Gustavo Díaz Sosa y la burocratización del alma humana

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En esta cultura de confrontaciones, en muchas ocasiones desiguales, da gusto encontrarse con fuerzas tan inusuales pero igualmente antitéticas como las representadas por los dos grupos que titulan la última exposición de Gustavo Díaz Sosa en la Galería Víctor Lope. Por un lado los apóstoles, devotos religiosos, y por otro los apóstatas, minorías renegadas y enfrentadas a la fe. En una sociedad que explota hasta el hartazgo dicotomías como el bien y el mal, el ying y el yang y otras muchas dualidades mercantiles, sorprende que un artista joven como Sosa, nacido en Sagua la Grande en 1983, reúna trabajos recientes alrededor de un tema tan candente como la religiosidad.

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En este nuevo “nosotros contra ellos”, la dicotomía es poco evidente. Hasta puede parecernos ajena a los temas representados, esos fragmentos de un mundo ficticio que Sosa cultiva con sus pequeños individuos enfrascados en una burocracia abstracta. Esa unicidad delata el compromiso del artista con una fe en la que el individuo vuelve a formar parte de un todo y se aleja del individualismo postmoderno y capitalista que mueve nuestro mundo. No hay cuadro de Díaz Sosa en esta muestra en el que no se haga homenaje a la Humanidad, a la masa que tiende a la confusión cuando se aleja de los guías, la masa injustamente comparada con el ganado ovino, ignorado su potencial como marea que dicta, ora con sutileza ora con fuerza explícita, la historia que ella misma genera.

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“De apóstoles y apostatas” incluye obras de la serie homónima más una representación del pasado y el futuro del artista. Tiempos pretéritos como los de “Huérfanos de Babel”, y el rabioso futuro de la serie “De burócratas y padrinos”. Nuevas narraciones donde Díaz Sosa incorpora la figura del caballo troyano a una iconografía ya de por sí rica en símbolos institucionales, como las largas colas, las aún más largas esperas, las vallas que castran o contienen la libertad, o las enigmáticas escaleras que conectan con el vacío y que responden a las complicadas relaciones entre el cielo y la tierra. Estamos pues ante un purgatorio legal más descorazonador que el cristiano de no ser por las salpicaduras de esperanza que Díaz Sosa incorpora a su discurso: imprecisión en las estructuras monumentales, hasta el punto de volverlas frágiles; las geografías quebradizas, resultado de un apocalipsis que se debate entre la desesperanza y la lección aprendida; o la presencia de figuras caninas, un referente que apunta a la vida privada del artista pero que aquí, entre tantos síntomas de debacle humana, ejercen de psicopompos de un terrenal “más allá”.

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La obra de Gustavo Díaz Sosa no solo denuncia los mecanismos que nos unen y distancian como sociedad, también refleja la institucionalización a la que se ha visto sometida el alma humana desde su albores, esos tiempos que se diferencian de los actuales en las forma adoptadas por sus herramientas de control.

Existe un fuego primigenio ahí fuera, pero se esconde en un denso bosque de normas ISO.

Imágenes obtenidas de la web de la galería.

2 Replies to “Gustavo Díaz Sosa y la burocratización del alma humana”

  1. Me sorprende en cada obra nueva, la creatividad y cosas novedosas que la recrean, pero de cuidado a las interpretaciones que puedan adjudicárseles.
    Felicidades por esta gran obra.

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