Presos políticos en la España Contemporánea y otras muestras de folclore

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Por Bill Jiménez
Presos políticos en la España Contemporánea

La normalización se mueve por caminos peligrosos. Sendas vendidas como claras que, en el fondo, son más largas e intrincadas como el camino que el lobo dio a escoger a Caperucita Roja en el cuento popular. Lo ocurrido en ARCO con Presos políticos en la España Contemporánea entra dentro de esta categoría, la de la obra nacida para la polémica que cumple con su doble función de producto y de denuncia. Periféricamente, la exhibición de la pieza despierta las reacciones habituales en este caso, los ecos mediáticos, esa palabra tan bonita que se resume con un puñado de reseñas y críticas de mayor o menor acierto y el desborde de opiniones entre los usuarios de las redes sociales (y algunos contertulios de canales autonómicos) que aprovechan la retirada de la obra para decir la suya en favor de un tema estrictamente político.

Surja de donde surja la orden de apartar la obra (IFEMA, en teoría), ésta ya cumplió su cometido y cualquier gesto de sorpresa que muestren dentro de la cadena de valor que va del momento en que la colgaron del estand de la galería Helga de Alvear hasta su aparición en diferentes medios entra dentro de la normalización. Porque se tiene que ser muy inocente para pensar que un gesto de tales características pasaría inadvertido cuando, en la misma semana, se ha hablado de condenas a raperos por sus letras o del secuestro de libros por incomodidad de sus protagonistas (incomodidad que responde a datos contrastados). Era previsible que Presos políticos en la España Contemporánea levantara ampollas y desatara reacciones como la vivida.

Volviendo a la normalización, me quedo con el buen estado de salud de la cultura en estos días, que pese a los discursos derrotistas que la ahogan, se las ingenia, gracias a la propia censura, para sacar la cabeza y tomar aire. Porque encarcelar a un músico es legitimar su discurso ante sus miles de seguidores; secuestrar el libro es dar fe a los hechos que en él se narran; y retirar elegantemente una obra de arte de la feria más importante del país marca la dirección en la que la creación nacional debe moverse para acercarse al ciudadano de a pie, al que, por desgracia, ni le interesa el arte, ni leerse más de un libro al año y ni, por asomo, adquirir los álbumes de sus artistas favoritos.

Presos políticos en la España Contemporánea puede tomarse como un nuevo episodio en la necesariamente incendiaria trayectoria de Santiago Sierra o como un punto y aparte en la reactivación del sector cultural o, al menos, las expectativas de su alcance respecto al público y las instituciones. Porque en la normalización de la condena radica su efecto real. Presos políticos en la España Contemporánea resulta incómoda pero la polémica no abandonará los círculos del arte; tampoco afectará a la posible intención de voto de cientos de adolescentes, futuros votantes ni se lucrará a costa de denunciar unas corruptelas que, por otra parte, llevan décadas asumidas y casi tan mitologizadas como la vida de Pablo Escobar en Netflix. ¿Qué sería de nosotros sin el arte apuntara sistemáticamente, desde numerosos frentes, a las estructuras fundamentales de la política nacional en lugar de trabajar hacia el mercado o hacia el gusto individual o local?

Sería el mismo movimiento que el de una Caperucita que llama a las autoridades tras su primer encuentro con el lobo. ¿Qué necesidad hay de perder el tiempo con el camino más largo?


Crédito de la imagen: CTXT

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