El Infierno según Rodin: desesperanza tradicional

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Por Bill Jiménez
el infierno según rodin

Existen muchos motivos para visitar la exposición El Infierno según Rodin en la Fundación Mapfre, . La mayoría de ellos son estéticos, formales, la oportunidad de experimentar la grandeza del arte trascendente en mayúsculas, el mismo que perdura y proyecta su mensaje en el tiempo. Pero para eso ya tenéis infinidad de blogs y portales de información que desgranan los detalles del evento, así como las obras presentes, alrededor de un centenar de esculturas y una treintena de dibujos del artista pocas veces vistos. La grandeza de una exposición como ésta tampoco es adentrarse en la figura de Auguste Rodin, una figura interesante, sin duda, como la de otros creadores de la época, el siglo XIX, que hacían frente con su arte a un cambio de paradigma creativo y, sobre todo, filosófico. El auténtico beneficio de contar con las piezas que conformaron la obra más ambiciosa de Rodin radica en las relaciones simbólicas que la exposición establece con nosotros, ya que por un momento, y en un ejercicio egoísta, nos podemos creer interlocutores de tan relevante discurso.

El infierno según Rodin es el documento de un giro con el que cualquier artista ha fantaseado. Es el one shot, one opportunity que cantaba Eminem en 8 Miles, una referencia un tanto pop, puede que kitsch, que resume perfectamente las energías puestas por Rodin en este encargo. Aun así, Rodin no llegó a ver el amanecer de esta fiesta, porque nunca dio la obra por terminada, un gesto que conecta con las opiniones de Charles Baudelaire sobre la pintura de Camille Corot, en la que remarcaba la diferencia entre lo hecho y lo finalizado.

El mismo Baudelaire es una de las influencias que encontramos en el Infierno de Rodin, ya que los motivos de las esculturas presentes en la puerta derivan de la influencia dantesca a la del poeta francés. El salto es arriesgado y cierra un círculo de siglos que bailan alrededor del hombre. El trabajo de Rodin es una manifestación de un proyecto humanista iniciado antes del medievo, y si bien Dante lo materializó a partir de una summa dividida en tres segmentos ascendentes, Baudelaire y Rodin vuelven centrífugo el movimiento y ubican al individuo moderno en el centro de esta tormenta. Cielo e infierno le rodean hasta el punto en que es difícil identificar las fronteras de ambos reinos.

El Infierno según Rodin es una exposición que habla de nosotros mismos en diferentes encarnaciones. Contemplar a El pensador en una ciudad como Barcelona, sacudida por pulsiones similares a las que Dante, Baudelaire y Rodin experimentaron en sus respectivos épocas, es un ejercicio de universalidad que no se vive todos los días. La idea que flota en todo esto es un drama común a todas las criaturas que, de tanto pensarse a sí misma, ya no saben bien qué rol ocupan en este mundo. De ahí que la muestra cuente hasta con un elemento terapéutico, de paz a través de la maravilla y el sosiego.

¿Palabras mayores? Es posible, pues en el fondo estoy vendiendo las excelencias de una exposición que no requiere de muchos esfuerzos para calar hondo. La grandilocuencia con la que queramos vestir al acontecimiento queda en segundo plano ante una realidad indiscutible: no se disfruta a Rodin todos los días.

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