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Cobain, héroe

Por Bill Jiménez

Analizar la naturaleza de los ídolos no es una tarea sencilla aunque su aparición venga ligada, casi siempre, a las necesidades de una época.
Tampoco sabría decir qué necesidades tenía la juventud estadounidense de los noventa a la hora de transformar un género musical como el grunge en un movimiento en toda regla, con mensaje, estética e ídolos tan propios como el protagonista de este artículo, un joven de Aberdeen llamado Kurt Cobain. Su ascenso y posterior caída en los infiernos le erigió martir de una causa que, desde una perspectiva temporal tirando ya a lejana, encubre la enésima batalla entre el arte (en este caso musical) y el control que a nivel político y comercial se ejerce sobre él.

Pero lo llamativo (a la vez que preocupante) es la metamorfosis mercantil por la que pasan la mayoría de estos ídolos con el paso del tiempo, capaz de convertir a un guerrillero como el Ché Guevara en uno de los rostros más serigrafiados de la historia.
Alguien se ha propuesto que Cobain vaya por el mismo camino. En breves finaliza en Seattle, la ciudad desde la que se propagó el fenómeno, una muestra titulada Kurt, donde una serie de artistas vinculados en mayor o menor medida a los años del grunge ha expuesto sus creaciones en un intento de analizar la figura del Cobain «hombre», aquel que, asfixiado por sus dramas personales y la fama de su sombra musical, decidió poner fin a su vida en aquel ya mítico 5 de abril de 1994.

Milky Way, 2007, Slater Bradley

Anteriormente a esta exposición, la tragedia de Cobain había merecido algún que otro cómic descafeinado y esa decente ficción dirigida por Gus Van Sant llamada Last Days. A ellos debemos sumar ahora las obras de Scott Fife (aportando uno de los característicos bustos que le han otorgado el reconocimiento mundial), el punto kistch de Douglas Gordon (autoretrato con peluca rubia incluido) y algunas muestras audiovisuales como el Nirvana Alchemy Film de Jennifer West, una psicodelia que camina paralela a los desgarradores directos de Nirvana. En resumidas cuentas, y aunque la intención sea buena, la gran mayoría de los acercamientos al mito de Cobain adolecen de alma, pero, en cambio, parecen satisfacer al fan más acérrimo, que sigue lamentando como el primer día la pérdida de su héroe. Pocos se preguntan el porqué de estas idolatrías contemporáneas y si estos «tributos» ensucian más que engrandecen a la figura del homenajeado. Personalmente, Cobain se encuentra en un Olimpo demasiado alto para  que cualquier artista contemporáneo le eclipse, así que cualquier manifestación artística que use su nombre no despertará más que una sonrisa en aquellos que seguimos con devoción su obra. Que el arte se apunte al carro de su éxito es una señal de advertencia ante el peligro que supone la pérdida de criterio expositivo por parte de ciertas salas, que hacen del «todo vale» un dogma difícil de digerir.

Enlace: Kurt Exhibition

Por Bill Jiménez

Escritor y periodista digital, aficionado al arte y a las narrativas surgidas del ciberespacio, con las que ha experimentado en los últimos años a través de blogs, fanzines, webcómics y manipulaciones fotográficas.

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