Por Raúl Sánchez Molina
Tras la portada, coronando la breve reseña autobiográfica, un cuadrado blanco con una fina cruz en la mitad: es él, es Thomas Pynchon, el hombre que sigue teniendo el rostro público de una vieja foto borrosa de hace más de medio siglo, o en su defecto, una cruz sobre fondo blanco.
Thomas Pynchon, el eterno candidato al Nobel de literatura, el que no se deja ver, el que manda a otros a recoger los premios que le conceden, el autor de un buen puñado de libros superpoblados de multitud de personajes que se van sucediendo y encabalgando hasta hacer imposible su conexión, donde los sucesos avanzan y retroceden en el tiempo hasta abarcar distintas épocas. El escritor que parece saber de todo, ya que todo está tratado con detalles propios del que parece haberlo vivido todo.
‘Vicio propio’, su última novela, se ha editado hace pocas semanas, y quizá destaca en su obra por albergar una trama más o menos lineal, cosa poco común, más o menos, en su estilo. La acción se sitúa a finales de los años 60, en California, y todas las páginas respiran ese lugar y ese momento concreto: la omnipresente playa, los surferos mitómanos de olas perfectas, el movimiento hippy y la relación despreocupada hacia las drogas y el sexo, y la lista interminable de canciones, de películas y series del momento y toda una acumulación de detalles que consiguen transportar a través de la lectura a la época, al momento exacto de la narración. Seguir leyendo »
Después de tantos años, la figura de Andy Warhol me sigue desconcertando. Nunca tengo claro, y puede que tampoco llegue a una conclusión concreta, acerca de su postura hacia público y medios, esa barrera de insolencia que ha generado tanta devoción entre sus fans hasta el punto de trascender sobre su obra.

Si sus Diarios (Anagrama, 1990) arrojaron más luz que cualquier biografía aparecida hasta el momento, estas Entrevistas (Blackie Books, 2010) nos devuelven a la ambigüedad por obra y gracia de Kenneth Goldsmith, cuyos esfuerzos recopilatorios toparon en numerosas ocasiones con la naturaleza escueta de Warhol a la hora de dar declaraciones o hablar de su universo artístico. Pero, aparte de una crónica e información poco conocida del artista, es un viaje a lo largo de su éxito, descubriendo a un Warhol más accesible a medida que pasan las décadas y se aleja del enfant terrible que abusaba de los monosílabos o trataba por todos los medios de invertir el rol “entrevistador/entrevistado”. El resultado puede despertar alguna carcajada por su absurdo y muchas reflexiones acerca del contenido. ¿Son estas conversaciones una extensión de su obra? En algunos casos es un sí rotundo, pocos artistas recurrirían a una respuesta automática o leerían directamente de un texto promocional para hablar de sus películas, como en el caso de la entrevista que Gerard Malanga le hizo a propósito de Empire (1964), ese titánico experimento de ocho horas en el que se filmaba ininterrumpidamente el Empire State Building. Seguir leyendo »
En 1979 Werner Herzog llegó a Perú quizá pensando en aquello que una vez escribió Samuel Beckett: ‘no viajamos por el simple hecho de viajar, somos tontos, pero no tanto’. Indescifrable. Iniciaba el rodaje de Fitzcarraldo.
Sólo muchos años más tarde Werner Herzog se decidió a publicar el diario que había escrito desde algo antes de su llegada a Perú allá por 1979, y prologó su decisión con decisiva arrogancia: ‘escribo mejor que filmo’.
Tituló el diario, quizá libro, quizá simplemente ese montón de días y días atrapado en Iquitos, en Pucallpa, en el río Camisea, junto al río Amazonas, en el pongo de Manseriche o en Shivankoreni; según el ritmo de la selva que todo lo deshace y lo vuelve contra sí mismo del revés; desquiciado por el desquiciamiento de sus colaboradores, la inoperancia de los indios y la inutilidad de subir un barco de vapor por una montaña como el mejor atajo entre dos ríos mientras suena la voz de Caruso. Lo tituló ‘Conquista de lo inútil’.
