Werner Herzog, Conquista de lo inútil

En 1979 Werner Herzog llegó a Perú quizá pensando en aquello que una vez escribió Samuel Beckett: ‘no viajamos por el simple hecho de viajar, somos tontos, pero no tanto’. Indescifrable. Iniciaba el rodaje de Fitzcarraldo.

Sólo muchos años más tarde Werner Herzog se decidió a publicar el diario que había escrito desde algo antes de su llegada a Perú allá por 1979, y prologó su decisión con decisiva arrogancia: ‘escribo mejor que filmo’.

Tituló el diario, quizá libro, quizá simplemente ese montón de días y días atrapado en Iquitos, en Pucallpa, en el río Camisea, junto al río Amazonas, en el pongo de Manseriche o en Shivankoreni; según el ritmo de la selva que todo lo deshace y lo vuelve contra sí mismo del revés; desquiciado por el desquiciamiento de sus colaboradores, la inoperancia de los indios y la inutilidad de subir un barco de vapor por una montaña como el mejor atajo entre dos ríos mientras suena la voz de Caruso. Lo tituló ‘Conquista de lo inútil’.

Imprescindible para los incondicionales del sinsentido.

Completamente prescindible para los fieles del inicio, trama y desenlace.

Sin duda es la selva la que se impone en cada una de las páginas, más allá del rodaje de la película en sí. La selva como el mayor grado de perversión de la utilidad.

No hay espacio para las conversaciones en el diario. Sólo para la voz de Herzog. Casi sólo hay sentencias. Herzog observa y escribe. Herzog acaba convirtiéndose en el traductor de la selva. Cualquier hecho, cualquier grito de pájaro, cualquier picadura de insecto acaba teniendo lugar en el diario, porque todos, hasta el más insignificante, son parte del plan conspiratorio de la selva.

Abro una página, una cualquiera, al azar, la 168, y copio:

‘A lo lejos, por encima del meandro desde donde queremos arrastrar el barco a la montaña, he oído a los hombres trabajando en la selva, luego un árbol gigantesco ha caído estruendosamente, como una desgracia lejana. Ha sonado como la furia de toda la naturaleza elevándose contra algún acto ignominioso. Después de un buen rato la selva se ha quedado callada, como si contuviera la respiración, y justo entonces los hombres han vuelto a gritarse unos a otros.’

Por Raúl Sánchez Molina

Enlaces: Blackie Books

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