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East Coast, West Coast

Por Bill Jiménez

La nueva exposición en la galería Tagomago es lo más parecido a una cita a ciegas. Por un lado tenemos a una fotógrafa experimental como Aline Smithson y por otro, a un fotógrafo experimentado llamado Greg Miller. Ella presenta su serie Arrangement in green and black: Portrait of the photographer’s mother, instantáneas orquestadas al detalle en las que su protagonista, la propia madre de la artista, respetable señora de 85 años, aparece “disfrazada” en variados y cómicos roles. Aunque existe más ironía que ganas de divertir, resulta inevitable dejar ir una sonrisa cuando se juega con elementos tan entrañables. La idea surge a partir de la pintura casi homónima de James McNeil Whistler Arrangement in Grey and Black: Portrait of the painter’s mother, cuyos elementos se repiten en cada una de las fotografías de Smithson con pequeñas variaciones de contexto y mensaje. El posterior tratado de las imágenes logra que el resultado final roce lo pictórico y esconda una preproducción que, pese a lo que las apariencias dicten, no es nada sobria. La artista narra en entrevistas y notas de prensa sus cacerías de “elementos”, desde la silla en la que se sentó su madre a los cuadros de fondo que aportan el punto irónico al proyecto. En cifras, estamos ante un trabajo de dos años y seis meses de coloreado. La nota triste, y motivo de peso para convertir esta serie en un digno homenaje, fue la muerte de la modelo antes de que las fotografías fueran expuestas por primera vez.

Miller, en cambio, representa a una realidad fotográfica bien distinta. Aunque su propuesta beba del fotoperiodismo, existe una premeditación en cada toma reconocida por el propio autor. Para su objetivo, todos podemos ser un buen modelo, y aunque algunos lo vean como una mengua de autenticidad, son los resultados quienes hablan por sí mismos. En un momento de su carrera, Miller se cansó de buscar “momentos” que fotografiar y se lanzó a falsear la realidad en el buen sentido de la palabra (si existe uno). Como ejemplo ilustrativo, la ocasión en que, tras observar a una mujer hablando por su móvil, le pidió que examinara al trasluz el sobre que portaba en la otra, conteniendo una radiografía de su columna. La nueva composición escondía una historia detrás, tan sólida y creíble que no dudó en ponerla en práctica en más ocasiones hasta convertirla en un estilo que no sólo se basa en una técnica depurada y metódica digna de un fotógrafo de la vieja escuela, también posee esa capacidad de desarrollar composiciones complejas por medio de los detalles. En la exposición de Tagomago, Miller se pasea por ferias y otros eventos ociosos, explorando a familias, jóvenes amantes y los clásicos personajes variopintos que rodean estos ecosistemas. El conjunto resulta solvente, colorista y, y en algunas ocasiones, impersonal y melancólico.

Y tras analizar por separado a la pareja y las conexiones entre las costas que los separan, se puede decir que compartir espacio expositivo les ha sentado bien. Miller goza de más metros cuadrados, pero las fotografías de Smithson pesan más en cuanto a contenido. Quizá la distancia entre sus propuestas sea el hándicap que les impide mostrar una unicidad o un tránsito entre ellas. Lo importante en cualquier caso es que ambas coexisten dentro de Tagomago sin darse codazos, y parte del mérito lo tiene el propio diseño de la galería, que concede a cada uno el espacio que se merece y los salva del divorcio antes de conocerse.

Enlace: Galería Tagomago | Aline Smithson | Greg Miller

Por Bill Jiménez

Escritor y crítico cultural. Autor de tres novelas de ficción y colaborador en diferentes medios.

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