Hannah Arendt: Muchacha de tierra extraña

Hannah quería hacerse «visible» y descubrió que para ello no sólo se requiere profundidad de pensamiento, sino sobre todo el coraje de renunciar a su peculiaridad, de poder darle la la mano a otros, de aprender a ser «persona entre personas». En su opinión, ser persona entre personas significa descubrir algo sobre uno mismo al mismo tiempo que se dialoga con los demás para así poder conformar, juntos, el mundo. Este juicio fue «como un mazazo en la cabeza» y supuso para ella una liberación.

La filosofía como profesión o el amor al mundo
La vida de Hannah Arendt
(Página 17)

Alois Prinz


La filosofía como profesión o el amor al mundo
fue la primera biografía de Hannah Arendt que leí. La escribió un hombre llamado Alois Prinz, yo tenía 25 años y encontrarme con un personaje tan interesante como Hannah Arendt supuso un impulso. El mazazo que dice Prinz. Uno podía creer. Luego leí La condición humana y después descubrí otros libros con el mismo título, lo cual, si se piensa, reconforta: el ser humano todavía piensa sobre/en el ser humano. Ahora se publica la primera biografía de Hannah Arendt en español, El hechizo de la comprensión (Ediciones Encuentro). Todavía faltan bastantes días; el 14 de enero en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Tengo la sensación de que la autora, la periodista Teresa Gutiérrez de Cabiedes, también debió sentir ese impulso, empujón. Mazazo.

Ahora tengo 31 y me hace mucha ilusión que una periodista escriba esto. Si creyera en la esperanza diría que hay. Pero como no creo sólo digo que tenemos que continuar. Arendt se llamaba a sí misma en un poema «muchacha de tierra extraña». Me la imagino siempre entre el lejos y el cerca, siempre en derridiano in distanz. Entregada al azar. Eso es lo que Hannah escribe en la biografía de otra intelectual judía, que Rahel Varnhagen se entregó al azar. Hannah igual. Se podría decir que se entregó para demostrar únicamente su carácter, pero no sería suficiente. Hannah lo hizo al azar, también era una valiente.

 

Pantha Du Prince: Black Noise

El tiempo ha colocado a This Bliss (Dial; 2007), como uno de los discos de electrónica más apreciados de los últimos años, tanto para la crítica como para el seguidor de este género. Había ganas de escuchar esta continuación, de hecho llama la atención cómo un sello como Rough Trade ha sido el encargado de sacarlo. Ajeno a todo esto, la música de Hendrik Weber transita por parajes ensoñadores y melancólicos claroscuros para los seguidores de la electrónica de dormitorio, ajena al trasiego nocturno del club e ideada para musicar evocadores paisajes.

El concepto de la naturaleza no es un recurso a utilizar para tratar de ser pedante y tender al hedonismo de una manera pretenciosa. Su sonido está presente a partir de un viaje de Weber a los Alpes suizos, donde se dedicó a captar sonidos de campo que después han sido utilizados en este disco. Black Noise, por lo que he podido leer, es un concepto que define al momento de calma que perciben algunos animales antes de que suceda algún fenómeno o desastre natural. Esta escena trata de quedar plasmada en una portada que muestra una estampa bucólica incendiada. Esa dualidad es el imaginario del que intenta nutrirse este disco. Lay in a Shimmer abre el album donde lo dejó el anterior, con esos sonidos cristalinos y cargado de romanticismo, del que también se sirve The Splendour, single previo al album junto a Behind the Stars, donde cuenta con la colaboración de Tyler Pope (!!!, LCD Soundsystem).
 

