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Aman Mojadidi: Donde el arte es conflicto

Por Bill Jiménez

A-Day-in-the-Life-of-a-Jihadi-Gangster-Foto-SeriesLa liberación de Ai Weiwei la semana pasada fue, aparte de un alivio, una obligada reflexión acerca del fracaso de la libertad de expresión en China. Es cierto que los siguientes movimientos del artista serán claves a la hora de determinar el peso político de lo ocurrido y qué medidas tomará el coloso asiático para acallar al artista una vez agotada la excusa de sus delitos económicos. En cualquier caso, Ai Weiwei no es el único creador amenazado por el gobierno de su país, y como descubría en una interesante entrevista de la revista británica Frieze, ser artista en China puede ser duro, pero no tanto como en Afganistán.

Aman Mojadidi es una rara avis en su tierra, un hombre dividido entre una joven formación en Estados Unidos y la represión de su Afganistán de origen y actual residencia. Sus costumbres son demasiado musulmanas para encajar en Occidente y su liberalismo es en exceso peligroso para el gobierno de su país, una tierra sacudida por los intereses políticos, la corrupción y la violencia yihadista. Seguir leyendo »

 

Psicólogos, raperos y estrategas chinos

Por Bill Jiménez

El arte de la guerra, de Sun Tzu, es, aparte de un libro con 25 siglos a sus espaldas, uno de los tratados de guerra más completos que ha conocido la humanidad. Al igual que otros textos de naturaleza similar, las nuevas generaciones adaptaron su contenido a las circunstancias, universalizando sus consignas hasta aplicarlas a cualquier contexto donde un conflicto estuviera presente. Y si tenemos en cuenta que al ser humano le encantan los enfrentamientos, no es extraño que el librillo en cuestión se haya convertido en un best-seller y una referencia para estadistas, hombres negocios o, en el caso que nos ocupa, psicólogos. Para Robert Greene, el protagonista de este artículo, Sun Tzu es el dios de los estrategas, siendo los demás expertos en el tema simples mortales o semi dioses que viven bajo su sombra. Pero, ¿quién es este Robert Greene que interpola el mundo de la guerra con el de los románticos mitos griegos? En esencia, un psicólogo y escritor especializado en el poder en todas sus facetas: conseguirlo, mantenerlo y defenderse de él. Sus obras rozan la autoayuda, pero terminan en las estanterías de política. Sus méritos: no andarse por las ramas y llamar a las cosas por su nombre, aunque aquellos que defienden lo políticamente correcto le acusen de una total falta de escrúpulos y cierta demagogia. La verdad es que, una vez leídos sus libros, uno descubre que la cosa no es para tanto, que la polémica nace de la inagotable doble moral de la sociedad estadounidense y su incapacidad para asumir las verdades que la han convertido en una súper potencia.

En sus «leyes», Greene habla de aprovecharse de los demás, de aplastar enemigos y usar las apariencias para crecer laboral y personalmente; cita exhaustivamente a gente como Maquiavelo y Baltasar Gracián; y encuentra un público voraz en la comunidad afroamericana, que convierte sus libros en útiles herramientas para combatir a los trucos del «hombre blanco».
Y de entre todos ellos, la figura del rapero es la que más se beneficia de su mensaje, un personaje atrapado entre los clichés y los contratos de las discográficas que decide, con el cambio de milenio, tomar el control de su inmensa fortuna y multiplicarla como panes y peces. Nas, Jay-Z y 50 Cent son ejemplos de artistas que, en algún momento de sus respectivas carreras, se han acogido a las leyes de Greene, siendo el último, 50 Cent, el que más ha promovido su mensaje e influencia. Y como Dios los cría y ellos se juntan, rapero y escritor tuvieron la oportunidad de intercambiar impresiones y trabajar juntos en la La ley número 50, un volumen que analiza a través de la convulsa vida del artista (tráfico de drogas, prisión, nueve balas que casi le matan…) las fórmulas que los grandes de la historia han usado para combatir al principal enemigo de las sociedades modernas: el miedo. Curtis (50 Cent), tuvo que decidir si vivir en ese miedo o enfrentarse a la vida, reinventándose en estrella de hip hop, ocasional actor y emprendedor (con negocios que ingresan más dinero que sus discos).

