Juzgando el libro por la cubierta
Resulta curioso que la comunidad del diseño deba tanto a la literatura. Desde su fundación en 1935, Penguin Books ha basado su política en algo más que en la selección de contenidos. Y sin desmerecer su labor editorial (sin duda inmaculada), diría que gran parte de su éxito se debe a las estudiadas presentaciones de sus libros, auténticos ejercicios de tendencia.
Han pasado setenta y cinco años desde que Allen Lane publicara la primera referencia ‘Penguin’ a través de Bodley Head, la editorial familiar de la que más tarde, con la llegada del éxito, se escindiría. Su intención, alejándose de los cánones de la época, era ofrecer un tipo de libro barato y manejable, el llamado paperback, a ser posible, sin incurrir en los errores de otras editoriales, que apostaban en sus portadas por el contenido del libro antes que por la imagen corporativa. Así nacieron los primeros clásicos de Penguin, libros fáciles de distinguir que seguían un patrón ya mítico: dos franjas horizontales a color (la superior e inferior), un código visual que recurría al naranja para la ficción, el verde para el crimen y el azul oscuro para la biografía; una franja blanca central en la que residía el nombre del autor y el título (en la clásica Gill Sans); y un logotipo que pasaría a la historia.
El mérito recayó en Edward Young, uno de los asistentes de Allen, aunque en su momento no fue consciente de la repercusión de sus dibujos, pues, tras una visita al zoo de Londres, regresó exclamando: «¡Dios mío, esos pájaros apestan!». Tan sólo tenía 21 años, pobrecito.
El público exigió nuevos riesgos a la editorial, que en poco tiempo lanzó más colecciones al mercado. Así, nacerían sus clásicos ilustrados, sus reyes (ediciones de tapa dura) y otras tantas series caracterizadas por la disciplina organizativa y un fuerte sentido visual.
Pero aunque se hubiera hecho un hueco en el mundo editorial, Penguin no lo había inventado. Muchas de sus referencias eran libros que ya habían sido editados con anterioridad, lo que planteaba un nuevo obstáculo a sus portadas. ¿Debían ceñirse al contenido del libro y vincularse a antiguas versiones o romper definitivamente con ellas? Una pregunta parecida a la que debió plantearse la industria musical cuando aparecieron las primeras cubiertas sin relación con la música que contenían. En cualquier caso, ganó el desafío y, derivada de él, la competición con otras editoriales.


Luca Pagliari: Love is the only solution
Tras su anterior trabajo, “Silent Cry”, un dibujo de la alienación de las mujeres jóvenes en la sociedad ritualista e hipertecnificada de Japón, Luca Pagliari, fotógrafo y ensayista italiano afincado en Barcelona y profesor de Estudios Superiores de Fotografía en IDEP, proyecta una vez más su mirada sobre la soledad del ser humano a través de una inmersión en el lado abisal del deseo.
En consecuencia, las imágenes que conforman la exposición “Love is the only solution – Una primera aproximación” son tan perturbadoras como enigmáticas; cuerpos femeninos desnudos que imponen su fisicidad en medio de espacios reducidos a mínimos contrastes cromáticos, donde sobre todo impera la oscuridad, desde la cual emergen las figuras como recuerdo de la alteridad en tanto que tentación, promesa de consumación y plenitud y, finalmente, peligro.

La influencia de Francis Bacon (y de sus maestros: Velázquez, Remdrandt, Goya) es innegable en esta colección de fotografías; las formas corporales se distorsionan, los rostros se desdoblan o se licuan, las mujeres son cosificadas, animalizadas, reducidas a estelas de movimiento, a piernas, a pechos, a culos, a vaginas. Hay dolor en cada gesto de placer y la belleza de la carne se deforma, muta en una inquietante mixtura que atrae y repele; como en Cranach, como en Schiele, como en Yuskavage, como en Cronenberg, como en Lynch. La mórbida sensualidad que emana de esas formas turgentes y atormentadas remite al ansia de trascender las propias limitaciones orgánicas e integrarnos con el otro, saldada con el paroxismo de la lujuria y el vacío de la frustración. No en vano, cuando en alguno de los retratos participa una segunda persona, cuando aparece explícitamente la mirada ajena –en tanto que reflejo del otro-deseante encarnada en un hombre e identificada con la del público–, se nos describe la crueldad o el sometimiento, la perversidad como forzosa consecuencia de esa incapacidad por unir el alma y la carne propias con el alma y la carne ajenas.

