La exposición La luz de las hormigas de la artista Magdalena Esteve, ubicada en la Eat Meat Raw Gallery hasta el próximo 10 de marzo trata, más allá del virtuosismo de su protagonista o los insectos sociales de su título, de la necesidad de crear, del arte como un proceso en constante cambio y con una vida propia e indeterminada. Y quizá este compromiso con el parto artístico y la falta de interés en la maquinaria que acoge la obra hacen que la propia Magdalena Esteve sea una gran desconocida para el gran público, que podría maravillarse fácilmente con su maestría para captar y plasmar la luz en obras que, a día de hoy, sólo se han visto en contadas muestras y colectivas.

Magdalena Esteve

Por ello, La luz de las hormigas es un evento remarcable y a la vez decepcionante, un paseo demasiado corto por un mundo de complejidades estéticas que han sido divididas en dos partes diferenciadas. Por un lado Las hormigas y el cielo, un mural que aúna, tal y como su título indica, el trabajo minucioso con las epifanías supraterrenales, allí donde mora lo divino, lo espiritual y, según algunos, el inconsciente. Y algo de impulsivo y automático tiene su trabajo, compuesto por cuarenta láminas de base fotográfica sobre las que Magdalena ha trabajado con bolígrafo y precisión quirúrgica.

Por otra parte encontramos La luz de las hormigas, obra que titula la muestra y que se compone de un tríptico de pinturas pares. Seis piezas que funcionan tanto en conjunto como por separado y en las que la artista da rienda suelta a su talento compositivo, capaz de funcionar a distintos niveles, físicos y mentales. Es en estos estratos oníricos donde Magdalena parece sentirse más cómoda: domando esa electricidad que corre por su paleta, exhibiendo parte del hiperrealismo que explotara en otras series, como sus autorretratos surgiendo del agua.

Magdalena Esteve en Eat Meat

En conclusión, La luz de las hormigas es una muestra notable y de múltiples lecturas externas, como la relación del artista con su obra y el proceso que amenaza con convertirla en un producto. Cualquier otro creador perdería autoridad y contentaría a modas y tendencias, algunas hijas de la necesidad y otras nacidas del mercado. No es el caso de Magdalena Esteve, cuyo principal mérito es mantenerse en un segundo plano y comunicarse a través del fruto de su talento.