Underdogs

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Shame, de Steve McQueen

Por Noelia Aparicio

Shame es de esas películas que se quedan en tu cabeza y en tu ánimo durante días, meses y (aunque no lo he podido comprobar todavía, porque la vi en Septiembre), me atrevo a augurar que años.

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Es una película que te revuelve por dentro. Y no sólo el espíritu, no os hagáis ilusiones, las tripas también. Te pega un guantazo detrás de otro, y a penas te ha dado tiempo de ponerte una tirita, de golpea por otro lado. Y aún así te levantas, y sigues disfrutando del cine rabiosamente bien hecho, de las interpretaciones magistrales (ésas en las que no se nota que alguien actúa, en las que te olvidas de que a quien tienes frente a ti no es quien es), de un guión al que no le sobra ni una coma y de una dirección tan medida, meditada y acertada que nos introduce sin remedio en una historia en la que ninguno de nosotros hubiese querido sumergirse, de no haber sido hipnotizados ya en la primera escena.

Se trata de una película obscena, pero no en sus imágenes ni en su argumento, sino en el tratamiento de las emociones, las pulsiones y la culpa de los protagonistas. No se regodea en ningún momento en escenas carnales, o violentas, pero sí en estados de ánimo y en las obsesiones que dominan unos cuerpos golpeados violentamente por la vergüenza.

 

El Havre: Pobres afortunados

Por Elisenda N. Frisach

El Havre, la última cinta Aki Kaurismäki, no supondrá ninguna sorpresa para aquellos familiarizados con el universo de este autor. De hecho, vuelve a ser un delicioso relato, entre humorista, melancólico y tierno, de las vicisitudes, realmente muy dramáticas, de un grupo de personas, más que pobres, al límite de la depauperación; un colectivo formado por viejos bohemios, inmigrantes ilegales, marineros alcohólicos, humildes tenderos de extrarradio, roqueros trasnochados… todos seres humanos que nuestra sociedad, basada en un culto pueril a la juventud y a la riqueza –así nos ha ido–, arrincona y tilda de perdedores. Sin embargo, nuevamente, el prisma de Kaurismäki antepone la bondad de los individuos a la estupidez del sistema y se erige en un canto divertido y sensible a la solidaridad, haciendo gravitar la trama en torno a la relación que se establece entre un anciano limpiabotas francés, Marcel Marx (obsérvese su nombre aliterado, cual si se tratara de un superhéroe de cómic), e Idrissa, un adolescente senegalés sin papeles de camino a Londres.

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El topo: alas de cadenas

Por Elisenda N. Frisach

Para poder hablar de la nueva película de Thomas Alfredson con la atención que una cinta tan meritoria y sutil requiere, vaya por delante una obviedad que, sin embargo, suele olvidarse a la hora de juzgar las cualidades de cualquier adaptación cinematográfica: la fidelidad absoluta a una obra literaria es tan imposible como absurda, pues, como el mismo John Le Carré indicara a los responsables de la cinta que nos ocupa (el escritor inglés es autor de la novela en la que se basa y ejerce en este proyecto de productor ejecutivo), el texto impreso ya existe y, por tanto, no tiene sentido hacer una mera ilustración visual del mismo para perezosos que no quieran leer.
De hecho, toda película que parta de una obra literaria previa debería hacerlo con la voluntad de ser algo independiente y nuevo, diferente; una lección aprendida, y cómo, por El topo (2011). Tomando el mismo nombre con el que fue traducido al castellano en su momento el título original, y más sugerente, de la novela (Tinker, Taylor, Soldier, Spy, 1974), nos hallamos ante un filme que, a pesar de adscribirse en líneas generales al argumento de la obra de partida, y también a muchas de las convenciones hollywoodienses de las películas de espías de los 70, se constituye en una creación tan alejada de un servilismo caligráfico a la letra impresa, así como del tono violento, desgarrado y seco de ese tipo de realizaciones que, a buen seguro, defraudará o desconcertará a muchos espectadores.

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Un método peligroso: el sueño de la razón produce monstruos

Por Elisenda N. Frisach

Respecto a la producción de David Cronenberg, parece haberse instaurado una corriente de pensamiento entre la crítica especializada que insiste en dividir su obra en un antes y un después a partir de Una historia de violencia. Sin negar que en sus tres últimas películas este cineasta se ha decantado por un estilo más frío y comedido del que acostumbraba, apoyando ahora todo el entramado fílmico sobre el guión y las interpretaciones, hablar de ruptura en su filmografía es a todas luces excesivo, e implica un conocimiento sesgado de su trayectoria, pues no solo sus temas siguen siendo en esencia los mismos, sino, sobre todo, el autor ya había dado muestras de sobriedad en fechas tempranas. Pongamos por caso una pieza tan de género como La zona muerta; los golpes de efecto característicos de los filmes de terror son mucho más elegantes en ella y, desde luego, escasean en comparación a la narración directa y antiretórica de las cuitas de su protagonista; o M. Buterfly, una cinta que, pese adscribirse, grosso modo, a las convenciones del melodrama romántico, posee una realización vaporosa, invisible, que a penas enfatiza el contenido del relato; por no hablar de la gelidez expositiva, casi aséptica, de Crash.

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Por tanto, bien sea en atmósferas oníricas como las que caracterizan El almuerzo desnudo o Spider, o bien en delirios gore como Scanners o Videodrome, Cronenberg siempre ha hecho suyo el famoso título del grabado de Goya (El sueño de la razón produce monstruos) y ha indagado en el lado oscuro del alma humana, sometida a unas pulsiones indomables ante las cuales la mente consciente –el raciocinio– poco o nada puede hacer. Seguir leyendo »

 

Pina: la danza como respuesta

Por Elisenda N. Frisach

La carrera fílmica de Win Wenders evidencia la tensión entre la elevada pulsión filosófica, cultural y artística de su creador y la plasmación de tan complejo punto de partida en imágenes significativas y coherentes. Los resultados son tan dispares como estimulantes, yendo desde excelentes filmes (El cielo sobre Berlín, París, Texas) hasta artilugios hermosos y/o bienintencionados pero estériles (Hasta el fin del mundo, El final de la violencia). Sin embargo, incluso sus piezas más irregulares atestiguan la honestidad intelectual de Wenders, movido por el propósito último de dar a luz películas que trasciendan su carácter industrial e indaguen sobre los límites, ya no del cine, sino del arte mismo, y, por extensión, de las coordenadas esenciales que conforman nuestra propia concepción de la existencia (tiempo, espacio, memoria…). No deja de ser sintomático que en los últimos tiempos el realizador alemán haya encontrado el mejor vehículo de expresión de sus inquietudes en el género documental, como lo prueban Buena Vista Social Club o The soul of a man.

Pina se inscribe en esta última parcela fílmica pero va mucho más allá. Planeada como un reportaje sobre Pina Bausch, la súbita muerte de la coreógrafa poco antes de iniciarse el rodaje de la cinta terminó por convertir la obra en lo que es hoy: un bellísimo homenaje a su legado humano y artístico hecho por aquellos que la querían y conocían, esto es, los miembros de la compañía que dirigía, la Tanztheater Wuppertal, y Wim Wenders, amigo personal. Seguir leyendo »