James Benning: La función de los números
¿Cómo, partiendo de imposiciones y limitaciones, adoptadas de forma arbitraria unas veces, otras impuestas por la tecnología cinematográfica, un cineasta puede llegar a crear una obra tan personal? Un plano de James Benning se reconoce al instante, como uno de Hitchcock o uno de Ozu. Sus películas parten de la experiencia personal, a pesar de la (más que nunca) aparente frialdad, y de la voluntad de establecer una estructura determinada previa al rodaje y al montaje. Dentro del corsé, el cineasta de Milwaukee encuentra la libertad expresiva y la solución al problema planteado por él mismo, esto es, hacer la película más bella posible conforme a unas reglas.
Las películas de Benning muestran paisajes ―urbanos, agrarios, naturales― en planos fijos que generalmente tienen la misma duración en cada película. Un minuto en One Way Boogie Woogie (1977) y en su secuela One Way Boogie Woogie/27 Years Later (2005), diez minutos en Ten Skies (2004) y 13 Lakes (2004)…Aunque a veces la duración responde a cuestiones prácticas, como en RR (2007), un filme donde el protagonismo recae en los trenes, cada uno de distinta longitud y en el que por lo tanto resulta imposible reducir la duración de los planos a una constante temporal fijada previamente.


peSeta: Moneda de curso textil
Lo que más me ha llamado la atención de la gente de peSeta es la vitalidad que expresan e imprimen a su trabajo. Diez años dan para muchas miserias y alegrías en el mundo del diseño, y más en una ciudad tan competitiva como Madrid, pero ellos, inmunes al desaliento, viven cada día como si fuera el primero en el negocio.
Algo me dice que eso es ilusión, o como ellos mismos cuentan en su web: «Juntamos arte, vida y empresa para hacer algo sentido y con sentido».
Aunque con el paso del tiempo el engranaje que mueve a la marca ha crecido, el alma y motor principal siguen siendo Laura Martínez del Pozo y, posteriormente, Jaime Sevilla Moreno, una pareja que, aparte de buenas ideas, han sabido moverse por terrenos tan resbaladizos como las colaboraciones, entre ellas con gente tan importante y/o popular como Loreak Mendian y Marc Jacobs. Y aunque su especialidad sean los bolsos de todos los tipos y colores, en ocasiones puntuales han flirteado con el diseño de ropa y la cosa no ha ido nada mal.
¿Y qué virtudes tienen los diseños de peSeta para encandilar a tan ilustres marcas y conseguir de paso que sus diseños se vendan en tiendas como la del museo Reina Sofía?
En mi modesta opinión: espíritu y técnica. De lo primero ya he hablado, y lo segundo se confirma en su selección de telas (importadas de más de cuarenta ciudades y veinte países distintos); su deseo de preservar la tradición textil española; respetar el medio ambiente (algo que muchos dicen hacer pero que a la hora de la verdad se queda en buenas intenciones); y, probablemente lo más importante, su búsqueda de un equilibrio entre lo artístico y lo funcional, algo que ellos mismos consideran difícil pero que, vistos los resultados, no parece imposible.
Texto: Bill Jiménez
Imágenes (c) peSeta
Enlace: Web Oficial


Vida y muerte de un tirano
Quiero pensar que el petróleo tiene los días contados, que en cincuenta o cien años su reinado será historia y nuestro mundo disfrutará de otras fuentes de energía. Ya sea sueño o exceso de optimismo, me alegra saber que los hombres y mujeres del mañana tendrán una referencia tan sólida como las fotografías de Edward Burtynsky, una obra que les permitirá comprender –que no disfrutar– las proezas de este monstruo moderno.
Y tras nacer en la galería Corcoran de Washington y hacer escala en Toronto, Amsterdam, Estocolmo y Bad Homburg, le ha llegado el turno a Madrid y a la galería Arnés y Röpke. En ella se documenta la gloria y decadencia de este combustible, su alianza con la industria y posterior enfrentamiento con la naturaleza, una pírrica batalla en la que cambian los hombres, las sociedades y las geografías por el bien de un supuesto progreso. Burtynski no se posiciona, pues su especialidad es mostrar el lado bello del paisaje, aunque sean interminables pozos de extracción, fábricas muertas, laberintos de carreteras que actúan de intermediarios y, la parte más dramática, los incontables cementerios donde el petróleo y todo vehículo que en alguna ocasión se nutrió de él, duermen el sueño de los justos a la espera de esa utopía llamada reciclaje. Burtynsky ha caminado por todos ellos, olido la decadencia e imaginado el esplendor que contuvieron.
La conclusión de «Oil» es confusa, una contradicción como la mera existencia del petróleo. La necesidad derrotando a la prudencia y el objetivo de una cámara vaticinando el fin de una era que no necesariamente puede conducir a algo mejor.
Tiempo al tiempo, y aunque quizá nosotros no lleguemos a verlo, el petróleo sí. Al menos como contaminación.
Texto: Oswaldo Reyes
Imágenes (c) Edward Burtynsky
Enlace: Web oficial | Galería Arnés y Röpke


