Jugando en serio

Antiguamente los videojuegos eran más sencillos, y no me refiero al hecho de controlarse con una cruceta y dos botones. Veinticinco años atrás, la mayor preocupación de un jugador era llegar del punto A al B sin perder mucha paciencia y dinero. A cambio, se le premiaba con una escueta felicitación y el placer inherente a toda victoria. Pero los tiempos cambiaron, la fórmula se volvió más sofisticada y la industria del videojuego empezó a mover millones. Como buena gallina de los huevos de oro, le salieron pretendientes hasta de debajo de las piedras; pretendientes y detractores, gente que, con o sin razón, tacharon al ocio informático de entretenimiento simple, adictivo y, en algunos casos, peligroso.

Virtudes y defectos al margen, lo que no ha cambiado en todos estos años es su esencia. Nacidos para divertir, aunque nos los vendan con gráficos de última generación y guiones dignos de Hollywood, la industria del videojuego nunca se ha planteado otra cosa más que crear mundos en los que evadirnos. Y aunque durante los ochenta surgieran voces que reivindicaban su espíritu didáctico, tendrían que esperar hasta 2002 para convertirse en una presencia a tener en cuenta. El Woodrow Wilson International Center for Scholars dio un primer paso creando The Serious Games Initiative, una comunidad que explora las posibilidades del videojuego como herramienta de formación académica y social. Los primeros de un movimiento que ha encontrado en Internet su mejor aliado.

En la actualidad, la oferta de juegos serios es amplia y está en constante crecimiento. Podemos encontrar simuladores médicos, bélicos, mercantiles e incluso aplicaciones terapéuticas, todas ellas herramientas que reflejan con gran fidelidad el mundo real. De esta forma permiten al alumno aprender de unos errores que no se permitiría en su día a día. Concretamente en Holanda, VSTEP ofrece simulaciones para todo tipo de accidentes, evacuaciones y manejo de maquinaria pesada, situaciones que buscan la toma de decisiones rápidas, como las que se puedan dar en un hospital o una prisión afectada por un incendio.
Con tal potencial, no es extraño que empresas como IBM, Nokia, American Express e incluso el departamento de defensa de los Estados Unidos recurran a ellos a la hora de formar a sus trabajadores.

Más allá de lo pedagógico, el videojuego serio ha descubierto un nuevo filón en la conciencia social. Muchos de ellos plantean situaciones tan reales como la distribución de alimentos en el Tercer Mundo (Food Force), la difícil vida en un campo de refugiados (Darfur is Dying) o las consecuencias de la lucha contra el terrorismo, como las mostradas en September 12, un juego en el que nuestro objetivo es bombardear un mercado árabe infestado de terroristas. La clave está en no acertar a los civiles que pululan por el lugar, inocentes que si se ven afectados por los daños colaterales no dudarán en unirse a la causa terrorista y perpetuar la violencia.

Los más optimistas piensan que el videojuego serio ganará terreno al convencional en la próxima década. Quizá estén en lo cierto. Lo que sí está claro es que cualquiera puede instrumentalizarlos y convertirlos en el arma que remate a los deficientes sistemas educativos de Occidente. Aterra pensar que, en un futuro, el hambre en África sea “un juego que ya me pasé”.

Agradecimientos: Chema Blanco

Texto: Bill Jiménez
Imagen: September 12