De hombres y dinosaurios

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Por Bill Jiménez

Por Bill Jiménez

Los Ángeles, 1933. Un niño llamado Raymond sale del cine fascinado por un simio gigante. Y aunque no consigue descubrir el truco, sabe perfectamente que King Kong no es un actor disfrazado. Futuras investigaciones le ponen en contacto con el stop-motion, una técnica cinematográfica nacida a comienzos de siglo consistente en simular el movimiento de objetos estáticos por medio de una serie de imágenes fijas sucesivas, el mismo concepto aplicado a una animación convencional llevado a cabo en la realidad.

El joven Ray (apellidado Harryhausen, para los que todavía no sepan de quién estoy hablando) experimentaría durante años en su garaje, desatando una pasión que le condujo a la autoproducción de varios cortos animados y un currículum que movió por diversos estudios. Paramount sería la primera puerta en responder a sus llamadas, y aunque fueran pequeñas colaboraciones en cortos infantiles, sirvieron para entrar en un negocio del que viviría durante toda su vida, los noventa años que celebra este mismo año y que justifican este artículo.

Dispuesto a no renunciar al mundo del cine, consiguió entrar durante la Segunda Guerra Mundial en la Unidad Cinematográfica del Ejército, colaborando en cortometrajes didácticos  para la tropa. Allí tendría por colegas a artistas de la talla de Ted Geisel (más conocido por Dr. Seuss, autor del libro ¡Cómo El Grinch robó la Navidad!) y recibiría las órdenes de un no menos conocido Frank Capra.

Con sus obsesiones intactas tras el conflicto, Ray Harryhausen seguiría apostando por el stop-motion y su personal universo de alienígenas y dinosaurios. Loco por adaptar el clásico de H.G. Wells La guerra de los mundos, tuvo que conformarse con trabajar para Willis O’Brien, que no es poco.

O’Brien era una eminencia en cuanto a animación se refería, un maestro del que aprendió muchas cosas y a cuya sombra vivió durante algunos años, incluso cuando a éste le concedieron el Óscar de la Academia a los Mejores Efectos Especiales.

Pero Harryhausen no tardó en alimentar su fama con proyectos propios, como The Beast from 20,000 Fathoms (1953), una historia gozillesca con anécdota incluida, porque, lo bueno de tener amigos creativos, es que la inspiración es contagiosa y pueden surgir conflictos legales. En este caso no los hubo porque Warner Brothers compró los derechos del relato en el que se basaba la principal escena de la película (la encargada a Harryhausen). El autor era otro Ray; Bradbury, para ser más exacto.

Otro de los méritos de The Beast from 20,000 Fathoms fue la separación por primera vez del fondo y la acción, permitiendo el uso de maquetas en segundo plano y modelos animados en el primero. El procedimiento requería cámaras adaptadas, pero no era especialmente costoso. Porque, si algo caracterizó a Harryhausen fue su capacidad para optimizar los medios a su disposición y hacer de sus taquillazos la mejor inversión de los estudios durante los cincuenta. Era una buena época para sorprender a las masas con alienígenas, monstruos mitológicos y la especialidad de Harryhausen, los dinosaurios, un meticuloso trabajo en el que solía implicarse más de lo que los créditos finales le reconocían. Suyos eran la dirección artística, los storyboards, el desarrollo del guión, los diseños y los efectos especiales de muchas de las películas en las que participaba, y sólo un tecnicismo del estricto gremio de directores impedía que se valoraran debidamente sus méritos. Tendrían que ser sus fans los que proclamarían a viva voz sus virtudes.

Steven Spielberg, George Lucas, Tim Burton, Sam Raimi…, todos han reconocido en más de una ocasión la influencia que ha tenido el trabajo de Harryhausen en su carrera, recordando con especial devoción el film Jason y los Argonautas (1963), donde podemos encontrar una de las escenas cumbre del stop-motion: La lucha contra los esqueletos animados.

Pero los gustos del público habían cambiado mucho en los sesenta y la contracultura era la nueva musa de los realizadores, que no estaban para fantasías animadas. El estilo Harryhausen comenzó a llenar menos salas y con el tiempo se fue convirtiendo en ese «cine de culto» que tanto gusta y tan poco vende. Su último coletazo fue una película que en este 2010 ha gozado de un solvente (que no bueno) remake: Furia de Titanes (1981). Sin ser un fracaso, puso punto y final a la relación de Harryhausen con los estudios, limitándose a trabajos menores y a una jubilación llena de homenajes y premios. Ahora, el artista es maestro; asentó algunas de las bases de los efectos especiales modernos y puede jactarse de haber asolado ciudades como Washington y San Francisco sin necesidad de un gráfico computerizado.

Tom Hanks se atrevería a decir durante la entrega del Oscar honorífico a Harryhausen que «mucha gente se debate entre Casablanca o Ciudadano Kane… Para mí, la mejor película jamás rodada es Jason y los Argonautas».
Naturalmente, se estaba dejando llevar por la emoción del momento, aunque es de justicia reconocer que con las películas de Harryhausen las palomitas sabían mejor.

3 Replies to “De hombres y dinosaurios”

  1. Las películas de Harryhausen me recuerdan a mi infancia, a las matinales de TVE, al porqué amo el séptimo arte desde que tengo memoria.
    Gracias, Bill, por este bello homenaje a la capacidad de fascinar y entretener de un maestro de ese cine entrañable que todos los soñadores llevamos en el corazón.

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