Anticipación, subterfugio, valentía… Conceptos recurrentes en la obra de Greene que actualizan un mensaje que ha corrido paralelo con nuestra historia.

El círculo se cierra: Sun Tzu saluda al Gangsta.

 

BAFF 2010: La mirada complementaria (II)

Por Elisenda N. Frisach

Por otro lado, la representación más minoritaria de otros países proyectó una mirada amplia hacia las complejidades culturales del mundo asiático, yendo desde naciones como Indonesia (The dreamer), hasta la India (Lucky by chance, Road, movie), pasando por la fusión de Oriente y Occidente prototípica de la realidad de Hong Kong (Beijing is coming, Vengeance).

Malasia tuvo una nutrida muestra de su cinematografía, al contar con la pieza colectiva 15 Maylasia, la coproducción con Singapur Flooding in the time of drought y At the end of the daybreak, del emergente Ho Yuhang, una suerte de reformulación del cuento de la caperucita roja en la cual el “lobo” es la verdadera víctima del relato, aprisionado por sus circunstancias vitales y económicas, mientras que la “niña devorada” es descrita como un reflejo adolescente de su egoísta clase social. Merecida Mención Especial del Jurado, ahonda en la hipocresía de las normas de su país, en el brutal clasismo imperante, en la falsedad de las apariencias, en la incomunicación generacional, y posee un tramo final sobrecogedor, tan inesperado como inquietante y poético, filmado con exquisitez y maestría. De esta nación destaca también Karaoke, de Chris Chong, filme que recoge, con una mirada simultáneamente melancólica e irónica, la imposibilidad del regreso al hogar, merced a la historia de un joven que vuelve a su pueblo natal tras cursar la carrera en Kuala Lumpur, con el fin de asistir a su madre en el karakoe que ésta regenta, para comprobar que, ni su progenitora desea su ayuda, ni el mundo que conociera existe ya. Memorables devienen a este respecto la secuencia de apertura, sugiriendo la tristeza rutinaria de los clientes del local a través de una concatenación de planos detalle y de voces en off de procedencia incierta, así como las escenas que, en correspondencia con la visión outsider del protagonista, muestran la jungla como un mundo sobrenatural y fantasmagórico, devorado por la ominosa fábrica de aceite de palmera.

De Sri Lanka nos llegó Between two worlds, de Vimukthi Jayasundara, galardonada con el premio NETPAC, un experimento irregular y críptico, a ratos sutil y bello (véase el simbolismo de la leche materna o el magnífico final) y otros de una obviedad poco afortunada (verbigracia, el continuo –y cansino– juego de la falsa puesta en escena de los instintos violentos del protagonista), una creación en la que se concreta la idea del hado y del eterno retorno budistas, por medio de la historia de un confuso y tímido joven, producto de su tiempo –marcado, pues, por la larga guerra civil vivida en el país cingalés–, cuyas vicisitudes terminarán por encarnar una antigua leyenda de tintes iniciáticos, proféticos y redentores.

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BAFF 2010: La mirada complementaria (I)

Por Elisenda N. Frisach

El Festival de Cine Asiático de Barcelona, conocido por sus mucho más sonoras siglas inglesas (BAFF), volvió a las pantallas de la ciudad condal para ahondar en la difusión de una cinematografía, la del continente asiático, mal distribuida en nuestros lares y, por tanto, sólo conocida, y con suerte, en formato doméstico. Al frente de este proyecto, que ya ha cumplido doce años, tenemos el encomiable colectivo “100.000 Retinas”, el cual, a través de su “Cine Ambigú” –dedicado al pase de películas nunca estrenadas en las salas comerciales de nuestro país–, amplía periódicamente la oferta de la cartelera barcelonesa en versión original. Junto a él, se encuentra la inestimable colaboración de entidades como Casa Asia, creada con el propósito de tender puentes, y no sólo culturales, entre España y los países asiáticos, así como del museo CCCB y otros organismos gubernamentales.

