Por Elisenda N. Frisach
Desde la convicción de que todo galardón es relativo y de que, en realidad, su presencia o ausencia ni confirma ni desmiente la calidad intrínseca de una obra, hay que decir que las películas ganadoras en las tres últimas ediciones del Festival de Cannes (La cinta blanca, Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas y El árbol de la vida) son rotundas demostraciones de la potencialidad de un arte, el cinematográfico, a menudo demasiado limitado por la rentabilización de sus nada económicos costes.
En este sentido, es difícil creer que este tipo de piezas, exigentes con el espectador, logren recuperar la inversión empleada en ellas, y mucho menos obtener beneficios; aunque es justo señalar que el filme de Terrence Malick cuenta con varias ventajas al respecto, tales como el idioma en que está rodado, su nacionalidad o la presencia de dos estrellas de Hollywood en su reparto. Sin embargo, aquí empiezan y terminan las similitudes con cualquier otra realización al uso de la industria yanqui.

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En materia de festivales no hay nada escrito, o sino que se lo digan al Rizoma, una propuesta en tierras madrileñas que en tan solo un año se ha convertido en un referente trashy. Empezaron con un gran espíritu campestre y de interacción entre artistas y público, aunando cine, música y arte en, como dicen ellos mismos, “un concepto abierto, sin jerarquías y trasladable a diferentes lugares”.

La edición 2011 ha salido más urbana, pero sigue conservando el espíritu surrealista de sus orígenes. Y si alguien lo pone en duda, no hay más que echarle un ojo a su cartel y descubrir a su artista invitado, un director tan de culto como su reconocible bigote: John Waters. Y aunque podría enumerar algunas de sus películas más emblemáticas (que podrán verse en un ciclo de la Filmoteca Española), me concentraré en el plato fuerte del evento, el monologo teatral “This Filthy World”, en el que Waters hará un repaso de sus experiencias como pionero del género trash, aparte de incluir historias sobre su infancia, influencias y críticas observaciones de su entorno. Seguir leyendo »
Aparte de esperada, la instalación Black Mirror, del videoartista californiano Doug Aitken cuenta con varios atractivos adicionales que van más allá de la calidad que pueda tener su obra. El primero, es el escenario escogido para mostrarla al mundo: la isla de Hidra, un pequeño paraíso en tierras griegas que aúna por igual la tranquila estampa del puerto pesquero mediterráneo con el turismo desaforado del que, en estos tiempos de recesión, se nutre el país.
El segundo es la presencia de esa musa de la independencia audiovisual llamada Chloë Sevigny, que como absoluta protagonista de Black Hole, estará presente en la inauguración y el par de performances que se llevarán a cabo en la citada Hidra y en la cercana Atenas, que incluirán música en directo, cantantes e incluso strippers.

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La segunda edición del ciclo En vivo y en directo del ARTIUM (Centro Museo Vasco de Arte Contemporáneo) confirma porqué el público está más que enamorado con las actividades paralelas de ciertas instituciones. En este caso, el romance se inicia con la programación del evento, una selección de notable alto (y muchos sobresalientes) con lo mejorcito que ha recorrido las salas nacionales en lo que a documental musical se refiere. Con especial énfasis en rock, punk, jazz y soul, encontraremos a lo largo de los próximos diez días, imprescindibles de la talla de When you’re a strange: a film about The Doors o el contundente Let’s get lost, acerca del trompetista e intérprete de jazz Chet Baker. Documentales que, junto a los dedicados a Ian Dury y Daniel Johnston nos hablarán de artistas controvertidos y perseguidos por sus demonios, así como de historias donde entra en juego un componente anónimo y enigmático, tal es el caso del influyente Scott Walker o la obsesión en forma de búsqueda que el director Willem Alkema refleja en Coming back for more, siguiendo la pista al voluntariamente desaparecido artista Sly.

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Por María Arranz
Entrar en el universo de Val del Omar (un universo que ahora podemos ver reproducido a escala en la exposición que acoge hasta octubre “La Virreina Centre de la Imatge”) significa estar dispuestos a dejarnos desbordar por su despliegue infinito de medios y disciplinas y a desprendernos de nuestras propias concepciones sobre los límites entre arte, mística y tecnología.

Val del Omar fue cineasta, inventor y poeta. El raro, el maldito, el olvidado. Eternamente inquieto e incansable experimentador, afirmaba que la única silueta que se le podía ajustar era la del cambio constante. Si esta exposición se titula precisamente “Desbordamiento” es porque Val del Omar no sólo desbordó los límites de la pantalla (ya que ésta se le quedaba demasiado pequeña), sino que desbordó también los límites de su propio tiempo al desarrollar toda una serie de creaciones que, si bien no han sido valoradas en su justa medida, hoy constituyen algunas de las aportaciones más vanguardistas al cine español y a la creación contemporánea en general. Seguir leyendo »
La segunda entrega de la exposición itinerante “El efecto del cine. Ilusión, realidad e imagen en movimiento” adolece de cierta inconsistencia a la hora de vincular los distintos trabajos expuestos y mucha ambigüedad a la hora de juzgar su relación con el lenguaje cinematográfico. Sí, es cierto que el cine es el alma mater de la muestra y, de cara al público, siempre resultará más atractiva que términos reduccionistas como “audiovisual” o “videoarte”, pero en algunos casos, influenciados como Michael Bell-Smith por disciplinas relativamente recientes como el videojuego, el término se queda algo corto aunque siempre sea disculpable.

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