Pedro García Villegas y el collage políticamente incorrecto
Por Bill Jiménez
Paris Match es una de esas publicaciones icónicas que todo país civilizado que se precie tiene en sus quioscos. Nacida en 1949, podría decir tantas cosas de ella que finalmente me alejaría del objetivo de esta reseña: sus ejemplares editados a lo largo de los años cincuenta.
¿Y por qué esta década en concreto? Pedro García Villegas tiene la respuesta, y es tan sencilla como usar sus páginas de materia prima. Sus obras se nutren de recortes que, combinados y pintados con acierto, dan vida a un retrato que va más allá de lo pictórico y del collage. Un mosaico que se viste de historia cuando sus protagonistas son celebridades de la talla de Marilyn Monroe, el matrimonio Kennedy o un sonriente y joven Fidel Castro. Pero tras esta hoguera de las vanidades hay dos lecturas claramente diferenciadas: por un lado la superficial, la composición en sí; y por el otro los elementos que la conforman, esa letra pequeña que construye facciones de gran fuerza plástica.
El juego de planos permite a García Villegas hacer de la ironía una herramienta más y ofrecer unas obras que, ni caen en mensajes sublimes, ni tratan de confundir al público. Lo que ven es lo que hay, el resto queda en manos de su percepción. Algunos podrían llamarlo pop-art, otros, simplemente, como el título de la exposición, arte ‘políticamente incorrecto‘, una producción que sigue la estela, tanto en calidad como expectación, de sus anteriores propuestas en la ciudad Condal, y que se podrá disfrutar hasta el 14 de septiembre en la Galería Montcada de Barcelona.
Enlaces: Galería Montcada


Triángulo de Amor Bizarro: Año Santo
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Dicen que la geometría es una constante en el universo, y aunque mis nociones sean bastante básicas, al menos sé distinguir entre triángulos, cuadrados y círculos. Triángulo, el de Amor Bizarro, un grupo girando en la actualidad por media España, y cuyos conciertos sirven de excusa para analizar (con descarado entusiasmo) su último disco, caracterizado por lo que un crítico decente llamaría ‘evolución’. Cuadrado, por los vértices que lo conforman en la actualidad, surgidos tras unas cuantas sacudidas a su formación original; un discreto baile de músicos que, en lugar de resentir el conjunto, lo ha consolidado, permitiendo a este ‘Año Santo’, adoptar una última forma: el círculo. ‘Año Santo’ es un disco redondo, y en cierto sentido desconcertante al no ser más de lo mismo, ni tampoco algo en exceso distinto. Si bien se aleja de la cara más pop de su debut y se sumerge sin complejos en sus habituales estridencias, logra que esta dicotomía resulte saludable y atractiva. Porque Triángulo de Amor Bizarro es un grupo de muchos encantos sonoros, la mayor parte rendidos al ruido y a la velocidad, un sonido oscuro y sofocante que ha cedido cierto terreno ante la producción y que, si resulta sucio, ya no es por casualidad. Su apartado lírico tampoco tiene desperdicio. En ‘Año Santo’ hay mucha crítica escondida entre líneas, referencias políticas y religiosas y algún que otro (siempre efectivo) alegato romántico que hace de la escucha de esta media hora una satisfacción doble. Por un lado la musical, y por el otro, la emocional: Triángulo de Amor Bizarro han sobrevivido a un segundo asalto, y con la cabeza muy alta. Ahora, a disfrutarlos en concierto. Por Bill Jiménez |

La escalera de caracol de W. B. Yeats

Norrland: Gamberrismo Pixelado
Hubo una época en la que la industria del ocio tuvo miedo a los videojuegos. Que si eran muy violentos, que si andaban faltos de valores…; pero eso cambió cuando se convirtieron en un negocio que mueve tanto o más dinero que Hollywood. A partir de ese instante mucha gente empezó a hablar de arte y en la actualidad hora ya no sorprende que un videojuego haya más sangre que en una película de Uwe Boll o que sus líneas de diálogo contengan algún que otro insulto; no hay nada como darle un poco de cotidianidad a los píxeles.
Más allá de las excelencias gráficas de algunas producciones, existe una reciente e importante corriente que aboga por la prehistoria del videojuego, los gráficos de 8-bits, las paletas monocromáticas y las animaciones de escasos frames. Nada de tres dimensiones, interactividad u otros efectismos de nueva generación, el videojuego retro está al orden del día.

