may 15, 2010
BAFF 2010: La mirada complementaria (I)
Por Elisenda N. Frisach
El Festival de Cine Asiático de Barcelona, conocido por sus mucho más sonoras siglas inglesas (BAFF), volvió a las pantallas de la ciudad condal para ahondar en la difusión de una cinematografía, la del continente asiático, mal distribuida en nuestros lares y, por tanto, sólo conocida, y con suerte, en formato doméstico. Al frente de este proyecto, que ya ha cumplido doce años, tenemos el encomiable colectivo “100.000 Retinas”, el cual, a través de su “Cine Ambigú” –dedicado al pase de películas nunca estrenadas en las salas comerciales de nuestro país–, amplía periódicamente la oferta de la cartelera barcelonesa en versión original. Junto a él, se encuentra la inestimable colaboración de entidades como Casa Asia, creada con el propósito de tender puentes, y no sólo culturales, entre España y los países asiáticos, así como del museo CCCB y otros organismos gubernamentales.

Si en ediciones anteriores el festival quiso hacer hincapié en cinematografías tan peculiares como la india o tan minoritarias como la vietnamita, en esta duodécima edición tuvo especial presencia el cine surcoreano. Entre los nombres propios más destacados de esta nacionalidad se contó con The coast guard, del a veces genial, y otras errático, Kim Ki-Duk, o el clásico de Kim Ki-Young, The Housemaid. Otro autor de carrera muy regular, Hong Sang-Soo, compitió en la Sección Oficial con su simpática comedia Like you know It all, cinta con un tono confesional y psicoanalítico próximo a Woody Allen, al humorismo entrañablemente cruel de Alexander Payne o a las reflexiones morales de Eric Rohmer, que indaga en el carácter inevitablemente voyeurista de los amantes del séptimo arte (y, por tanto, pasivos, aburguesados y un punto infantiles). Igualmente, se recuperó el filme de Park Chan-Wook anterior a su magistral “Trilogía de la venganza”, Joint security area, donde se adivinan algunas de las posteriores obsesiones del realizador, mientras que Bong Joon-Ho, uno de los autores más potentes del panorama cinematográfico actual, estuvo representado por partida doble: de un lado, con la reposición de Memories of murder, excepcional obra, mezcla de comedia, thriller y drama, convertida en un verdadero hito de nuestros días, cuya influencia es evidente en filmes posteriores de variada procedencia geográfica (por ejemplo, en la magnífica Zodiac, de David Fincher, con la que comparte no sólo argumento sino también temática: la imposibilidad del ser humano de dilucidar la verdad a partir de una realidad compleja e inaprensible), y, de otro lado, su última, y espléndida, realización, Mother, muy similar en su amalgama genérica a sus anteriores trabajos, que cuestiona los preceptos de bien/mal e inocencia/culpabilidad y juega continuamente con los prejuicios de la audiencia a través de la desgarrada lucha de una madre por probar la inocencia de su hijo, un deficiente mental acusado de asesinato.
En cualquier caso, la gran novedad de la última edición del BAFF fue una amplia sección dedicada al anime, que bien puede decirse inició su andadura por la puerta grande, al agotar las entradas para los tres pases del estreno europeo de Once Piece Film: Strong World, del debutante Munehisa Sakai, que sintomáticamente se alzó con el Premio del Público. El BAFF Anime permitió acercar la muestra a un perfil de espectador más amplio que el meramente cinéfilo, pero ello no significa que este apartado naciera exclusivamente con la finalidad de recaudar fondos, sino que, por el contrario, gran parte del mismo se dedicó a la reposición, de manera totalmente gratuita, de clásicos o de pequeñas joyas de esta parcela del cine de animación, como la primera entrega de la saga Evangelion o The sky crawlers, del realizador de la archifamosa Ghost in the Shell.

Por lo que respecta al resto de películas proyectadas, y según viene siendo habitual en este certamen, se intentó que hubiera una representación multinacional lo más surtida posible. La preponderancia de Corea del Sur y, en menor medida, de Japón y Filipinas (las tres naciones, por cierto, al frente del filme Jenjou digital Project 2009: Visitors) nos dejó películas de muy diversa índole, como la surcoreana Paju, obra de clara raigambre católica, asentada en la idea de culpa, castigo y redención, con un portentoso guión escrito por la propia directora, Park Chan-Ok, digno de un novelista decimonónico, sobre el cual, sin embargo, se operan forzados flashbacks –quizá con el propósito de apartar de él su aire melodramático–, lo que a la postre perjudica todo el conjunto, o Parade, de Isao Yukisada, cinta japonesa que se va deslizando, imperceptiblemente, desde su carácter de sitcom juvenil a un desolador retrato sobre la realidad de una generación saturada de información superficial (televisión, mensajes de móviles, Internet…) y, en consecuencia, obligada a vivir de las apariencias y a establecer relaciones huecas, sin fondo.
También de Japón procedía Where are you?, de Masahiro Kobayashi, un nada disimulado homenaje a Los 400 golpes, que relata, en un tono conciso y áspero, el drama de un introvertido adolescente abocado a la soledad y a la miseria al quedarse solo en el mundo tras la lenta agonía de su progenitora. Una pieza dura y tristísima, que revela la vacuidad del sufrimiento humano (y, a través de él, de la propia existencia) en una sociedad basada en el poder económico, en constreñidos códigos de conducta y en el egoísmo. A este respecto, el desolador final –que nada tiene de la consolatio que vivía Antoine Dionel en el cierre del clásico de Truffaut–, así como la secuencia del “entierro” de la madre del protagonista, son verdaderos puñetazos para la conciencia del espectador.
Asimismo, de Filipinas destacó la denuncia social aportada por filmes como el docudrama Children metal drivers (elegida Mejor Película rodada en Formato Digital) o The mountain thief, y también, por su gran originalidad, la cinta Independencia, de Raya Martin, una diatriba en contra del colonialismo padecido por este archipiélago, que se articula en torno a la historia de una familia que huye a la selva, cansada de la explotación y la lucha política, bajo una estética visual acorde con el período de la dominación estadounidense (1899-1911), de ahí la imitación de ciertos elementos formales del cine mudo, sobre los cuales el realizador construye unas imágenes hipnóticas, enigmáticas y melancólicas, interrumpidas por un falso documental de la época cargado de grandes dosis de sarcasmo.










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