Beach House: Saudade pop
Gracias al regalo que supone el subconsciente colectivo podemos sentir como familiares las épocas que nunca conocimos, los recuerdos de las generaciones que nos precedieron. En la evocación de pretéritas décadas, Victoria Legrand y Alex Scully descubren cómo tirar del hilo de nuestros anhelos a través del ensoñador pop de género fantástico que exhiben bajo el sugestivo nombre de Beach House.
El dúo de Baltimore se estrenaba en el año 2006 con un disco homónimo, cuya singular propuesta no pasó desapercibida entre el sector de la música independiente. Esquemáticas cajas de ritmos activadas en el modo relajación, taciturnos y envejecidos órganos y unas guitarras steel hawaianas servían de séquito a la voz intemporal, andrógina, de la cantante gala Victoria Legrand, protagonista de un sonido envolvente y nostálgico afín a descoloridas filmaciones caseras en 8 mm. El debut tuvo como prolongación el álbum Devotion (2008), donde repitieron con la pequeña discográfica Carpark, y en el que Gila tomaba el relevo de canciones destacadas del primer trabajo como Master of None, claros ejemplos del carácter único y cautivador del grupo.

El nuevo disco titulado Teen Dream (2010) supone una evolución que va más allá del ingreso de la banda en un sello discográfico tan reconocido como Sub Pop. Si las tonalidades sepia dominaban antes el teatro mágico de Beach House, el escenario donde desfilan las canciones es ahora una gama de refulgente multicolor. Las notas agudas y campanilleantes ganan en relieve con la producción a cargo de Chris Coady (TV on the Radio, Yeah Yeah Yeahs) y el halo romántico de las melodías se torna más irreal, si cabe, con una confitura de idealismo que aísla al oyente hasta el último corte de la grabación. Silver Soul, Used to Be o, sobre todo, el luminoso 10 Mile Stereo, son modelos del inmejorable dream pop que enarbola el dúo en un disco colmado de potenciales singles, de temas dignos de representar la excepcionalidad de un trabajo en el que la pieza más bella sea quizá Lover of Mine, clara heredera de los hallazgos del grupo Cocteau Twins. Como final nos llega Take Care, una personal interpretación de las raíces del folclore americano, similar al modo en el que la banda The Walkmen modela la imaginería de Bob Dylan.
Aunque la publicación de Teen Dream sea muy reciente, el álbum ya forma parte de la más selecta oferta musical del año y en ella Beach House nos convida a dejarnos abandonar por una saudade imaginada, una dulce añoranza de vivencias que tan sólo existieron en nuestro corazón.
Texto: Juanjo Pizarro
Enlaces: Myspace | Web Oficial

Los múltiples universos de Víctor Conde
El premio Minotauro de fantasía, ciencia ficción y terror es una realidad muy sólida tras siete ediciones, aunque ninguna novela ganadora se presentaba tan apetecible como las Crónicas del multiverso, la novela de ciencia ficción escrita por Víctor Conde que aspira a marcar tendencia dentro de la literatura fantástica nacional. Dicen que está emparentada con la space opera o el llamado new weird, uno de esos géneros que se sacan de la manga a la hora de agrupar a autores afines (en este caso, escritores de terror y ficción especulativa), pero, al margen de etiquetas, la novela de Conde es un retorno a la ficción como espectáculo, en el que la aventura y el amor mueven a unos protagonistas que deben hacer frente a la paulatina decadencia del mundo en el que viven, una burbuja multicultural llamada «La Variedad». Partiendo de este punto y centrando la narración en Lina Kolbrand, una corsaria estelar, asistiremos a un derroche de imaginación, de épica y tecnología imposible, un filón que, según el autor, está causando auténtico furor al otro lado del charco.
La parte buena es que podremos gozar de este acercamiento cien por cien español antes de que el resto de editoriales se pongan las pilas y nos bombardeen con títulos paridos en otros países. En cualquier caso, nadie le quitará a Conde el mérito de haber roto una lanza por la fantasía, una sorpresa si tenemos en cuenta que su carrera lleva tiempo vinculada al guión de cine y televisión, trabajo que compagina con su membrecía en Nocte, la asociación española de escritores de terror.