Night Game: Lecciones de física

Nycklas Nygren es uno de los creadores independientes más prometedores de la industria del videojuego, y aunque su producción no pueda competir con los medios que yankis y nipones asumen como normales, a base de trabajo y buenas ideas ha logrado hacerse un hueco en el mercado y colar algunas propuestas interesantes. Night Game, la que nos ocupa, es uno de esos juegos que tanto disfruto reseñando, uno de esos puzles de mecánica sencilla y desarrollo sosegado ideales para los fans de estrujarse las neuronas sin aporrear miles de botones. La gracia en este caso es conducir la bola protagonista por un entorno sumido en un perenne ocaso. De novedoso tiene poco, el auténtico mérito está en su jugabilidad y en la física del entorno, de las más realistas que se puedan encontrar en el catálogo de WiiWare, formato que se ha llevado el gato al agua después de que Night Game recolectara nominaciones a mejor juego y diseño en el último Independent Games Festival.

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The Forma: Evolución y ruido

Demon, Eduarnov e Irim Lux son The Forma, tres veteranos de la escena musical de Aiguafreda (Barcelona) que regresan con fuerza a la actualidad gracias a “Mòviment”, su segundo trabajo. Aprovechando que lo presentarán en directo el próximo 6 de febrero en la sala Vermell (Manresa), nos acercamos a ellos con la intención de aprender algo más de este nuevo disco, definido como «siete cortes de suciedad musical prolongada».


Habiendo tenido tantos grupos, y teniendo cada uno una carrera musical tan dilatada, ¿por qué The Forma ha sido capaz de perdurar en el tiempo?

De hecho, los tres estábamos dentro de los grupos que hemos tenido, es decir, que The Forma siempre ha existido de una manera o de otra, y si ha perdurado ha sido por aquello que nos une a los tres, algo que va más allá de la música. Nos hemos criado musicalmente y hemos evolucionado y experimentando juntos… y también nos hemos aguantado muchas cosas.

Respecto al proceso creativo. ¿Cómo afrontáis los temas nuevos? ¿Es un proceso individual o es colectivo?

Siempre hemos ido al local de ensayo y allí nos enchufamos y comenzamos a tocar. Son muchos años haciéndolo juntos, o sea, que no tenemos reglas. Improvisamos las cosas y se deciden las que se quedan, siempre en directo. Después, uno puede pulir algo, pero siempre hemos improvisado y creado juntos; es un proceso colectivo, aunque los medios que tenemos en casa consigan que cada vez se vaya más a un proceso individual: Pro-Tools, Internet, etc…

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En The Primitive Information tuvisteis la ayuda de Pere Serrano, y para la grabación de Mòviment la de Jordi Jordana. ¿Qué ha aportado cada uno a vuestro sonido? Y ¿qué habéis aprendido de ellos?

En el momento de la grabación cada uno tiene sus sistemas y siempre se aprende algo. Cuando vas a casa de alguien que tiene equipo te fijas en estas cosas, como por ejemplo, como se lo montan para capturar el sonido. En las mezclas, quizá siempre hemos sido más reacios, ya que ellos tienen sus parámetros y tú los tuyos. Está bien tener una buena comunicación para poder llegar a un resultado que a ti te guste.

 

Génesis de Crumb: Y se hizo la luz

No son pocas las veces que mi tía-abuela, católica apostólica romana hasta la médula y más allá, me ha sugerido (por no decir ordenado) que debería leerme el sagrado libro de la Biblia. Me la ha presentado más de una vez en su casa en una edición maravillosa de más de tres kilogramos y, a mi modo de ver, demasiadas páginas con bordes dorados. Se supone que leerse un libro (un librazo) de estas características les puede parecer a muchos un gran desafío, por no decir un solemne aburrimiento. Éstos se preguntarán qué puede tener de gratificante semejante experiencia divina mientras que otros, como mi tía, se cuestionan cómo es posible que se les pase por sus tontas cabezas semejante pensamiento a los primeros. Como ella, son muchas las personas que encuentran en este libro la inspiración y las respuestas que necesitan y la base de muchos de sus comportamientos. Pues bien, esta vez sí me he reconciliado con mi querida tía en este aspecto, aunque haya sido a mi manera, y me he comprado el Genesis. Bueno, el ilustrado por Rober Crumb, uno de los dibujantes más mimados (y con razón) de la escena del cómic etiquetada como underground.

