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Hace cien años, el mundo literario también sufría el acoso de las tendencias, y si ahora la guerra genera docenas de ensayos político/económicos, un siglo atrás, el must indiscutible era la poesía. Thomas Hardy, Rudyard Kipling o Vera Brittain son sólo unos pequeños grandes ejemplos de un género, el de los poetas de guerra que, iniciado en el Reino Unido, floreció con fuerza en la Europa post conflicto. Una corriente que, entre sus brillantes representantes, tuvo a un artista de clase media/alta llamado Robert Graves.
Hijo del escritor anglo-irlandés Alfred Perceval Graves y Amalie von Ranke (sobrina del historiador Leopold von Ranke), Robert Graves gozó de una infancia relativamente cómoda en su Winbledon natal, donde cursó parte de sus estudios en el King College School. A esta institución la seguirían otras escuelas independientes, una formación que completaría antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, sin duda, el evento que marcaría su vida adulta.
Sirviendo en los Reales Fusileros Galeses tuvo la oportunidad de añadir un nuevo registro a su obra poética, uno dramático y sufrido en sus propias carnes cuando, durante la Batalla del Somme, fue herido de gravedad y dado por muerto. La recuperación en un hospital francés le permitió volcarse en su obra y entablar amistad con un colega de división y oficio, el también poeta Siegfried Sassoon. Ambos compartían un fuerte espíritu antibelicista, en el caso de este último tan extremo que, en una ocasión, Graves tuvo que alegar ante sus superiores que Sassoon sufría neurastenia para evitarle un consejo de guerra.
Pero el sentido común de Graves era ficticio, porque durante años sufrió las secuelas del frente y las atrocidades que presenció en algunos campos de batalla. Escribiría Adiós a todo eso a modo de exorcismo, una temprana autobiografía en la que no faltaron críticas a la falta de valores de la sociedad inglesa, la enorme incompetencia militar durante la guerra y las atrocidades llevadas a cabo en el propio bando inglés, aficionado a no hacer prisioneros entre los alemanes, a los que asesinaban fríamente, y en algunos casos, caprichosamente. Graves reconoció que muchos de esos fantasmas convirtieron muchas noches posteriores en vigilias.
Aun así, Robert Graves formó una familia y tuvo descendencia. Tres mujeres protagonizaron su vida sentimental, aunque su devoción por la figura femenina le rodeó de otras ‘musas’. Aseguraba que «Las mujeres y los poetas son aliados naturales». En su caso le costaría un divorcio con su primera esposa, Nancy Nicholson, que sería sustituida por la poetisa Laura Reading. Con ella se asentaría en Deià (Mallorca), un lugar que convertiría en su hogar durante décadas, exceptuando un pequeño exilio a Estados Unidos durante la Guerra Civil Española. Décadas después, Graves contraería matrimonio con Beryl Hodge, una de sus reconocidas fuentes de inspiración.
El éxito comercial llegó con la biografía de su amigo T.E. Lawrence y la que sería su novela más representativa, Yo, Claudio, una muestra de sus vastos conocimientos históricos, al que le seguiría Claudio el Dios y su esposa Mesalina, su segunda parte, y El Conde Belisario, una novelización de la vida y milagros del mítico general bizantino. Seguir leyendo » |