Un hombre soltero: Fuegos fatuos
Decía Federico Fellini que, a veces, por el bien de la propia cohesión interna de un filme, o de su coherencia global, era necesario sacrificar en la sala de montaje el plano más perfecto, el más bello: aquel del cual uno se sintiera más orgulloso. Viendo la película de debut de Tom Ford es inevitable acordarse de esta reflexión y comprender hasta qué punto es un consejo certero.
Como a menudo les sucede a eminentes creadores de disciplinas ajenas al cinematógrafo, la mirada del diseñador-director está cargada de la sensibilidad artística que la experiencia ha moldeado sobre su talento, uno de los motivos básicos por los cuales peca de incapacidad para la concreción, si se quiere para la abstracción, que requiere una película a fin de devenir algo más que una sucesión de secuencias hermosas.

A este respecto, los fotogramas cargados de belleza de Un hombre soltero consiguen el efecto contrario al manifestado explícitamente por Ford, ni más ni menos que la emoción reveladora, pues la rutilancia de la fotografía (obra del español Eduard Grau), el cromatismo de la puesta en escena, el uso incesante de la música envolvente y atildada de Abel Korzienoswki y la delectación minuciosa, casi obsesiva, en cada uno de los detalles que saturan los planos distraen al espectador de la sugerente trama, esto es, los sucesos que le acontecen durante un día crucial a George Falconer, un profesor universitario homosexual de mediana edad que ha perdido de forma repentina a su pareja, tras 16 años de perfecta convivencia. Dado que estamos hablando de 1962 y de Estados Unidos, lo que hace más terrible el drama del protagonista –ese mal llamado, con amarga ironía, “hombre soltero” en vez de “viudo”– es el hecho de que ni siquiera tenga derecho a expresar públicamente su duelo, ni siquiera sea considerado como familiar de su amado.

American Perez: A Woody Place
Veo animadoras, romances universitarios y espíritu teenager… y sobre todo, veo un premio de seis mil euros en la última edición de la pasarela Cibeles, un galardón que sin duda hace justicia a una marca con personalidad propia: American Pérez.
Lo reconozco, no conocía su trabajo, pero gracias a la recomendación de una experta en el tema (de blog muy recomendable), me he vuelto fan automático de sus diseños, de la luz que desprenden y lo rupturista de una propuesta que toma lo mejor del mundo rural yanqui y lo mezcla con una paleta de colores (rojo cereza, mostaza, verde musgo, rosa palo…) que podía haber firmado el mismísimo Edward Hopper.
Pero la principal influencia, reconocida por Jorge Bolado Moo, el cincuenta por ciento del tándem formado con Natalia Pérez, es un musa de comienzos de los noventa, la difunta Laura Palmer, «colegiala adolescente de un pueblo rural americano en busca del amor».
Y ahí comienzas a atar cabos, a entender porque los tejidos implicados en la colección (lana, napa, seda…) se transforman en faldas cortas, camisas holgadas y otras prendas sacadas de un dinner de los años cincuenta.
Mucha candidez adolescente y mayor éxito para el 2010.

Ferran Vidal
Ferran Vidal está entre las sorpresas creativas que me llevé el año pasado. Sin ser un novato en esto del arte contemporáneo, desconocía su obra y las distintas exposiciones que la han albergado en el último lustro, la mayoría colectivas ubicadas en Barcelona y alrededores (más algún salto oceánico directo a New York).
De esencia vanguardista, me llama la atención su feroz dominio del color, contenido a voluntad por el bien de una producción en la que se asoman elementos fotográficos, tramas industriales y detalles de street-art. Ferran Vidal es un artista del símbolo, de camuflar entre tormentas de formas y colores unas inquietudes muy mundanas, como la soledad y el tiempo, o rendir homenaje a clásicos literarios como el shakesperiano Sueño de una noche de verano o la populista Cenicienta.
Respecto a su trayectoria escultórica, me fascina su facilidad para cambiar de patrones y apostar por las formas rígidas y simétricas, capaces de generar un equilibrio disfrazado de contraste que no hace más que confirmar la versatilidad de su obra.
Quizá fue esta facilidad para moverse entre mundos lo que más me cautivó de su producción. Ahora me veo en la obligación de seguirle la pista, no sea que me pierda alguna otras sorpresa.
Texto: Oswaldo Reyes
Enlace: Web Oficial