Si en ediciones anteriores el festival quiso hacer hincapié en cinematografías tan peculiares como la india o tan minoritarias como la vietnamita, en esta duodécima edición tuvo especial presencia el cine surcoreano. Entre los nombres propios más destacados de esta nacionalidad se contó con The coast guard, del a veces genial, y otras errático, Kim Ki-Duk, o el clásico de Kim Ki-Young, The Housemaid. Otro autor de carrera muy regular, Hong Sang-Soo, compitió en la Sección Oficial con su simpática comedia Like you know It all, cinta con un tono confesional y psicoanalítico próximo a Woody Allen, al humorismo entrañablemente cruel de Alexander Payne o a las reflexiones morales de Eric Rohmer, que indaga en el carácter inevitablemente voyeurista de los amantes del séptimo arte (y, por tanto, pasivos, aburguesados y un punto infantiles). Igualmente, se recuperó el filme de Park Chan-Wook anterior a su magistral “Trilogía de la venganza”, Joint security area, donde se adivinan algunas de las posteriores obsesiones del realizador, mientras que Bong Joon-Ho, uno de los autores más potentes del panorama cinematográfico actual, estuvo representado por partida doble: de un lado, con la reposición de Memories of murder, excepcional obra, mezcla de comedia, thriller y drama, convertida en un verdadero hito de nuestros días, cuya influencia es evidente en filmes posteriores de variada procedencia geográfica (por ejemplo, en la magnífica Zodiac, de David Fincher, con la que comparte no sólo argumento sino también temática: la imposibilidad del ser humano de dilucidar la verdad a partir de una realidad compleja e inaprensible), y, de otro lado, su última, y espléndida, realización, Mother, muy similar en su amalgama genérica a sus anteriores trabajos, que cuestiona los preceptos de bien/mal e inocencia/culpabilidad y juega continuamente con los prejuicios de la audiencia a través de la desgarrada lucha de una madre por probar la inocencia de su hijo, un deficiente mental acusado de asesinato.

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Nicolas Winding Refn: Tienes una llamada perdida

Pocos directores foráneos sobreviven a «la llamada de Hollywood», un arma de doble filo cuyo rechazo reduce tus posibilidades laborales y cuya aceptación compromete tu integridad creativa, casi, de por vida (¿lapidario, no?).

Se puede salir relativamente indemne, en el caso de cineastas como Almodóvar o Kitano, respondiendo un respetuoso «no, gracias» han seguido centrados en su mercado interior y limitados al circuito de festivales en el extranjero; o como Hitchcock que a base de educar al público y la crítica yanquis pudo mantener su status creativo aunque recibiendo bofetadas de la industria el resto de su vida.

Sin embargo, son tristemente numerosos los damnificados por la llamada:

Gus Van Sant lleva una década intentando reencontrarse consigo mismo (en mi modesta opinión sin éxito) y haciendo ése cine minimal que caracterizó su primera etapa, pero falto del alma que le quitó Will Hunting.

Roberto Benigni, que aunque ganara los premios que Hollywood debía a los neo-realistas ya no le aprecian ni en Italia (y es que su Pinocho está fuera de la convención de Ginebra).

Wong Kar Wai del que solo queda una tarta de moras pasada, es la más reciente víctima, muy a mi pesar, de la fábrica de sueños.

Otros, en cambio, se integran en la industria, transmutándose en engranajes dentados de la gran máquina de hacer dólares… casos significativos como los de Ang Lee, Guillermo del Toro o Terry Gilliam, son los menos, sin embargo y pese a algún logro en films posteriores a su entrada en el juego (Lee con la actual Woodstock, Del Toro con El Laberinto… y uno de cada dos proyectos del ex Monty Python), han quedado despojados de su espíritu, llegando a perpetrar infracine de superhéroes (Hulk, Hellboy, o Los Hermanos Grima).

La llamada puede ser un viaje de ida a los infiernos. Los que la aceptan acaban siendo gente que se ha perdido, gente que no ha regresado, gente que para cuando regresó ya era demasiado tarde o gente que aunque sobreviva ahora tiene los problemas que antes (distribución, distribución, distribución), pero un menor ánimo para asumirlos.

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