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Dennis Hopper: Rebelde del renacimiento

El primer recuerdo que tengo de Dennis Hopper se remonta a principios de los noventa, a una etapa en la que su filmografía había perdido parte de la consistencia que la había caracterizado durante los ochenta. Por aquel entonces, el adolescente que era ignoraba que ese actor de ojos claros y facilidad para meterse en personajes al límite tenía a sus espaldas una sólida carrera como artista multidisciplinar.

Pintor, poeta, escultor, fotógrafo…, tan solo algunas de las muchas facetas que explotó a lo largo de los setenta, cuando las puertas de muchos estudios se cerraron por culpa de su ‘conflictiva’ fama, abalada por una vida de excesos, una dieta rica en estupefacientes y un comportamiento violento e impredecible.

Pero hasta las bestias más salvajes tienen una música que las amansa, y en el caso de Hopper fue una frenética actividad cultural que tuvo por eje su pasión por la fotografía. Sería su amigo y mentor James Dean quién le aconsejaría dedicarse plenamente a ella, y así fue como, durante más de 10 años, Dennis se convirtió en uno de los cronistas más sólidos de la contracultura estadounidense. Nadie consiguió que se separara de su cámara, el regalo que Brooke Hayward, su esposa por aquella época, le hiciera para celebrar su vigésimo quinto aniversario. Con ella inmortalizó todo evento mundano y artístico que pasó por su vida, desde los happenings de los grandes de la escena pop hasta las fiestas hippies y psicodélicas que gobernaban las noches de New York y Los Angeles, un mundo en el que encajó con facilidad hasta el punto de erigirlo el icono que nunca quiso ser. Porque Hopper era la máxima expresión del glamur: artista, mecenas, rebelde y lo bastante atractivo para inspirar a figuras no menos importantes como Warhol.

Su reciente fallecimiento y la edición a finales de 2009 del monumental volumen Photographs 1961-1967 (Taschen), excusa que volvamos la vista atrás, a una época donde el mundo era joven, los rebeldes tenían causas y el arte era auténticamente contemporáneo: Retratos de gente anónima y famosa (incluidos los errantes moteros que inspiraron Easy Rider, su mayor éxito como director), naturalezas muertas en medio de las grandes ciudades, fotoperiodismo e instantes de esos que solemos llamar ‘historia’, como las marchas de Selma a Montgomery organizadas por el movimiento afroamericano de Derechos Civiles.

Hopper se llamaba a sí mismo ‘creador compulsivo’; su producción lo demuestra, siendo una extensión de su propia vida, llena de energía e inconformismo.

Por Bill Jiménez

Categorías: Cine, Fotografía, Reseñas

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