta ocasión. Con las raíces del más franco country el autor escribe con añoranza en memoria de su padre la canción “The Sun” y el viso crepuscular, reflexivo, de la música de “No Future, No Past”, ennoblece las estrofas que expresan la necesidad de vivir el instante, de abandonar las ataduras de momentos pasados.
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Gracias al regalo que supone el subconsciente colectivo podemos sentir como familiares las épocas que nunca conocimos, los recuerdos de las generaciones que nos precedieron. En la evocación de pretéritas décadas, Victoria Legrand y Alex Scully descubren cómo tirar del hilo de nuestros anhelos a través del ensoñador pop de género fantástico que exhiben bajo el sugestivo nombre de Beach House.
El dúo de Baltimore se estrenaba en el año 2006 con un disco homónimo, cuya singular propuesta no pasó desapercibida entre el sector de la música independiente. Esquemáticas cajas de ritmos activadas en el modo relajación, taciturnos y envejecidos órganos y unas guitarras steel hawaianas servían de séquito a la voz intemporal, andrógina, de la cantante gala Victoria Legrand, protagonista de un sonido envolvente y nostálgico afín a descoloridas filmaciones caseras en 8 mm. El debut tuvo como prolongación el álbum Devotion (2008), donde repitieron con la pequeña discográfica Carpark, y en el que Gila tomaba el relevo de canciones destacadas del primer trabajo como Master of None, claros ejemplos del carácter único y cautivador del grupo.

El nuevo disco titulado Teen Dream (2010) supone una evolución que va más allá del ingreso de la banda en un sello discográfico tan reconocido como Sub Pop. Si las tonalidades sepia dominaban antes el teatro mágico de Beach House, el escenario donde desfilan las canciones es ahora una gama de refulgente multicolor. Las notas agudas y campanilleantes ganan en relieve con la producción a cargo de Chris Coady (TV on the Radio, Yeah Yeah Yeahs) y el halo romántico de las melodías se torna más irreal, si cabe, con una confitura de idealismo que aísla al oyente hasta el último corte de la grabación. Silver Soul, Used to Be o, sobre todo, el luminoso 10 Mile Stereo, son modelos del inmejorable dream pop que enarbola el dúo en un disco colmado de potenciales singles, de temas dignos de representar la excepcionalidad de un trabajo en el que la pieza más bella sea quizá Lover of Mine, clara heredera de los hallazgos del grupo Cocteau Twins. Como final nos llega Take Care, una personal interpretación de las raíces del folclore americano, similar al modo en el que la banda The Walkmen modela la imaginería de Bob Dylan.
Aunque la publicación de Teen Dream sea muy reciente, el álbum ya forma parte de la más selecta oferta musical del año y en ella Beach House nos convida a dejarnos abandonar por una saudade imaginada, una dulce añoranza de vivencias que tan sólo existieron en nuestro corazón.
Texto: Juanjo Pizarro
Enlaces: Myspace | Web Oficial
Valentina Roselli, icono del cómic europeo concebido por el maestro italiano Guido Crepax (1933-2003), regresa en el segundo tomo que Norma Editorial ha publicado con una selección de sus mejores historias.
Fotógrafa de moda internacional que participa en los círculos intelectuales y artísticos de la ciudad de Milán, conduce deportivos Alfa Romeo, lee a Dostoievski y colecciona discos de jazz, Valentina no es sino un arquetipo de la efervescencia cultural e ideológica que imperaba en la Europa de los años sesenta.
En sus páginas Guido Crepax se deja cautivar por el diseño y la música pop, la fascinación por la moda, el cine de Michelangelo Antonioni o la Nouvelle Vague de directores como Jean-Luc Godard y Alain Resnais. El personaje de Lulú, pionera femme fatale que interpretara la actriz Louise Brooks en la película muda “La caja de Pandora” (1928) de G.W. Pabst, sirvió al dibujante para asignar a Valentina su inconfundible look. Nacida en 1965 como personaje secundario en las viñetas del héroe Philip Rembrandt, pronto logró un lugar preferente ante el enorme interés que despertó entre los lectores de la revista italiana Linus.