Aunque la pelota esté en el campo de la programación independiente, compañías como Capcom con su Megaman y Nintendo con sus reinvenciones de las dos dimensiones se han apuntado a un carro que hermana al jugador adolescente y aquellos que nos dejamos muchas monedas de cinco duros en las máquinas recreativas de la época. Un círculo perfecto que abre un nuevo filón monetario y artístico.
A medio camino de la industria japonesa y yanqui tenemos una Europa concienciada con su papel de ecualizador artístico, repleta de programadores que, a la que se les da una mínima libertad creativa, producen joyas dignas de elogio y respeto.
Cactus pertenece a esta nueva ola. Cactus o Jonatan Söderstrom, un joven programador sueco que lleva años experimentando con la imagen y la mecánica de sus juegos freeware. Los define como “pequeños experimentos disfrazados de videojuego”, y sin duda lo son. Cactus explota el lado bizarro de la programación con temáticas violentas, escatológicas y políticamente incorrectas. En sus creaciones, una surrealista visión del diseño con píxeles, lo importante es el impacto más que los gráficos, o si no, que se lo digan al protagonista de Norrland, su última y más esperada producción, un antihéroe socialmente monstruoso que engulle comida basura, se rinde ante los encantos de un juego tan ’saludable’ como la ruleta rusa y conduce temerariamente sin miedo a salir despedido por el parabrisas de su coche. Todo ello contado con unos mínimos recursos gráficos y mucho humor. Pero Cactus ya había jugado con el fuego de la censura (si es que existe desde que inventó el “Parental Advisory: Explicit Content”) en títulos como Space Fuck, Ad Nauseam, Clean Asia!, etc.
Bueno, bonito (según gustos) y tan barato como gratis. Cactus ofrece gratis todos sus mini juegos, algunos puro fast-food informático. Norrland no ha sido una excepción, aunque primero se ha permitido subastar una edición de diez copias en Ebay y ganarse definitivamente esa etiqueta tan simpática como estigmatizante llamada “de culto”.

Two lovers: el corazón es un cazador solitario
Por Elisenda N. Frisach
Con tan sólo cuatro películas en su haber, el director y guionista James Gray se constituye como un realizador sin duda interesante, con una voz propia perfectamente perfilada. En la estela de los autores del “New Hollywood” de los años 70 (Scorsese, Coppola, Cimino…), sus filmes están ambientados en pequeños microcosmos donde los personajes deambulan atrapados entre los imperceptibles hilos de sus principales redes de valores (los padres y hermanos, los amigos, el paisaje, las costumbres, el status social, la herencia cultural, los rituales…). Tanto en su opera prima, la prometedora aunque irregular Cuestión de sangre, como en sus dos trabajos con Mark Wahlberg (La otra cara del crimen y La noche es nuestra), las cintas de Gray se adscriben genéricamente al thriller, al retratar los entresijos de familias vinculadas a la marginalidad, a la ilegalidad o a la violencia, mientras que en su último título, Two lovers, opta por un cambio de registro y narra las peripecias sentimentales de su protagonista, Leonard Kraditor (un Joaquín Phoenix sencillamente soberbio), un joven judío de clase media, con trastorno bipolar, que ha regresado al hogar paterno a causa de un desengaño amoroso con intento de suicidio incluido. El encuentro con la dulce y sencilla Sandra (Vinessa Shaw), que encarna los valores del universo en el que ha nacido y crecido, y con Michelle (Gwyneth Paltrow), mujer expansiva y culta, tan inestable como sensible y seductora, traza el desarrollo argumental de la obra, la vieja historia del hombre dividido entre la mujer-madre, la vecina de al lado, símbolo de estabilidad y paz, y la mujer-amante, la femme fatale, símbolo de pasión y peligro.

