Ne change rien: Música en las venas

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Por Miguel Gil

Por Miguel Gil

Pedro Costa dice que quizás Ne change rien existe únicamente en su banda sonora. Que las imágenes podrían ser otras, que las que hay son apenas unas notas para un filme futuro (que nunca se realizará, claro). No importa. Es una película extraña, pero bella.

No es un documental musical al uso; no hay estrellas del rock inmersas en una gira, ni un gran concierto atestado de público. Hay un grupo de músicos trabajando, ensayando unas canciones, grabando un disco en un caserón perdido en alguna parte de Francia, dando un concierto en Tokio. Hay una actriz ensayando La Périchole, de Offenbach. Todo grabado en interiores, músicos y cineastas inmersos en acciones que transcurren en otro tiempo: el de la búsqueda, el de la rutina, el del adicto.

Jeanne Balibar inmersa en la repetición, el acto sobre el que se vuelve una y otra vez, como Vanda recuperando heroína de las páginas de una guía telefónica, un día tras otro. Pedro Costa inmerso a su vez en la repetición, buscando en Balibar una nueva Vanda. Planos en blanco y negro muy contrastado, tenebristas como un cuadro de Caravaggio. Cine despojado de todo, que su vez lo ofrece todo.

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