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La Cinta Blanca: El pueblo de los malditos

Pese a estar ambientada en un pueblecito protestante del norte de Alemania en los albores de la Primera Guerra Mundial, la ganadora de la última edición del Festival de Cannes no pretende ser, a la postre, una reconstrucción histórica de los motivos que llevaron al país germano al infierno de la barbarie nazi, sino, en coherencia con el resto de la obra de su realizador, una nueva reflexión sobre las raíces del mal de la sociedad contemporánea, esta vez encarnadas en la perniciosa influencia de los dogmatismos en las mentes, maleables, de los niños.

Tan gélidas como inquietantes, las imágenes de La cinta blanca introducen una serie de recursos formales hasta el momento inéditos en el estilo del director bávaro, tales como el blanco y negro; el encuadre, estático y pictórico, de los planos, o la voz en off de un narrador-personaje. Junto a ello conviven los rasgos formales más paradigmáticos de la obra de Michael Haneke (véase la ausencia de score; la exhibición, impersonal y distante, de la violencia; el rostro –el primer plano– como espejo del alma, etc.), lo que recuerda al público que, bajo la elegancia de una fotografía de marcados contrastes en claroscuros y de una puesta en escena casi teatral, se esconde una mirada similar a la contenida en el resto de la filmografía de su autor, esto es, una vivisección implacable, casi clínica, y más sociológica que antropológica, sobre el lado tenebroso de la conducta humana.

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La cinta blanca es, por tanto, una obra de tesis en la que los personajes se mueven con un determinismo del medio cercano a la novela naturalista decimonónica, y que parte del apriorismo rousseauniano –algo ingenuo– sobre la natural bondad del ser humano, pervertida por una sociedad castradora. De ahí que, si bien algunos personajes encarnen el lado positivo de esa población que parece maldita (como el maestro, la niñera, el campesino…), todos ellos pertenecen a clases desfavorecidas o a grupos marginales, o bien son foráneos, mientras que los tres próceres de la localidad –el sacerdote, el barón y el médico– representan, cada uno a su manera, un tipo de despotismo que engendrará en su descendencia y en la de la clase media, ansiosa por ascender a su pedestal (v. gr. el administrador y su familia), el monstruo atroz de la intolerancia, el fanatismo y la cobardía del nacionalsocialismo.
 

Tindersticks: Falling Down a Mountain

Han pasado trece años desde que Stuart Staples y los suyos cerraron una trilogía enorme con “Curtains” (1997), que les dejó deambulando durante discos con demasiados altibajos y buscando nuevas vías de expresión. Desde los toques soul de “Simple Pleasure” (1999), al melancólico “Can Our Love” (2001) o el nuevamente maravilloso “Waiting for the Moon” (2003), nos mostraron a una banda intentando cambiar pero con dificultades para entregar algo tan tremendo como en sus inicios. Esa impotencia hizo que tres de sus miembros fundadores dejasen la formación, y entre ellos, la baja del violín de Dickon Hinchcliffe parecía insalvable. Tras un parón para el debut en solitario de Stuart Staples, “The Hungry Saw” (2008) volvía a mostrarlos inspirados y con ilusión renovada, abriendo una etapa incierta, pero que con su buena acogida propició un nuevo punto de partida.

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Falling Down a Mountain” es esa nueva  muestra de fortaleza en una banda que parece reencontrada consigo misma. El inicio, nocturno y jazzy de “Falling Down a Mountain”, que cuenta con el saxofón de Terry Edwards (Gallon Drunk) y su cosquilleo funky, deja paso a la balada de terciopelo de “Keep You Beautiful”, de aires soul en sus coros y que sirve para introducir “Harmony Around my Table”, que sigue mostrando devoción por la música negra en sus aires doo-woop de los coros. Hay momentos fronterizos, como en “She Rode me Down” o para el rock de “Black Smoke”, una especia de cruce entre Nick Cave con Roxy Music o de “No Place so Alone”, con un final Velvetiano.  


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