Konrad Fischer y las revoluciones expositivas

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Por Bill Jiménez

Por Bill Jiménez

Mientras la música y el cine llevan años exigiendo un cambio en las viejas fórmulas de distribución, el mundo del arte, aficionado a pasar de puntillas por la sociedad, lleva el mismo tiempo reinventándose y explorando territorios que, si bien no son nuevos, sí demuestran claridad de ideas y devoción por una causa que vive constantemente amenazada por numerosos avatares sociales, políticos y económicos.

E invocar la figura del alemán Konrad Fischer (Düsseldorf, 1939-1996) resulta más que oportuno si tenemos en cuenta que uno de sus méritos (aparte de una sólida carrera como pintor) fue reinventar el espacio expositivo, ofreciendo a la vanguardia de los años sesenta y setenta un rincón en el que desarrollarse y convertirse en uno de los movimientos culturales más importantes de la época. Gracias a ese pasadizo de diez metros de largo por tres de ancho, Düsseldorf pasó de ser una ciudad ajena al arte a un punto de peregrinación cultural que el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA) ha querido homenajear con una exhaustiva exposición. Ésta incluye unas 300 obras vinculadas al propio Fischer y a los artistas que presentó en sus «Bei Konrad Fischer» (En casa de Konrad Fischer), nombre genérico por el que se conocieron sus rupturistas propuestas. Fischer siempre estuvo en contra de la palabra «galería» y uno de los aspectos que más cultivó fue la relación humana entre el galerista/comisario y los artistas colaboradores, un espíritu que ha sobrevivido al cambio de siglo y a la superpoblación creativa que vivimos en la actualidad.

Porque, pese a la abundancia de galerías y salas de arte, el crecimiento de éstas no ha sido exponencial a la oferta, obligando a los creadores a buscar cobijo en territorios alejados de los circuitos convencionales.

Los centros cívicos y los locales de ocio ceden espacio al arte; en las pequeñas tiendas de ropa de barrios como el de Gràcia siempre hay un rincón para los ilustradores afines; por no hablar de las numerosas exposiciones efímeras que surgen de la nada gracias a iniciativas privadas. Son muchos, cada día más, los feudos comerciales que utilizan el arte como reclamo, entre ellos casos tan solemnes como el de algunas vinaterías o el espacio Mercè Sala, abierto dentro de las instalaciones del Metro de Barcelona.

La solidaridad en algunos casos se confunde con el oportunismo si tenemos en cuenta que muchos de esos artistas no pueden vivir de su obra y, habitualmente, se tienen que rendir ante condiciones expositivas (y en ocasiones monetarias) no del todo favorables. En cualquier caso, el artista nunca estará solo: arrimarse al mundo del arte no deja de ser un dulce que, en lo cultural, vendría a ser como la mano que estrecha un político durante las elecciones: una ilusión conveniente.

La industria artística (por muy sacrílego que suene), ha perdido parte de la chispa que tuvo en tiempos de Fischer o Warhol (por poner un ejemplo más trendy), o quizá sólo esté en fase de adaptación hacia unos tiempos mejores, un futuro con menos distribuidores o, a ser posible, más cercanos.

Enlaces: MACBA | Galería Fischer

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