James Roper: Vivo sin vivir en mí

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Por Bill Jiménez

Los diccionarios dicen del paroxismo que es la «exaltación extrema de los sentimientos y pasiones», emociones desbocadas que, si pudieran tener forma, adoptarían las que el británico James Roper presenta actualmente en Rojo Artspace de Barcelona, una exposición en solitario donde lo mundano y lo divino se unen en una amalgama de formas y colores de compleja digestión. Como apuntan en la nota de prensa de la galería, «la pintura de Roper escupe, eyacula, regurgita y proyecta el espíritu como un vómito hacia fuera, rechazando su corporalidad en forma de manías histéricas». El paroxismo de Roper es un viaje hacia la esencia de lo religioso, una instantánea del tránsito hacia la llamada «vida eterna» que, aun a riesgo de dejarse llevar por las filias barrocas del artista o parecer feísta por lo explícito y visceral de su mensaje, resulta convincente y de una atracción casi hipnótica. En Paroxysm hay carne, sangre, energía, cuerpo y espíritu, fuerzas y dualidades clásicas mostradas desde una óptica que reniega de la concepción clásica de la espiritualidad. El Greco es demasiado sutil comparado con Roper, al que no se le caen los anillos al reconocer que una de sus máximas influencias es Santa Teresa, el paradigma devoto/masoquista medieval.

Sangre, color y lágrimas hasta el 16 de junio. El cielo puede esperar.

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