Sin embargo, bajo su engañoso disfraz hollywoodiense de manido drama romántico o de comedia dramática, la pieza pronto entra en los derroteros habituales de Gray; así, gravita en el centro de la historia la familia y sus silencios, sobreentendidos y mentiras, con Nueva York como telón de fondo, y, más que la incógnita de saber cuál de las dos mujeres –o ninguna– será la que termine junto al atribulado antihéroe (cuestión ésta secundaria, ya que, de hecho, el protagonista siempre tiene claras sus preferencias), lo importante es el retrato psicológico de los seres que transitan por sus fotogramas, perfilados con una inteligencia, perspicacia y hondura dignas de las mejores novelas decimonónicas (son evidentes, al respecto, los ecos de Noches blancas de Dostoievski, incluso en el uso, nada gratuito, de la ambientación invernal). De ahí que no haya villanos ni héroes en el filme, que los personajes vayan más allá de los arquetipos que encarnan y que todos, sin excepción, despierten nuestra comprensión, cuando no nuestra simpatía; de ahí, también, que a veces destile un humorismo amargo y sutil, real y paradójico como la absurdidad de nuestros miedos, de nuestros logros y alegrías, de nuestras frustraciones.

Konrad Fischer y las revoluciones expositivas
Por Bill Jiménez
Mientras la música y el cine llevan años exigiendo un cambio en las viejas fórmulas de distribución, el mundo del arte, aficionado a pasar de puntillas por la sociedad, lleva el mismo tiempo reinventándose y explorando territorios que, si bien no son nuevos, sí demuestran claridad de ideas y devoción por una causa que vive constantemente amenazada por numerosos avatares sociales, políticos y económicos.
E invocar la figura del alemán Konrad Fischer (Düsseldorf, 1939-1996) resulta más que oportuno si tenemos en cuenta que uno de sus méritos (aparte de una sólida carrera como pintor) fue reinventar el espacio expositivo, ofreciendo a la vanguardia de los años sesenta y setenta un rincón en el que desarrollarse y convertirse en uno de los movimientos culturales más importantes de la época. Gracias a ese pasadizo de diez metros de largo por tres de ancho, Düsseldorf pasó de ser una ciudad ajena al arte a un punto de peregrinación cultural que el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA) ha querido homenajear con una exhaustiva exposición. Ésta incluye unas 300 obras vinculadas al propio Fischer y a los artistas que presentó en sus «Bei Konrad Fischer» (En casa de Konrad Fischer), nombre genérico por el que se conocieron sus rupturistas propuestas. Fischer siempre estuvo en contra de la palabra «galería» y uno de los aspectos que más cultivó fue la relación humana entre el galerista/comisario y los artistas colaboradores, un espíritu que ha sobrevivido al cambio de siglo y a la superpoblación creativa que vivimos en la actualidad.

