Yamandú Canosa. El árbol de los frutos diferentes

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Por Javier Girón
yamandú canosa, gran psico r2

FUNDACIÓN SUÑOL
DEL 7 DE ABRIL AL 10 DE SEPTIEMBRE

Por Javier Girón

Visitar la exposición de Yamandú Canosa (Uruguay, 1954) en la Fundació Suñol supone una turbadora experiencia, una experiencia que escapa a toda inmediata verbalización. Es turbadora porque produce en nuestro interior una serie de sensaciones de complejidad inabarcable; una constelación de reacciones de naturaleza tan miscelánea y arbórea como la propia obra del artista.

yamandú canosa, gran psico r2

Y es que El árbol de los frutos diferentes funciona a modo de inmenso panel rizomático, cuyos elementos entrelazan sus lecturas singulares para generar una cascada de asociaciones y sinergias. La heterogeneidad de la obra, que opera a multitud de niveles, empieza en la misma elección de registros. Pinturas de cierta dimensión matérica conviven con pulcros dibujos de línea pura, con fotografías pegadas sobre la pared y con capturas de pantalla de ordenador, cuyos iconos (carpetas que juegan a albergar un infinito) confeccionan una poesía sugestiva, sutil, como un rumor que remite –lejanamente- a ocultos contenidos. Todo ello dispuesto en una estructura fractal, sin principio ni fin, con la línea y sus múltiples relaciones como aparente hilo conductor.

La voluntad de Yamandú no es comprender el mundo a través de su representación -una vieja aspiración de cuando el arte tenía un poso metafísico-, sino extenderlo en un panel inacabable. Es el único gesto, el de ordenar fragmentos del mundo, el de disponerlos en constelaciones de lógica secreta, al que puede aspirar el artista. No hay posible comprensión. No cabe confinar el infinito en los límites de un cuadro. A lo sumo, tan sólo podemos tantearlo en ramificaciones finitas. Es, en palabras de Martí Peran, el arte de tabular.

Su imaginario como pintor es inagotable, y bebe de multitud de fuentes: la propia Historia del arte (siguiendo los pasos de Duchamp en Solteros, 2004, o revisitando a Lucio Fontana en Fontana azul, 1998); la cartografía, con voluntad entre dadaísta y Borgiana; la poesía (cita a su compatriota Amanda Berenguer en el muro Amanda); y un largo etcétera. Todo ello vibrando en un arte preciso, impecable en su ejecución, plagado de siluetas icónicas que operan a modo de pictogramas. Símbolos de una realidad diferente y heterogénea, llenos de tensión y generadores de una gramática oculta.

La pared de la sala es también un elemento activo. Lejos queda aquí la higiene del white cube, el aislamiento aséptico del objeto-arte. La pared es a la vez panel y extensión de cada elemento. Matriz y canvas. Una superficie pictórica en continuum que muestra, ocasionalmente, el andamiaje de esta inmensa construcción mental.

Se trata de una muestra que bascula entre el orden y la diferencia, entre el conjunto y el fragmento. En suma, un árbol cuyos frutos (diferentes) son apetecibles por igual.

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