Cut in the dark, de Michel de Broin

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Por Bill Jiménez
Michel de Broin, Late Program

Por Bill Jiménez

Aunque su formato habitual y más exitoso implique grandes espacios, puede decirse que Michel de Broin (Montreal, 1970) se defiende correctamente en terrenos más reducidos, como en los espacios habilitados por la galería Toni Tàpies para albergar Cut in the dark, su primera exposición en España. Pero en lo que se refiere a contenido, es un suspiro comparado la tormenta visual que caracteriza a la producción del canadiense, capaz de colgar de una grúa una enorme mirror ball en los parisinos Jardines de Luxemburgo o construir una esfera de 400 cm de diámetro con 72 sillas de oficina. Y aunque la presente muestra también cuenta con algunos momentos brillantes, representa al Michel de Broin más comedido, contenido e íntimo, el que explora los límites entre la urbanidad y lo que consideramos “objetos comunes” a través de fríos oleos e ilustraciones de sutil complejidad.

Late Program nos da una bienvenida cálida, literalmente, suponiendo un inclasificable híbrido entre televisión y chimenea que, como declaración de principios, cumple con creces su cometido. Y pese a que su contenido es sucio como la programación de muchas cadenas, su irónica virtud es transmitir calor.

Michel de Broin, Late Program

Tras la introducción, De Broin se encuentra en su salsa. La corta proyección Cut into dark nos traslada a un paisaje urbano y nocturno, únicamente alumbrado por una farola y las luces de los edificios en la distancia. Lo que ocurre a continuación, mezcla de vandalismo y genialidad, genera demasiadas expectativas ante la parte final de la exposición, en la que destacan dos obras en concreto: La primera, 100 watts to 3 watts, narra la lucha de una bombilla de 3 vatios por emitir luz a partir de los filamentos de una maltrecha compañera de 100. Una obra que transmite indefensión y optimismo a partes iguales. Wormhole, como su nombre indica, es un homenaje al científico agujero de gusano, una escultórica escalera de forma cíclica e intrincada, prima lejana de la de Penrose y tan retorcida como la obra Trompe, un fusil chapado en niquel y retorcido hasta asemejarse a una trompa de elefante.

Y entre los aspectos pictóricos, cabe destacar la serie de diez antropometrías que domina la planta superior de la galería, donde inmutables parrillas se deforman por culpa de unos elementos ajenos, cuerpos en apariencia vivos que se oponen a las estructuras establecidas y luchan por, más que imponerse, hacerse un hueco y formar parte de ellas. Oposición sutil y de escaso trauma, como los oleos que completan la exposición (Decolonisation), donde una serie de espacios expositivos, pictóricamente neutros, sufren la invasión de unas columnas blancas, dispuestas irregularmente, tal y como hubieran quedado si hubieran sido abatidas. Eso las convierte en una suerte de caos ordenado y a Michel de Broin en un habilidoso transmutador de lo cotidiano en fantásticas y desafiantes obras de arte.

Enlaces: Michel de Broin | Galería Toni Tàpies

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