Porque, pese a la abundancia de galerías y salas de arte, el crecimiento de éstas no ha sido exponencial a la oferta, obligando a los creadores a buscar cobijo en territorios alejados de los circuitos convencionales.
Los centros cívicos y los locales de ocio ceden espacio al arte; en las pequeñas tiendas de ropa de barrios como el de Gràcia siempre hay un rincón para los ilustradores afines; por no hablar de las numerosas exposiciones efímeras que surgen de la nada gracias a iniciativas privadas. Son muchos, cada día más, los feudos comerciales que utilizan el arte como reclamo, entre ellos casos tan solemnes como el de algunas vinaterías o el espacio Mercè Sala, abierto dentro de las instalaciones del Metro de Barcelona.
La solidaridad en algunos casos se confunde con el oportunismo si tenemos en cuenta que muchos de esos artistas no pueden vivir de su obra y, habitualmente, se tienen que rendir ante condiciones expositivas (y en ocasiones monetarias) no del todo favorables. En cualquier caso, el artista nunca estará solo: arrimarse al mundo del arte no deja de ser un dulce que, en lo cultural, vendría a ser como la mano que estrecha un político durante las elecciones: una ilusión conveniente.
La industria artística (por muy sacrílego que suene), ha perdido parte de la chispa que tuvo en tiempos de Fischer o Warhol (por poner un ejemplo más trendy), o quizá sólo esté en fase de adaptación hacia unos tiempos mejores, un futuro con menos distribuidores o, a ser posible, más cercanos.
Enlaces: MACBA | Galería Fischer

An Education
Por Laia Ordóñez
En Barcelona, todavía está en cartelera (escondida pero está) “An education”, una película dirigida por Lone Scherfig (“Italiano para principiantes”) y adaptada al cine por Nick Hornby (“Alta Fidelidad”). El film, que se estrenó en España en febrero de 2010, recibió en 2009 el BAFTA a la mejor actriz (Carey Mulligan) y 3 nominaciones a los Oscar (mejor película, mejor actriz y mejor guión adaptado).

Una película honesta y conmovedora
“An Education” es una de esas películas menores que, con una historia sencilla y muy buenas actuaciones, logran conmover profundamente al espectador. Se trata de un film discreto, honesto y sin pretensiones que logra tocar con acierto un buen número de fibras sensibles, y que en el momento de su estreno constituyó una auténtica perla en la cartelera española, quizá por contraste con los estrenos de febrero y marzo de 2010.
La historia, basada en las memorias homónimas de la periodista Lynn Barber, gira en torno a la lección de vida aprendida por Jenny (Carey Mulligan), una brillante pero ingenua adolescente inglesa que se aventura a entablar una relación con un hombre mayor (Peter Sarsgaard). Gracias a esta relación, Jenny accede a una excitante vida llena de emociones, diversión e improvisación, muy diferente a la ordenada, previsible e insípida existencia de estudiante uniformada que ha llevado hasta entonces.
Al estilo de “Buenos días, tristeza” (“Bonjour tristesse”, Françoise Sagan, 1954), “An education” nos sitúa ante la pérdida de la inocencia de una joven que cree saberlo todo y que es vapuleada por la vida en un momento clave de su crecimiento hacia el mundo adulto. Sin llegar a consecuencias tan dramáticas como en la novela de Sagan, la película nos narra con detalle un doloroso proceso de toma de conciencia maravillosamente interpretado por Mulligan.
Un film imprescindible que celebramos que todavía pueda disfrutarse a toda pantalla en España.

Toundra: II
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Lo que más preocupa cuando un artista genera expectativas es estar a la altura a la hora de la reválida. El caso de Toundra es de los positivos, teniendo más mérito del habitual al moverse por géneros, por tradición (que no por público) minoristas en nuestras tierras. Al otro lado del famoso charco, el segundo disco de Toundra, escuetamente titulado ‘II’, entraría en el saco del post-rock, uno crudo que, pese a generar atmósferas íntimas, recurre a constantes crescendos entre guitarras para marcar su ritmo. Oficialmente lo llamaríamos rock instrumental, y aunque sea cierto, lo suyo es resultar progresivos sin traicionar a esta etiqueta tan clásica. ‘II’ se esfuerza en ser un disco sólido, compacto, con siete temas de variada duración y cadencia salpicados de influencias arabescas y ocasionales momentos de piano y violonchelo; pero lo importante, el rift, el elemento que convierte este disco en una ambiciosa y digna continuación de su debut, demuestra vigor, contundencia y capacidad de contentar por igual a los adictos a los paisajes sonoros como a aquellos que buscan intensidades sin tregua. Sin duda, el segundo disco de estos madrileños es un nuevo acierto de Aloud Music, una discográfica atrevida en su oferta y forma de distribución, que aboga por la descarga gratuita como una herramienta de propagación de sus referencias, aunque eso implique enfrentarse a los caprichos de una industria en constante mutación. En cualquier caso, el ‘II’ de Toundra es una excelente evolución e ubica a la banda entre los grupos nacionales más importantes de este género. Por Bill Jiménez Enlaces: Aloud Music | Toundra |

