Napoleón & Caballero: Abstracción en el establo

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Por Bill Jiménez
Napoleon&Caballero

Estábamos faltando a la cita con la Mutt Art Gallery, el proyecto que sustituyó a la sala Iguapop en el barrio barcelonés del Born. Pero que no hubiéramos hablado de ella no significa que descuidáramos su programación de exposiciones, con menos peso desde que la sala se reconvirtió en librería, pero el suficiente para albergar propuestas contemporáneas y de calidad (algunas más que otras).

Y nos estrenamos con una exposición controvertida:  “Napoleón y Caballero: Abstracción en el establo”, una muestra de obras en gran formato que evoca automáticamente la queja anti postmoderna del “todo vale”. Porque por un lado puede considerarse una crítica mordaz al sistema y, por el otro, un filón artístico que puede convertir a Sergio Caballero (la mitad artística del proyecto) en todo un pionero (si no tenemos en cuenta experimentos de terceros con elefantes y caracoles).

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¿Elefantes, caracoles? ¿Pero quién es Napoleón?

Ni más ni menos que un pura raza holandés (sí, un caballo) capaz de sostener un pincel y descargar su contenido sobre todo lienzo que le pongan ante sus ojos, un locura expresionista que también podríamos llamar art brut si el resultado no fuera, como es de esperar, pictóricamente decepcionante.

¿Se puede criticar la obra de un caballo? Claro que sí, ya que si alguien paga por sus obras, entra automáticamente en el circuito, y con él arrastra a Caballero que, aparte del concepto, aporta al conjunto el lienzo original, en este caso híbridos fotográficos que combinan una nocturna ciudad de Oporto con imágenes de monos disfrazados (titis educados para entretener a los turistas de San Pertersburgo), un discurso del que no se espera mucha congruencia al tener que compartir espacio y protagonismo con el “talento” de Napoleón.

Pese a que podríamos polemizar acerca del uso de un animal como atípico espectáculo, esta abstracción en el establo es una experiencia positiva, rozando la genialidad si Sergio Caballero no contara con una dilatada carrera publicitaria a sus espaldas (¿qué sería la imagen del festival Sonar sin él?). Y aunque sus obras no cuelguen regularmente de las salas (en la nota de prensa aseguran que no se ciñe al formato clásico de la exposición desde hace 20 años), es un artista que, más allá del proceso creativo, sabe venderse. Por eso, la producción de Napoleón, más que los primeros pasos de un artista equino, es el producto de una estudiada extravagancia que, por muy poco, no se queda en una tomadura de pelo.

Aunque, analizándolo con frialdad, ¿de cuántos Koons o Hirst podríamos decir lo mismo?

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