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El adiós de Tolstoi

Por Elisenda N. Frisach

En el Versus Teatre de Barcelona, y hasta el 9 de mayo, con motivo del centenario de la muerte de uno de los gigantes de la literatura rusa, el actor y director Quim Lecina recupera y reinventa su texto Sonata a Kreutzer-Tolstoi & Beethoven (estrenado en el Teatro Romea en octubre de 2008) con el montaje Tolstoi-Kreutzer-Beethoven, creado a partir de la fusión de la novela –en el sentido cervantino– La Sonata a Kreutzer de Lev Nikolaietich Tolstoi y La fuga de Tolstoi de Alberto Cavallari, una reconstrucción de los últimos días de vida del autor de Yasnaya Poliana.

Ya desde sus orígenes, pues, la obra revela su carácter de hibridación, de forma que, junto a pasajes directamente extraídos del relato del escritor decimonónico, se sucede ante los ojos del espectador un monólogo en el que un anciano Tolstoi (encarnado con solvencia por Sergi Mateu) describe sus motivos para huir, a la avanzada edad de 82 años y en plena noche, de su mansión familiar. Esta decisión lo conducirá en un periplo de cuatro días hasta recalar, muy enfermo, en la humilde casa del jefe de estación de un pequeño pueblecito, donde fallecerá de neumonía. Pero el carácter de mixtura del libreto va más allá de su condición de refundición de géneros literarios, puesto que, igual que acontecía en la novela breve de referencia, la música, y concretamente la “Sonata para violín núm. 9” de Beethoven, dedicada al violinista Rodolphe Kreutzer, tiene un papel esencial en el devenir de la pieza.

En efecto: dominando la escena, y a lo largo de la hora y cuarto de representación, tenemos un piano (interpretado por Daniel Blanch), a cuyo alrededor gira tanto el personaje de Tolstoi como la otra parte de la sonata a dúo, la violinista Kalina Macuta, quien se integra de forma activa en el relato del anciano escritor, al tocar, sin leer, la partitura, lo que le permite adoptar las caras, las posturas e incluso las modulaciones pertinentes para devenir una ilustración o una ampliación, cuando no una réplica, de las palabras de Mateu/Tolstoi. Y ello, a parte de reflexionar sobre las relaciones entre el teatro y la música (explicitadas cuando Mateu/Tolstoi analiza el porqué de su obsesión con dicho tema musical en particular), responde a la condensación emocional que contiene la “Sonata a Kreutzer” de la temática de la narración homónima. Así, la fatal e inevitable fusión de dos instrumentos, el violín y el piano –muy diferentes pese a ser ambos de cuerda–, para crear esa música emotiva y frenética, especialmente exaltada en el furioso y agónico primer movimiento de la composición y en su apasionado presto, sintetiza las luces y las sombras del vínculo de pareja, es un eco de la trágica relación de Pódznychev con su esposa, en la que el amor romántico pronto deja paso a un oscuro sentimiento de posesión, lujuria, incomprensión, dependencia, celos y odio que se saldará con el asesinato de ella a manos de él. Porque La Sonata a Kreutzer tolstoniana es demoledora en cuanto a la calidad de las relaciones conyugales en una sociedad en la que el hombre y la mujer están sometidos a unas normas de conducta hipócritas y materialistas. Pódznychev se casa enamorado, pero pronto comprende que su mujer no es el ideal con el que soñara, el alma gemela con la que compartirlo todo, si no una persona ajena a él, apegada a sus limitaciones burguesas, con la cual sólo le une el deseo sexual, los hijos, la costumbre y el qué dirán; el matrimonio, por tanto, visto como disfraz de una mera pulsión sexual que, antinaturalmente, se niega en las mujeres y se sublima en los hombres.

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Urtain: España contra las cuerdas

La oferta teatral en las principales ciudades españolas es amplia y variada. Cierto; no son Londres ni Nueva York, pero la cartelera viene surtida: compañías privadas que rinden tributo a su público, una mayoría de espectadores que pide evasión basada en vestir la mona con otras sedas (v. gr. musicales, monólogos cómicos, boudevilles de viejas glorias, stomp…); ciertos conatos vanguardistas que con frecuencia devienen globos hinchados de aire; montajes academicistas de obras clásicas o de qualité; el estimulante (y poco difundido) underground teatral… En realidad, la misma historia de siempre: la comercialidad que erige monumentos a la estulticia y busca sólo el beneficio económico; una “elite” –anacrónica o moderna, pero igual de rancia– que pergeña engoladas exhibiciones onanistas para una minoría acomplejada, y las voces nuevas y frescas, acalladas por la algarabía de unos y otros. Pero no hay que perder la esperanza: el bosque no puede taparnos los árboles. Porque hay árboles. Y grandes.

Urtain

Paradigma de ello es “Animalario”, formación teatral nacida en 1996 de la unión del grupo de intérpretes “Ración de Oreja” con la compañía “Riesgo” de Andrés Lima, que saldría de los circuitos minoritarios en 2003 con su interesante montaje Alejandro y Ana..., gracias en buena medida a la fama adquirida por algunos de sus miembros en cine y televisión. Su consagración definitiva, empero, llegaría dos años después con un merecidísimo Premio Nacional de Teatro por Hamelin, una pieza de discurso valiente e inteligente, cuya inusual hondura ética y emocional quedaba plasmada en una puesta en escena brillante y arriesgada.

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