Fernando Bayona: Mito y seducción
Por Bill Jiménez
Las fotografías de Fernando Bayona (Linares, 1980) son un ejercicio de amor y honestidad. Amor como motor de las relaciones humanas y honestidad al renunciar a la continuidad que se espera de un artista con una trayectoria tan sólida.
En su presente exposición, los muros de la galería 3punts albergan dos series de fotografías que, en la tradición de David LaChapelle, apuestan por la escenografía y las narraciones abiertas, instantes de ambiciosa producción en los que el tiempo se detiene y hasta el más mínimo detalle y se convierte en un elemento más de una historia trascendente, pero a su vez, inspirada en la cotidianidad. Así, en Circus Christi, el artista recurre a estereotipos sociales para narrar su propia interpretación de la vida de Jesucristo, un personaje incombustible que se mueve entre escenarios a medio camino del kistch y el barroquismo, una forma de mostrar con atrevimiento y seducción contemporánea el mensaje del mito original. Como nota curiosa, resaltar la polémica desatada al paso de la exposición por la Universidad de Granada, un polvorín de quejas y amenazas que finalizó con su clausura y una publicidad gratuita gracias a los sectores más retrógrados de la sociedad.

En Once Upon a Time la narración es menos estructurada, pero igual de provocativa. A lo largo de las dieciocho obras presentadas, todas ellas autosuficientes en lo narrativo, nos adentramos en un mundo de ficciones inquietantes, un cuento de hadas oscuras vestido de Freak Show. En él predomina la teatralidad y las carencias físicas y emocionales de los protagonistas. Once Upon a Time podría verse como un puzle fotográfico de múltiples lecturas.
En conjunto, la muestra pasa del notable y nos permite juzgar los recursos de un fotógrafo en alza, fiel representante de una corriente tan poco explotada como la escenográfica. Once Upon a Time y Circus Christi demuestran que, con los argumentos adecuados, este estilo puede ir más allá de las páginas de las revistas de moda y tendencias.
Enlaces: Fernando Bayona | 3punts

Ne change rien: Música en las venas
Por Miguel Gil
Pedro Costa dice que quizás Ne change rien existe únicamente en su banda sonora. Que las imágenes podrían ser otras, que las que hay son apenas unas notas para un filme futuro (que nunca se realizará, claro). No importa. Es una película extraña, pero bella.
No es un documental musical al uso; no hay estrellas del rock inmersas en una gira, ni un gran concierto atestado de público. Hay un grupo de músicos trabajando, ensayando unas canciones, grabando un disco en un caserón perdido en alguna parte de Francia, dando un concierto en Tokio. Hay una actriz ensayando La Périchole, de Offenbach. Todo grabado en interiores, músicos y cineastas inmersos en acciones que transcurren en otro tiempo: el de la búsqueda, el de la rutina, el del adicto.
Jeanne Balibar inmersa en la repetición, el acto sobre el que se vuelve una y otra vez, como Vanda recuperando heroína de las páginas de una guía telefónica, un día tras otro. Pedro Costa inmerso a su vez en la repetición, buscando en Balibar una nueva Vanda. Planos en blanco y negro muy contrastado, tenebristas como un cuadro de Caravaggio. Cine despojado de todo, que su vez lo ofrece todo.
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