Imprescindible para los incondicionales del sinsentido.
Completamente prescindible para los fieles del inicio, trama y desenlace. Seguir leyendo »
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Por Patricia Salvatierra
Si eres fan de The wire (HBO) y te quedaste con ganas de más, puedes alargar un poco el maravilloso mundo de McNulty, Omar o los Barksdale con el libro “The Wire, 10 dosis de la mejor serie de televisión” publicado por Errata Naturae. Se trata de un compendio de artículos y ensayos de escritores y críticos de publicaciones como The New York Times, The New Yorker o The Independent, entre otras, encabezados por una introducción de David Simon y cerrados por un relato inédito de George Pelecanos.
Los artículos son muy variados. Desde una entrevista a David Simon por Nick Hornby, pasando por la disección de la serie vista como tragedia griega hasta otro artículo donde se nos muestran el ambiente y las anécdotas de un día de rodaje. Así, en el libro se reflexiona sobre todos los aspectos, ya sean formales o argumentales, de la serie.
Por su ritmo, The wire más que una serie es una novela, una novela realista. Simon y sus colaboradores son una especie de Balzac de la Comedia Humana de Baltimore. Muchos de sus personajes (políticos, traficantes, etc.) se basan en personajes reales de Baltimore y varios actores secundarios son amateurs que se interpretan a sí mismos. Una de las maravillas de la serie es la riqueza de sus múltiples personajes. Es una serie coral donde los personajes no son maniqueos sino que contienen matices diluyendo las fronteras entre el bien y el mal.
The Wire se va desgranando poco a poco, ya que empieza como la típica serie policíaca y acaba siendo un universo brutal donde se muestran los entresijos de las instituciones oficiales de la ciudad y su gente. Cada una de las cinco temporadas se puede diferenciar más o menos así: la primera temporada se centra en las luchas entre la policía y las bandas de narcotraficantes en el distrito oeste de la ciudad; la segunda muestra su puerto, el contrabando de mercancías y los problemas de los sindicatos; la tercera pasa el testigo a los políticos, las luchas por el poder y el liderazgo social; la cuarta plasma el deficiente sistema educativo centrándose en la educación de los niños de los bajos fondos y la quinta trata sobre los medios de comunicación. Como se ve, es una crítica y un análisis sociológico del universo de Baltimore a todos los niveles.
The wire es una serie que va más allá. Si las series policíacas de éxito como CSI y Law and Order muestran la justicia criminal como una verdad absoluta, The wire muestra una crítica al poder institucional y a los discursos de verdad asociados a ese poder. Estamos ante una serie compleja y realista que expone y juzga a la ciudad, “una serie cabreada, pero con un cabreo completamente sincero” que nos engancha durante 60 horas.
Por todo ello y más, The wire no fue concebida como un producto de masas y, por ello, uno de sus creadores no duda en afirmar que “La pauta que sigo para intentar ser verosímil es muy sencilla […]: que se joda el lector medio”.
Enlace: Errata Naturae
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La historia de Henry James es la de un escritor que nunca fue profeta en su tierra, un sibarita de las letras de discurso barroco, enamorado de la sofisticada Europa de comienzos de siglo XX y las inquietudes de sus clases altas; las mismas que diseccionaría casi de forma quirúrgica en sus obras, auténticos tratados psicológicos de una época. Algunos dirán que el suyo era un estilo difícil y que sus descripciones, en ocasiones, alcanzaban una densidad intolerable, pero a la hora de la verdad, juzgando el conjunto, podemos considerar a Henry James uno de los «grandes», maestro de eso que llamaron «literatura transatlántica» y que la editorial Funambulista rescata en una colección que, hasta el momento, cuenta con clásicos de la talla de El mentiroso, ¡Pobre Richard!, o Diario de un hombre de cincuenta años. Calidad en contenido y continente, porque estamos ante una cuidada edición con posfacios de Max Lacruz y unas portadas que nos transportan automáticamente a una era de dramas sociales, pero ante todo, cambios.
Enlace: Ed. Funambulista
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