Pocos directores foráneos sobreviven a «la llamada de Hollywood», un arma de doble filo cuyo rechazo reduce tus posibilidades laborales y cuya aceptación compromete tu integridad creativa, casi, de por vida (¿lapidario, no?).

Se puede salir relativamente indemne, en el caso de cineastas como Almodóvar o Kitano, respondiendo un respetuoso «no, gracias» han seguido centrados en su mercado interior y limitados al circuito de festivales en el extranjero; o como Hitchcock que a base de educar al público y la crítica yanquis pudo mantener su status creativo aunque recibiendo bofetadas de la industria el resto de su vida.

Sin embargo, son tristemente numerosos los damnificados por la llamada:

Gus Van Sant lleva una década intentando reencontrarse consigo mismo (en mi modesta opinión sin éxito) y haciendo ése cine minimal que caracterizó su primera etapa, pero falto del alma que le quitó Will Hunting.

Roberto Benigni, que aunque ganara los premios que Hollywood debía a los neo-realistas ya no le aprecian ni en Italia (y es que su Pinocho está fuera de la convención de Ginebra).

Wong Kar Wai del que solo queda una tarta de moras pasada, es la más reciente víctima, muy a mi pesar, de la fábrica de sueños.

Otros, en cambio, se integran en la industria, transmutándose en engranajes dentados de la gran máquina de hacer dólares… casos significativos como los de Ang Lee, Guillermo del Toro o Terry Gilliam, son los menos, sin embargo y pese a algún logro en films posteriores a su entrada en el juego (Lee con la actual Woodstock, Del Toro con El Laberinto… y uno de cada dos proyectos del ex Monty Python), han quedado despojados de su espíritu, llegando a perpetrar infracine de superhéroes (Hulk, Hellboy, o Los Hermanos Grima).

La llamada puede ser un viaje de ida a los infiernos. Los que la aceptan acaban siendo gente que se ha perdido, gente que no ha regresado, gente que para cuando regresó ya era demasiado tarde o gente que aunque sobreviva ahora tiene los problemas que antes (distribución, distribución, distribución), pero un menor ánimo para asumirlos.

Todo lo dicho es significativo. Cinéfilos de todo el mundo celebran que alguien como Nicolas Winding Refn (1970) rechace y se desvincule de sendos proyectos como el remake de Jeckyll & Hyde con Keanu Reeves a la cabeza, o un thriller, The Dyning of the Light, escrito por el gran Paul Schrader y pensado para revivir la carrera del malogrado Harrison Ford.

Este realizador con apellido tipográfico, firmante de la trilogía de Pusher (uno de los placeres culpables de los que amamos la Serie-B) o de la no menos sorprendente Bronson, un biopic sintético basado en la vida de un peculiar y sociopático criminal de la Inglaterra tatcheriana y narrado en primera persona con un monólogo teatral sublime del que el crítico Jesús Palacios dijo «de lo mejorcito que he visto en Sitges» (textual).

Un director valiente, capaz de diseñar un film tan arriesgado como Valhalla Rising, un drama carcelario, formalmente cercano al western, que se desarrolla a un ritmo paupérrimo y protagonizado por vikingos y primeros cristianos en la Europa del s.IV d.C. Una extraña pieza que posee una paisajística y unas texturas bellísimas que el autor trabaja de forma abigarrada, dosificando efectos de posproducción a lo Guy Ritchie (salvando suficientes distancias), sorprende a propios y extraños debido a un tratamiento del sonido delirante que descoloca y abruma a los oídos mas expertos. ¡Ah! Se me había olvidado que todos los diálogos están en vikingo subtitulado  (sic’).

Ahora el danés dedica sus esfuerzos a dos singulares films: uno sobre un combate de Thai-Boxing entre un policía y un mafioso rodado en Bangkok y un misterioso film llamado Drive, sin ninguna estrella en el reparto.

No sé si Winding Refn será otra víctima del sistema, si acabara aceptando la llamada, o si, por el contrario será de los del «no, gracias», pero muchos apreciaríamos lo segundo, sinceramente.

Texto: Ivan R. Saldias