Poco antes de la aparición de Valentina, el escritor y filósofo Umberto Eco reivindicaba el arte del cómic con la publicación de ‘Apocalípticos e integrados’, un ensayo que situaría la disciplina en el nivel artístico que merecía. La búsqueda de vías alternativas para relatar sus historias llevó al autor a romper con muchos de los ordinarios protocolos estéticos que ofrecían los cómics. El montaje en el cine de vanguardia y la experimentación en el uso de metáforas visuales como lenguaje narrativo nutren el lápiz de Guido Crepax, quien, asimismo, descubre en el análisis del subconsciente una fuente ilimitada de recursos con los cuales sorprendernos. Los sueños de Valentina, sus deseos pasionales más íntimos, son tan significativos como los sucesos que protagoniza en sus aventuras. El inconsciente desatado, libre de culpa y moral, ajeno a las convenciones sociales, se une a la querencia por las pautas del fetichismo y las fantasías sadomasoquistas que se ocultan en la psique de Valentina para deleitarnos con un erotismo elegante y alejado de modos explícitos, donde se venera el cuerpo femenino como súmmum de belleza. El original uso del ensueño, de la ilusión onírica, convierten las páginas de Valentina en una suerte de poemas visuales que nos sugerirán diferentes motivos y nuevos alcances cada vez que retornemos a sus historias, que nos perdamos de nuevo en su voluptuosa imaginación. Seguir leyendo »
En el reciente Festival de Cine Fantástico de Sitges la película vencedora ha sido “Moon” (2009). Su director, el debutante Duncan Jones, se declara un acérrimo seguidor del cine de ciencia ficción y recuerda con añoranza las cintas que, en los años setenta y principios de los ochenta, narraban historias del futuro, con el esencial deseo de maravillar al público ante la impresión de hallar en la pantalla los límites del ser humano y su trascendencia ante el universo.
“2001: Una odisea del espacio” (1968), la obra maestra de Stanley Kubrick, alineó el género en la más distinguida consideración, estatus que anteriormente habían alcanzado en el medio literario novelas como “1984” (1949) de George Orwell o “Crónicas Marcianas” (1950) de Ray Bradbury. A finales de los setenta todavía se realizó algún film excepcional, tanto desde una condición artística y poética –“Stalker” (1979) de Andréi Tarkovski- como de éxito y repercusión -“Encuentros en la tercera fase” (1977) de Steven Spielberg-. Posiblemente, la última película magistral de ciencia ficción sea “Blade Runner” (1982), adaptación de una novela de Philip K. Dick dirigida por Ridley Scott, que, junto al alegato ecologista “Naves misteriosas” (1971) de Douglas Trumbull, es homenajeada en “Moon”, al recuperar algunos de sus elementos y enfocarlos desde un prisma nuevo, sencillo y honesto.

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Comenzaron los años ochenta y muchas bandas de punk, con más actitud que pericia musical, desaparecieron por autocombustión. El necesario seísmo que provocó la naciente rama del rock parecía disminuir, y ciertos grupos, en lugar de pretender alargar la vida del nuevo estilo, se esforzaron en ensanchar sus orillas, diluir sus márgenes. Mission of Burma, desde Boston, son el más claro manifiesto de evolución hacia dominios más intelectuales y artísticos, sin descuidar la denuncia social, el mordaz desafío a lo establecido, la sincera inmediatez del sonido punk. La publicación de “Vs.” (1982) obtuvo una discreta repercusión por parte del público, y no obstante se convirtió en un álbum de culto, referencia para numerosas bandas posteriores, tanto de éxito comercial (R.E.M.), como de crítica (Sonic Youth). La formación se disolvió con sólo un larga duración editado y, tras veinte años de silencio, reanudaron Mission of Burma con la grabación de “ONoffON” (2004). La imagen de carácter legitimado que siempre ha acompañado a Roger Miller, Clint Conley y Peter Prescott fue explícita en su retorno, más interesado en proseguir lo inacabado, que en ingresar en la industria mainstream por la puerta de las viejas glorias.
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