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De utopías y sueños

Por Bill Jiménez

Sobrevivir durante décadas en el mundo del arte es en ocasiones casi tan importante como mantener una producción sólida y coherente. Quizá en otra época fuera más sencillo, pero en la actual, repleta de estrellas fugaces, llegar hasta donde han llegado los protagonistas de este artículo resulta loable y, sobre todo, merecido. No quiero usar la palabra “veteranos” porque sonaría a viejas glorias y méritos pasados, así que quisiera decantarme por “curtidos” en ese arte dentro del arte que es mejorar tu discurso y superar las expectativas de crítica y público. Ambos, Wayne E. Campbell y Edward Everett Robbins tienen en común la nacionalidad estadounidense y la residencia española; en lo artístico, ambos vivieron el apogeo del pop-art y se dejaron influir por esta disciplina en mayor o menor grado, resultando en dos visiones pictóricas que juegan y maravillan con el exotismo de lo cotidiano.

Actualmente, los muros de la galería Esther Montoriol acogen sus obras en dos exposiciones diferenciadas. Por un lado, Campbell con su Dreaming on pillow mountain, y por otro, en el espacio 3 del recinto, La arcadia inalterada de Robbins.

Wayne E. Campbell

Del primero, resaltar la fuerza de sus composiciones, con tendencia a los excesos de color y a los riesgos expositivos. Entre sus méritos está el usar los respaldos de las sillas como bastidores y someter los lienzos a divisiones, cambios de escala y redimensionados, siempre con la premisa de sorprender e incluso desafiar el equilibrio del público. Osadía es la palabra que mejor define el conjunto de sus obras, la misma que desarrolló en su juventud en California y, posteriormente, en New York, sentando unas bases (enraizadas en el funk-art) de las que se desvincularía durante más de veinte años, hasta 1998. La presente etapa se nutre, principalmente, de su interés por el arte tradicional chino y los sueños reiterativos de su infancia (labios gigantescos, como ejemplo más llamativo). La combinación de recursos antitéticos no le preocupa, el resultado final está por encima de los elementos y  abarca variados formatos. Desde los amplios que dominan la entrada de la galería a la colección de postales que alberga su fondo, donde el collage es el protagonista y, en instantes concretos, sirve de sutil transición entre sus obras y las de su colega expositivo.

Por su parte, la Arcadia de Everett Robbins es, aparte de un idílico referente, una idílica exposición, repleta de referencias de las llamadas “comunes”, esos elementos del día a día que, en su caso, trabajan en armonía con una depurada técnica y exhaustiva selección de materiales. Porque uno de los aspectos llamativos de su trabajo es la fuerza visual que atesora y la rapidez con la que el público puede aceptar sus reglas estilísticas, alejadas de todo argumento banal y sublime. Por medio del collage, Everett apuesta por los bodegones, las escenas florales y rinde un pequeño homenaje a la urbanidad, estructurada pero a su vez llena de matices, como esos recortes de periódico tan sutiles como mordaces que hablan de política y control, dos palabras que parecen caminar de la mano en los tiempos que corren.

Enlace: Galería Esther Montoriol

Por Bill Jiménez

Escritor y periodista digital, aficionado al arte y a las narrativas surgidas del ciberespacio, con las que ha experimentado en los últimos años a través de blogs, fanzines, webcómics y manipulaciones fotográficas.

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